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miércoles, 07 de enero de 2009
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda

El Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, es Señor, dador de vida y fuente de dones, habita en cada uno de nosotros y es el alma de la Iglesia, la asiste, la guía y la preserva de todo error. Actuó desde el inicio de la creación: “La tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas”, (Gen. 1:2). Actuó durante toda la historia de la salvación y actúa hoy.

Pero corremos el riesgo de ignorarlo, inclusive de rechazarlo, burlarnos o hablar mal de Él. Como sucedió en el relato evangélico donde Jesús expulsó al demonio de un ciego y mudo: “le llevaron a un endemoniado ciego y mudo, y Jesús lo curó, devolviéndole el habla y la vista. La multitud, asombrada, decía: "¿No será este el Hijo de David?". Los fariseos, oyendo esto, dijeron: "Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios", (Mt. 12:22-24).

Jesús expulsaba los demonios con el poder del Espíritu Santo: “si expulso a los demonios con el poder del Espíritu de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes”, (Mt. 12:28). Los fariseos en lugar de reconocer la obra del Espíritu Santo, blasfeman contra Él. Negando su acción, lo llaman demonio, lo rechazan y hablan mal de Él. Esta actitud hacia el Espíritu Santo es el pecado que no será perdonado: “Por eso les digo que todo pecado o blasfemia se les perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. (…) al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro”, (Mt. 12: 31-32).

Con frecuencia ignoramos o negamos la obra del Espíritu Santo en nuestra vida y en la Iglesia. No lo invocamos, ni somos dóciles a sus inspiraciones. Negamos su obra en la Iglesia, rechazando sus enseñanzas, las ignoramos e incluso nos burlamos, como sucede en muchos programas de algunos medios de comunicación .

El Espíritu Santo es fuente de dones, Él distribuye sus dones a cada uno de nosotros. Uno de ellos es el don de lenguas. Me acuerdo la primera vez que oré públicamente en lenguas en el templo, un grupo de personas se reía diciendo que era lo más ridículo que habían visto y oído.

El diácono San Esteban, fue lapidado, es decir lo mataron a pedradas. Él en su discurso contra los fariseos les dijo: “¡Hombres rebeldes, paganos de corazón y cerrados a la verdad! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo y son iguales a sus padres”, (Hech. 7:51). Este es realmente un gran peligro, resistir al Espíritu Santo, cerrarnos a su acción e inspiración.

San Pablo escribiendo a los Gálatas los exhorta a dejarse guiar por Él: “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne”, (Gal. 5:16). Y a los Tesalonicenses los alienta a no apagar la acción del Espíritu: “No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cúidense del mal en todas sus formas”, (1Tes. 5:19-22).

Todos queremos salvarnos, llegar a la vida eterna, gozar de la visión beatífica. Sería bueno preguntarnos en este peregrinar, si en nuestra vida concreta, nos dejamos conducir por el Espíritu Santo sin resistirnos, o blasfemamos contra Él, rechazando su acción en la Iglesia y en nuestra vida personal.

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