| Cristo Resucitado nos hace libres |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Carmelo Juan Giaquinta | |||||
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Apuntes de + CJG, para la Homilía del Domingo 3° de Pascua, 22 abril 2007. I. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” 1. La primera lectura de este domingo, tomada de los Hechos de los Apóstoles (5,27-41), destaca un rasgo fundamental del discípulo de Cristo: la libertad. Recordemos la escena. Los apóstoles están predicando en el Templo, y son arrestados por desobedecer la orden del Senado de no predicar a Cristo: “Nosotros les habíamos prohibido expresamente predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina”. La reacción del apóstol Pedro es serena y firme: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (5,28-29). No fue la vez primera. Ya antes los Apóstoles habían recibido órdenes semejantes, y reaccionaron de igual manera: “Les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra o enseñaran en el nombre de Jesús”. A lo que Pedro y Juan respondieron: “Juzguen ustedes si está bien a los ojos del Señor que les obedezcamos a ustedes antes que a Dios. Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (4,18-20).
2. La libertad con que proceden ahora los discípulos de Jesús contrasta con el miedo en que vivían a raíz de su muerte en la cruz. Éste se les aparece “el primer día de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, por temor a los judíos” (Jn 20,19). Pero luego adquieren una libertad admirable. Así se aprecia en el libro de los Hechos y en las cartas apostólicas. Y, más tarde, en las actas de los mártires. Y también en las primeras reflexiones sobre la conducta que han de observar ante las autoridades paganas. Se pueden resumir así: orar por ellas, respetarlas, obedecer sus mandatos, pero desacatar sus órdenes cuando pretenden ocupar el lugar de Dios, aunque les cueste la cárcel y la muerte.
II. La libertad de los hijos de Dios 3. Los cristianos creemos firmemente que Jesús, por su muerte y resurrección, rompió las ataduras del pecado y de la muerte. Él nos ha liberado, y nos llama a vivir en la libertad. Ésta es total: interior, espiritual; y exterior, social. Libertad interior: por la liberación de todo pecado. Valdría la pena leer íntegra la catequesis bautismal de San Pablo en la carta a los romanos, orientada en este sentido: “Ustedes están libres del pecado y sometidos a Dios: el fruto de esto es la santidad y su resultado, la Vida eterna” (Rom 6,22). Libertad que nos permite hacernos voluntariamente servidores de los otros: “Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esa libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor” (Ga 5,13). Y libertad exterior, social. Y ello, en todos los niveles: profesión, negocios, relación con la autoridad. El cristiano no ha de dejarse esclavizar por ninguna iniquidad. En cuanto a su relación con la autoridad, que fue el tópico más reflexionado en la antigüedad: el cristiano la respeta y ora por ella, porque toda autoridad viene de Dios, no importa que sea ejercida por un pagano; pero se opone con serenidad y firmeza a la injusticia que ella comete. Ésta no es de Dios.
III. Obedecer la ley y resistir la injusticia 4. En una visita pastoral, reunido con un grupo de profesionales, les recordaba la enseñanza de San Pablo: “Es necesario someterse a la autoridad, no sólo por temor al castigo, sino por deber de conciencia” (Rom 13,5). Ellos me manifestaron: “Es interesante el énfasis que usted pone en el acatamiento a la ley. Pero es una enseñanza incompleta. Usted no se imagina las situaciones en que nos encontramos los cristianos en el mundo que, si siguiésemos las normas establecidas, o las costumbres arraigadas, que son más fuertes que muchas leyes, renegaríamos de la fe cristiana”. Entonces abrí los ojos. Y se me hizo claro que la enseñanza de la Biblia respecto de la autoridad va junto con la de la resistencia pacífica a la injusticia que esta comete al imponer algo contra la ley de Dios. Y que en la catequesis y en la predicación hemos de enseñar ambos elementos. Son expresión de la fe en el único Dios, a quien hay que amar por sobre todo. Al respetar a la autoridad, adoramos a Dios. Y al resistir su injusticia, también adoramos a Dios.
5. El Catecismo de la Iglesia Católica es claro al respecto. Hablando de la autoridad, dice: “Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio… El ejercicio de una autoridad está moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico” (2235). “El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana” (2237). Y hablando de los ciudadanos, dice: “Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa crítica de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad” (2238) “El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio… El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio a Dios y el servicio de la comunidad política” (2242). En el respeto a la autoridad y en la valentía a resistirla cuando es preciso, está el alma de la verdadera democracia.
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