| La fe se activa en el amor |
|
|
|
| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna | |||||
|
Juan, el discípulo que más ama al Señor, lo identifica antes que nadie. - “¡Es el Señor!” - exclama ante la figura que los llama desde la orilla; y su voz adquiere un eco irresistible. Simón Pedro no espera comprobar que la percepción de Juan responda o no a la verdad. Su inmediata reacción denota su estima y reconocimiento hacia el Apóstol joven. Juan sobrepasa a todos y es distinguido por el Maestro con un conocimiento profundo y personal de su identidad mesiánica. ¿Cuál es la virtud que abre para él los misterios de Dios? El amor. Lo mismo ocurre con María Magdalena a quien “se le perdona mucho porque ama mucho”. Jesús no deja de manifestar su predilección hacia sus amigos fieles que, por ello, son quienes lo aman. El Evangelio consigna que María Magdalena es la primera que identifica a Jesús resucitado: “Después de su resurrección, que tuvo lugar a la mañana del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios” (Ant. de Laudes del sábado de la Octava de Pascua). La fe es activada por el amor. Los hombres se mueven y comprometen si aman de verdad, aproximándose así al desapego de toda forma de egoísmo. Lamentablemente el egoísmo interfiere en toda relación personal. Nadie parece hacer gratuitamente nada. El canje se oculta en los gestos más amigables y se impone como sistema entre los que son considerados mejores. Cristo cura los corazones del egoísmo y ofrece el ejemplo de su personal y excepcional comportamiento. Se acaba de recordar hasta qué límite llevó el amor a su Padre y a los hombres. Me resisto a que esta doctrina evangélica permanezca en la abstracción y no regule la vida cotidiana de los cristianos. Me refiero a todos los cristianos, particularmente a quienes tienen la grave misión de legislar y de gobernar. 2.- El amor al pueblo. Más allá de las diversas ideas, que sirven de basamento a las propuestas surgidas en la Convención Constituyente, está - o debe estar - el amor al pueblo de Corrientes. Llamémoslo “sentimiento” suficientemente poderoso como para aunar voluntades, respetar y aprovechar los disensos, lograr un equilibrado acuerdo y, sin injustas exclusiones, arribar a definiciones que mejoren y actualicen la Constitución a reformar. Hasta el momento la población correntina parece un poco distante de lo que se debate en las diversas comisiones. Corresponde que reciba una información inteligible y frecuente y, de esa manera, tenga la oportunidad de interesarse y ofrecer sus inquietudes e iniciativas. La elección libre de los constituyentes ha sido un gesto de confianza en las personas elegidas, pero, no cierra el flujo normal desde una ciudadanía activa y participativa. Los constituyentes cristianos - sobre todo quienes se profesan tales - no deben olvidar los contenidos esenciales de su fe, que se identifican con los valores que el pueblo correntino, mayoritariamente cristiano, siempre ha cultivado. La gracia de la Pascua viene en auxilio del pueblo y crea un clima familiar que favorece el diálogo y el buen entendimiento. Todos deben contribuir con generosidad al mismo. Las posiciones pueden ser diversas, hasta divergentes, pero ¿no es ésta la ocasión providencial de superar las antinomias y los desencuentros? Para ello se requiere identificar lo que le es propio desde los orígenes y que sigue otorgando cohesión a su histórico itinerario. La vivencia de la fe cristiana ha marcado el desarrollo socio-político de Corrientes, ¿quién puede negarlo sin dejar en la penumbra el sentido de muchos esfuerzos y de heroicas luchas? Es la hora de la estabilidad. Corrientes, con su cultura autóctona, puede ser un ejemplo - para toda la Nación - de convivencia y auténtico pluralismo. Es la favorable impresión que ha dejado en los miles de peregrinos al Xº Congreso Eucarístico Nacional del pasado 2004. 3.- Es secreto del pueblo correntino. La virtud síntesis es su capacidad anfitriona y su cálida solidaridad. La humildad de su gente permite ofrecer a todos la calidad de su cordial acogida y el sorprendente suministro de sus bienes espirituales, culturales y económicos. Corrientes es un pobre que tiene la admirable capacidad de compartirlo todo. Por ello mismo necesita alimentarse de aquello que sustentó y sustenta su auténtica fortaleza espiritual, me refiero a los valores tradicionales, culturales y religiosos que sabe guardar en su interior. La Iglesia que desde sus orígenes le ha ofrecido el Evangelio tiene la enorme responsabilidad de actualizar su prédica e intensificar su labor educativa. Mirando la cercana celebración del centenario de su erección canónica, la Iglesia arquidiocesana de Corrientes se ha propuesto renovar y actualizar su pastoral, en comunión con la Iglesia Católica en la Argentina y en el mundo y al impulso de sus directivas actuales. Será una ardua tarea, imprescindible e indelegable. Acudimos cada domingo al Evangelio para constituirlo en la reserva de donde extraer “lo antiguo y lo nuevo”. Lo venimos haciendo, desde hace mucho tiempo, en este humilde espacio. La palabra de Dios, que ha inspirado a nuestro pueblo la expresión cultural de sus valores principales, debe ser considerada la fuente que sigue ofreciendo el alimento adecuado. Nadie queda excluido de su íntimo y universal ofrecimiento. Seguirá resonando, aún en medio de la tempestad y del fragor producido por otras ideas. El Evangelio, predicado desde la era apostólica, no tiene otro enemigo que el “hombre viejo”, presente y no vencido totalmente, también en quienes no entienden ser cristianos indiferentes. Es oportuno referir la Pascua que acabamos de celebrar a nuestra vida ciudadana. No nos contentemos con guardar su virtud en la privacidad, sin relación con nuestras responsabilidades cívicas. El mandato misionero de Jesús presenta una perspectiva universal innegable: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo le he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28, 19-20) 4.- El Señor resucitado actúa. Es preciso empezar, en este camino de fidelidad al acontecimiento de la Pascua, con la actitud que corresponda mediante una sincera conversión del corazón. La Pascua habilita el encuentro con Cristo Redentor. La Pascua hace que el encuentro no sea el mismo que experimentaron los contemporáneos de Jesús antes de su muerte y resurrección. La presencia de Cristo a partir de la Pascua cumplida es otra. Posee una eficacia asegurada por el don principal del Señor resucitado a su Iglesia y al mundo - me refiero al Espíritu Paráclito - otorgado el día de Pentecostés. Esta era pascual es propicia para que el encuentro con el Cristo resucitado logre la conversión y la santidad en toda persona que abra, sincera y humildemente, su corazón a la gracia del Espíritu. La esperanza de los cristianos está depositada en la Resurrección del Señor. La labor que desarrolla el Cristo de la Pascua logra su propósito en el perdón de los pecados y en la renovación de las personas. No se expresa sino raramente a través de prodigios espectaculares. Si se lo busca en ellos sobrevendrá la desilusión y el fácil abandono del camino de la fe. Su acción es invisible y callada. El Papa Benedicto XVI así lo expresaba a los sacerdotes húngaros: “En la Eucaristía hallarán al Señor callado… pero que actúa”. La operación del Espíritu de Cristo resucitado es real y transformadora aunque no se haga notar. La Pascua, si se la reconoce activa, sigue siendo el acontecimiento que arrebata a los hombres de la muerte y los conduce a la Vida.
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios! Powered by !JoomlaComment 3.1.0 Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved. |
|||||
| < Anterior | Siguiente > |
|---|















