| El Espíritu Santo es fuego y agua |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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Cuatrocientos años antes de la encarnación de Jesucristo, el profeta Joel ya había profetizado la venida del Espíritu Santo: “yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visiones. También sobre los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu en aquellos días”, (Joel 3:1-2). Jesús confirma esta promesa: “En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: "La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días". (...) recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra", (Hech. 1: 4-5 y 8). En Pentecostés se cumple la profecía y la promesa, el Espíritu Santo es derramado sobre la humanidad. A nosotros, hoy, nos toca recibirlo y aceptarlo. Lo recibimos en el bautismo y la confirmación, pero no siempre lo aceptamos. Existe una gran diferencia entre recibir y aceptar. Puedo recibir un regalo y no aceptarlo o no abrirlo ni usarlo nunca. Puede suceder que yo haya recibido el Espíritu Santo, pero nunca lo acepté, como guía de mi vida. No se nota en mí que lo tengo, no lo consulto ni lo invoco. La vida sin Espíritu Santo es como un auto, nuevo y lujoso, pero sin combustible o un espléndido asado pero sin sal. Todo lindo, pero algo falta. Jesucristo aparece sobre la tierra encarnado como hombre, el Espíritu Santo no se encarna, pero aparece bajo los signos del viento, paloma, fuego y agua. El fuego ardiendo purifica, calienta e ilumina. El carbón apagado es frío y de color negro. Sin embargo al entrar en contacto con el fuego se transforma en brasa, se vuelve incandescente y de color rojizo. Así nosotros, cuando entramos en contacto con el Espíritu Santo, nos transformamos, todo cambia, la vida que estaba en la oscuridad se llena de luz, la tristeza se transforma en gozo, la desesperanza en esperanza y el corazón frío e indiferente, se vuelve fuego, ardiendo de amor por Jesucristo. Por eso Jesús dijo: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”, (Lc. 12:49). Jesús vino a traer fuego, a derramar el fuego de su Espíritu y desea que arda, que los cristianos ardan de fervor y amor. A los cristianos nos falta fuego en el corazón, nos falta entusiasmo y coraje para lanzarnos al mar de Dios. La misma imagen del fuego la encontramos en Isaías: “Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar. El le hizo tocar mi boca, y dijo: "Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado", (Is. 6:6-7). El fuego de la brasa quema el pecado y las impurezas. En la Iglesia Bizantino-ucraniana se usa esta imagen durante la Comunión: la cucharita con la cual se da la Comunión es la tenaza del serafín y la Comunión es la brasa que quema los pecados y purifica. Y al terminar de distribuir la Comunión el sacerdote dice: “esto ha tocado tus labios y borrará tus culpas y limpiará tus pecados”. En la Comunión recibimos también al Espíritu Santo, el fuego. El Espíritu Santo es también agua. El agua da vida, lava y purifica. Donde no hay agua no puede existir la vida. Una vez un papá llevó a su hijo pequeño a pasear a la montaña, mientras subían encontraron en el sendero muchos charcos con agua turbia, porque había llovido. Estando en la montaña los sorprendió una torrencial lluvia. Al bajar observaron que el agua de los charcos ya no era turbia, sino limpia y cristalina. El agua caída desplazó al agua turbia, lavó, empujó todo hacia fuera, dejando agua limpia. Así el Espíritu Santo, como el agua, al entrar en nosotros lava todo, limpia, empuja hacia afuera el pecado, lo reemplaza con la gracia de sus dones. Podemos imaginarnos que nos sumergimos en el Espíritu Santo como en una pileta, que nos envuelve con sus aguas. En una ocasión un hombre muy rico, con una casa muy elegante y una inmensa pileta de natación en el fondo, organizó una gran fiesta con muchos invitados. La pileta tenía una particularidad, estaba llena de pirañas y tiburones. El hombre rico propuso a sus invitados dar la mitad de sus bienes a aquel que se anime atravesar la pileta a nado. De repente se escuchó un ruido, alguien se había zambullido, nadó velozmente y salió. Todos muy admirados, lo felicitaban, le decían que era un héroe, un valiente. Sin embargo el hombre muy nervioso, respondió, ¿Qué héroe? ¿Qué valiente? ¡Lo único que quiero saber es quien me empujó! A veces necesitamos que alguien nos de un empujón para entrar en la pileta, para lanzarnos en la maravillosa aventura del Espíritu Santo. Para aceptarlo, llenarnos de Él, permitir que lave todos nuestros pecados e impurezas y que su fuego nos convierta en brasa, corazones llenos de ardor, entusiasmo y valentía para proclamar las maravillas del Señor.
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