| El egoísmo nos conduce a la condenación |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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El relato bíblico sobre el Rico y el pobre Lázaro, (Lc. 16:19-31), nos hace reflexionar profundamente sobre el final de nuestra vida. En cada uno de nosotros hay algo del Rico y del pobre Lázaro. El Rico no tiene nombre, porque lleva el mío y el tuyo. Hacemos esplendidos banquetes, asados, fiestas, vacaciones en Brasil y a la vez lloramos miseria que no tenemos dinero, especialmente si nos piden una donación. Algunos son, como los hijos únicos, que siempre se lamentan: “No tengo hermano”. Este relato de la Biblia nos enseña y confirma que el infierno existe, y según la descripción del mismo Jesús, es un lugar de tormentos, de horribles sufrimientos. Los niños videntes de Fátima, relatan la visión que tuvieron del infierno: “Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, estaban los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, justamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las brasas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. ¿Como se cae en el infierno? Cuando no amamos al prójimo y lo ignoramos, como el Rico, que no veía a Lázaro sentado a su puerta, no nos preocupan sus necesidades, no nos interesa su dolor y lo rechazamos. El egoísmo es el pecado que nos lleva al infierno, a la condenación. Este Rico se preocupaba sólo de sí mismo, de la comida, ropa, fiestas, de su casa, pero no vio a Lázaro, no lo ayudó y así su egoísmo lo precipitó al infierno. El egoísta, que por lo general es también envidioso, no sabe amar, no sabe dar, no sabe compartir sus dones espirituales y materiales. Hay personas que solo hablan de si mismas: “yo hice”, “fue mi idea”, “yo soy el mejor estudiante”, “yo se todo”, o solo hablan de sus enfermedades. No te preguntan cómo estas, como te va en el trabajo, sobre tu familia, etc. Para el egoísta el otro no existe, para él es solo un tacho donde arroja su basura. Es una realidad muy preocupante y de graves consecuencias. Mientras estamos a tiempo, hagamos un examen de consciencia para no caer en el lugar de tormentos del que nos habla la Biblia y los videntes de Fátima. Estamos a tiempo, abramos el corazón a las necesidades de tantos prójimos que nos rodean y que quizás ni siquiera los vemos.
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