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viernes, 10 de octubre de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda

Durante la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, el Padre habló desde la nube y dio testimonio de Jesús: “una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: ‘Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo’” (Mt. 17:5).

El Padre del cielo nos ordena escuchar al Hijo. La palabra escuchar puede tener dos significados: atender y obedecer.

Como primer paso debemos escuchar a Dios, su Palabra de vida. Nos cuesta mucho escucharlo y más todavía obedecerle.

Si prestamos atención, podemos constatar lo difícil que es encontrar a alguien que realmente sepa escuchar. Si tenemos un problema, estamos en crisis y lo intentamos comunicar nos damos cuenta que cada uno está en lo suyo. Por ejemplo podemos decir: “¿sabes que no me siento bien?, me duele la cabeza, parece que me voy a…”, No terminamos de hablar cuando el interlocutor comienza con lo suyo: Y yo ¡cómo me siento mal!, estoy con inyecciones y jarabe, etc, etc. Y nos quedamos con nuestro problema en la boca, sin que nos hayan escuchado.

Así como hemos perdido la capacidad de escucharnos los unos a los otros, así también hemos perdido la capacidad de escuchar a Jesús, cuando nos habla al corazón.

Nos cuesta hacer silencio interior y exterior para permitir que Dios nos hable. Llenamos los espacios vacíos con la televisión, radio o música a todo volumen. Le tenemos terror al silencio, porque no estamos acostumbrados a estar en contacto íntimo con Dios, con una actitud de escucha.

En nuestras oraciones nos hemos acostumbrado a hablar mucho, recitar oraciones preestablecidas, sin dejar un espacio de silencio para escuchar a Dios que nos habla.

En Oseas leemos lo siguiente: “yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón”, (Os. 2:16). Dios constantemente nos invita al Tabor, al desierto, al silencio para hablarnos, pero no queremos ir, nos resistimos.

El segundo paso en nuestra relación con Dios, es obedecer lo que hemos escuchado – ponerlo en práctica.

Nos cuesta obedecer a nuestros padres, a los superiores, a Dios que nos habla al corazón y a través de la Iglesia. La palabra de Dios se borra en nuestro corazón como si escribiéramos sobre el agua.

Tomemos como ejemplo cuánto nos cuesta obedecer a Dios y a su Iglesia en lo que se refiere a la alabanza dominical. Sabemos que es pecado grave faltar a la Divina Liturgia dominical, pero no vamos, buscamos cualquier excusa para no cumplir con este precepto.

Cómo nos cuesta obedecer los mandamientos de Dios. El nos dice “no matarás” sin embargo en el mundo y en nuestro país se está instalando la cultura de la muerte. Tenemos un ejemplo actual, el embarazo de cinco meses de la joven con capacidades diferentes que fue violada. Toda la Argentina se movilizó presionando que se aborte, desde el tribunal superior de Buenos Aires, del Ministro de Salud de la Nación y el gobernador de Buenos Aires, todos ellos electos para cumplir y hacer cumplir la constitución, velar por la vida: (Ver C. N. art. 75 inc. 22; C.P. de Bs.As. art. 12 inc. 1; Convención Americana de Derechos Humanos art. 4,1; Convención de los Derechos del Niño art. 6,1 y 2 y reserva argentina al art 1). Sin embargo promueven la muerte. ¿Porqué no dejan que nazca el bebé y luego lo asesinan? ¿No sería lo mismo?

Como nos hemos desacostumbrado a obedecer a Dios, somos incoherentes. Nos horrorizamos porque una bomba mató unos niños en el Líbano, lo que es realmente una tragedia, pero no nos inmutamos siquiera ante el horror del holocausto de millones de niños asesinados en el vientre de sus madres por el aborto. ¡Nos hemos acostumbrado a matar! El drama de la humanidad es el haber dejado de escuchar a Dios y de obedecerlo.

En el libro de Samuel, Dios nos hace una advertencia y una promesa, nos habla a cada uno de nosotros y a los gobernantes de nuestra amada Argentina, que está tomando un derrotero equivocado: “Si ustedes temen al Señor y lo sirven, si escuchan su voz y no se muestran rebeldes a las órdenes del Señor, si ustedes mismos y el rey que reina sobre ustedes siguen al Señor, todo irá bien. Pero si no escuchan la voz del Señor, y si son rebeldes a sus órdenes, la mano del Señor se hará sentir sobre ustedes y sobre su rey”, (1Sam. 12:14).

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