| Jesús nos atrae para si |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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Jesús nos atrae a si constantemente: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”, (Mt. 11:28-29).
Nos atrae porque nos ama, nos atrae porque nos quiere sanar y salvar. Por eso soplando el Espíritu Santo sobre sus discípulos instituye el sacramento de la confesión o reconciliación y lo encomienda a su Iglesia: “sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan", (Jn 20: 22-23).
Instituye el sacramento de la confesión para sanar nuestras heridas causadas por el pecado, para sanar y aliviar los dolores del alma, sanar los sentimientos de culpa, remordimiento, peso, tristeza, angustia. Todos los pecados dejan secuelas y traen grandes consecuencias.
El sacramento de la confesión es el sacramento signo del amor y misericordia de Dios por nosotros. Es el sacramento de la aceptación de Dios, El nos acepta así como somos, con nuestras heridas, traumas, defectos, debilidades, fragilidades, vicios, nos acepta y nos atrae para liberarnos y sanarnos de todo esto.
La sociedad no acepta lo que no entra en sus códigos de belleza e inteligencia: Así son rechazados los gordos y los que tienen capacidades diferentes con defectos físicos o mentales. Si estás bien económicamente o estás vinculado con algún puesto clave en el gobierno, todos te adulan y te festejan, sin embargo si fracasas, te quiebras económicamente o estás enfermo, todos desaparecen, se borran, te abandonan dejándote solo.
Quiero compartir esta historia que me enviaron por mail, referente a un soldado que regresaba de la guerra en Irak: “Un soldado regresaba a su casa de la guerra en Irak; le habló a sus padres desde San Francisco: "Mamá, Papá. Voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor. Traigo a un amigo que me gustaría que se quede con nosotros."
En ese momento el hijo colgó el teléfono. Los padres no volvieron a escuchar de él. Unos días mas tarde, recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco informándoles que su hijo se había suicidado. Los padres destrozados por la noticia volaron a San Francisco y fueron llevados a la morgue de la ciudad para que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, pero para su horror, descubrieron algo que no sabían, el que no tenía un brazo y una pierna era su hijo”.
Ellos, sin saberlo, rechazando al supuesto amigo, habían rechazado a su propio hijo, quien al sentir que no habría lugar para el en su casa, al saber que sería una molestia para la familia, un peso, decidió terminar con su vida. Para este joven el rechazo fue más doloroso que la misma guerra a la cual sobrevivió.
El ser humano puede ser muy cruel, es capaz de rechazar a su propio hijo o matarlo en el vientre de su madre.
Sólo Dios nunca rechaza a nadie, nunca nos dice no hay lugar para ti en mi corazón, no te puedo aceptar ni recibir porque cometiste tal y tal error, pecado, no eres perfecto, has fracasado. Al contrario, nos dice: “ven a mi” yo te perdono, te absuelvo, te acepto, quiero liberarte, sanarte y salvarte.
Cuando se enferma el cuerpo, acudimos al médico buscando remedio, ¿pero cuando se enferma el alma, donde procuramos sanación? Sólo Dios tiene la llave, tiene acceso a nuestra alma para sanarla y devolverle la paz. La confesión es el sacramento, el medio por excelencia donde Dios nos revela su amor y su gran misericordia.
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