| Reconocer la propia culpa es fundamental para obtener el perdon |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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En el evangelio de Mateo leemos el relato del rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda," (Mt. 18:23-27). Los padres saben que cuando el hijo, pequeño a no tanto, reconoce su culpa, su travesura, daño o robo, se le perdona con más facilidad. Pero si miente y niega, el corazón se endurece, se cierra. Lo mismo sucede con Dios, si nosotros, sus hijos reconocemos las faltas cometidas, nos arrepentimos y pedimos perdón, el corazón de Dios se compadece y perdona. En el relato del Hijo Prodigo vemos la actitud del Padre ante la humildad del hijo arrepentido: “Padre pequé contra el Cielo y contra ti”, (Lc. 15:21). El profeta Jeremías habla a Israel, nos habla a nosotros hoy: “¡Vuelve, apóstata Israel! -oráculo del Señor- y no te mostraré un rostro severo, porque yo soy misericordioso -oráculo del Señor- y no guardo rencor para siempre. Pero reconoce tu culpa, porque te has rebelado contra el Señor, tu Dios,”, (Jer. 3: 12-13). El reconocer la propia culpa, arrepentirse y pedir perdón es fundamental. El ser humano no quiere reconocer su responsabilidad, sino mas bien culpa a los demás de sus acciones. Adán culpó a Eva y ésta a la serpiente. En el evangelio de Mateo leemos: ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?, (Mt. 7:3). El salmo 51 es un hermoso ejemplo de arrepentimiento y pedido de perdón de David por su pecado: “¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Porque yo reconozco mis faltas y mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti solo pequé e hice lo que es malo a tus ojos. Por eso, será justa tu sentencia y tu juicio será irreprochable,” (Sal. 51: 3-6). Para reconocer la propia culpa se requiere humildad. Si no hay humildad no se reconoce, si no se reconoce no hay arrepentimiento, si no hay arrepentimiento no hay perdón, ni bendición ni sanación. La reconciliación con Dios se da sólo cuando reconocemos nuestro pecado y con humildad nos arrepentimos y pedimos perdón. La confesión sacramental no es válida si no hay arrepentimiento sincero ni deseo de enmienda. No es cuestion de inventar culpas, sino reconocer lo que realmente hicimos mal, pecamos contra Dios y contra el projimo. Entonces el amor de Dios podrá fluir en nosotros sin obstáculos, recibiremos el poder sanador y muchas enfermedades se sanarán. Durante los seminarios de vida realizados en la comunidad muchos participantes fueron sanados al reconocer su enojo con Dios, con su padres, parientes, cónyuges, al reconocer sus odios, rencores, resentimientos y al pedir perdón se liberaron de sus culpas, algunas muy antiguas y Dios pudo hacer su obra sanándolos.
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