| El pecado es un cancer espiritual |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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En el relato bíblico sobre el paralítico, Jesús dice: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía", (Jn.5:14). Es evidente que la causa de su parálisis era el pecado.
El pecado es el cáncer del alma, rompe la relación con Dios. Desarmoniza y desequilibra todo el ser. Es una enfermedad del alma que a su vez enferma y paraliza el cuerpo. Un pastor cuidaba a su rebaño con esmero, lo llevaba a los pastos más verdes y a los bebederos, todas las ovejas lo seguían armoniosamente. Un turista observaba todo y admirado le preguntó: ¿Las ovejas siempre lo siguen obedeciendo su voz? Si, le respondió, excepto cuando alguna se enferma, entonces sigue a cualquiera. La enfermedad del alma, el pecado no permite escuchar y seguir la voz del pastor Cristo y seguirlo obedientemente. Al estar enfermos espiritualmente seguimos a cualquiera, porque ya no reconocemos la voz del pastor. El pecado rompe la armonía, la sintonía con Dios; nos quita el amor a Dios; nos quita el gusto por las cosas de Dios, el gusto por la oración, por la Divina Liturgia, por la lectura de la Biblia. Infiltra la duda, la desconfianza sobre la misericordia y el amor de Dios; genera el vacío, la tristeza, la angustia, la depresión. Se rompe la armonía que proviene de la intima unión con Dios. Con el pecado entra el espíritu de queja y protesta. Es una constante infalible que cuando alguien se queja contra el Papa, contra los sacerdotes, acusa a la Iglesia de retrógrada, que no se actualiza, etc, siempre detrás se esconde algún pecado grave, con frecuencia el aborto, divorcio, concubinato, infidelidad matrimonial, relaciones prematrimoniales, etc. Se trata de justificar la conducta pecaminosa atacando a Dios, a los ministros y a la Iglesia. Puede suceder que estemos tan hundidos en el pecado, tan atrapados que perdemos la capacidad para salir, liberarnos. Necesitamos a alguien que nos ayude, a un salvador que nos tienda la mano y nos diga: “Yo te perdono, ven a mí, ven conmigo, levántate y camina”. Ese alguien, ese salvador es Cristo, el Buen Pastor, que busca a la oveja perdida y herida, la pone sobre sus hombros y la trae nuevamente al rebaño. Cristo a través de su Iglesia nos sana, nos consuela, nos levanta, nos perdona, pidiéndonos que no pequemos más, para que no nos sucedan peores cosas todavía, (Jn. 5:14). La confesión es un gran don, un precioso regalo de Dios para nosotros, es la clínica del alma, donde Cristo derrama su misericordia, toma nuestros pecados, los clava en la cruz y a cambio nos regala vida en abundancia y gozo. Así como el pecado enferma, nos aleja de Dios, nos hunde en la enfermedad espiritual, infiltrando un espíritu de queja y negatividad; la gracia y el amor de Dios transforman la vida. Tomemos como ejemplo a alguien que se enamora, todo a su alrededor es hermoso, la gente parece más buena, el sol brilla más intensamente, las flores, los pájaros, todo es más armonioso. En realidad nada ha cambiado objetivamente, todo sigue igual, pero su corazón tiene otra mirada y ve todo maravilloso. Lo mismo sucede cuando una persona recibe el bautismo en el Espíritu Santo, se llena de una fuerza sobrenatural, la inunda el gozo, la alegría, deseos de cantar y bailar delante del Señor, se experimenta el amor de Dios de una manera real, se tiene deseos de orar, alabar y glorificar a Dios, a quien se percibe como un Padre bueno. Nos brota espontáneamente el amor de hijos: “Padre te amo, soy tu hijo, soy tuyo”; a la Iglesia se la ve como un don precioso de Dios, una madre que nos nutre; los ministros son valorados, porque descubrimos que están para ayudarnos en este peregrinar hacia la casa del Padre, todo se transforma. Objetivamente nada ha cambiado, todo sigue igual, el trabajo, la vida cotidiana es la misma, pero el corazón ha sido tomado por el Espíritu de Dios, que lo transforma y vivifica todo. Dejémonos levantar por Cristo que nos tiende la mano con misericordia, nos sana y libera de esa terrible enfermedad que es el pecado.
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