| El drama del mundo que no cree |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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El primer domingo, después de Pascua, la Iglesia Bizantino-Ucraniana celebra el domingo de Santo Tomás y en la Divina Liturgia se lee Juan 20:19-31 sobre el incrédulo apóstol. El drama de Santo Tomás, que no creía en la resurrección de Cristo, es nuestro drama, es el drama de toda la humanidad, que en su gran mayoría, no cree cien por ciento que Cristo resucitó y está vivo hoy – ¡que Jesús vive! Vivimos como si Jesús no viviera. Por eso, como los discípulos, tenemos las puertas cerradas, persianas bajadas y rejas con candado en nuestro corazón. Durante cuarenta días cantamos el canto de victoria: “Jrestos Voskrés” (Cristo Resucitó), pero lo hacemos sin gozo ni entusiasmo, porque en realidad no creemos, nos falta la fe en un Jesús resucitado, glorioso, Dios y Señor. Que bueno sería que todos tengan una experiencia personal de Jesús Resucitado, con Jesús vivo. Muchos, de los llamados cristianos, van por la vida cabizbajos, desilusionados, tristes, derrotados, como los discípulos que se dirigían a Meaux.. Jesús mismo se les apareció y camino con ellos hasta el lugar donde se hospedaron. y les recriminó la falta de fe: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!” (Lc. 24: 25). Ellos lo reconocieron al partir el pan, pero Jesús desapareció de su vista. Entonces se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?", (Lc 24: 32). ¡Que genial sería para cada cristiano, seguidor de Cristo, experimentar ese ardor en su corazón, porque Jesús está vivo!. Viviríamos confiados, alegres, llenos de esperanza. Cantaríamos de otra manera en la Divina Liturgia, habría fuego y entusiasmo en nosotros, porque tomaríamos consciencia de que estamos glorificando a Jesús vivo, resucitado. No faltaríamos nunca a la celebración eucarística los domingos, porque ya no sería una obligación, sino una sita de amor con nuestro Dios vivo, que nos espera. Lo que más detesta Dios es un corazón tibio, duro, indiferente, que no arde, que no le canta, que no se conmueve, que le da lo mismo si Jesús vive o no. En el Apocalipsis leemos: "Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca”, (Ap. 3:15). Jesús quiere entrar en nuestro corazón cerrado, pero no fuerza a nadie, solo espera, llama y dice: “¡Reanima tu fervor y arrepiéntete! Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos. Al vencedor lo haré sentar conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono". (Ap. 3:19-21). Si tomamos la feliz decisión de creer que Él está vivo, y aceptarlo como resucitado, dueño y Señor de nuestra vida, a abrirle el corazón, El entrará, cenará con nosotros, partirá el pan, arderá nuestro corazón y habrá fiesta en nuestra vida, porque Cristo Vive.
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