| Fidelidad a nuestra hora |
|
|
|
| Reflexiones - Libros | |||||
|
Presentación del libro del Cardenal Eduardo Pironio, “Fidelidad a nuestra hora. Meditaciones para el hombre del tercer milenio”, Prólogo del Card. Jorge Bergoglio (ed. Agape libros, 2006, pp. 158), realizada en la Feria del Libro, Salón Domingo Faustino Sarmiento (02-05-2007. por Carmelo Juan Giaquinta Retrato de un pastor de la Iglesia contemporánea 1. A pocos días de la inauguración de la V Conferencia General del Episcopado latinoamericano, en Aparecida, aparece este libro “Fidelidad a nuestra hora”, del Cardenal Eduardo Pironio. Mientras lo leía, sentía que iba entrando en el corazón de quien fue, por largos años (1967-1975), Secretario General y Presidente del CELAM. Y, por tanto, uno de los impulsores de la II Conferencia General, la de Medellín (1968), cuyos propósitos fueron la aplicación del Concilio Vaticano II a la realidad latinoamericana. También sentía que, de su mano, entraba en el alma de toda una época de la Iglesia, la del inmediato postconcilio. Y también en la del mundo de entonces: con la guerra de Vietnam, el peligro del holocausto atómico, las guerrillas de liberación en los países del tercer mundo. 2. Esta época, si bien a los jóvenes les parece lejana, es contemporánea. Ni nosotros, los mayores, ni ellos, los jóvenes, podemos prescindir de esas raíces eclesiales y mundanales. No somos como los hongos que aparecen de golpe después de unos días de lluvia. Somos, más bien, como las plantas que brotan en la tierra roturada, hijas de muchos sudores y portadoras de muchas esperanzas, con las que se mezcla mucha cizaña. Lo mismo que en tiempos de Jesús. Lo mismo que siempre. Sólo que hoy todo es mucho más acelerado. 3. Mientras Pironio hace sus meditaciones, en febrero de 1975 en Mar del Plata, al Instituto femenino Apóstoles de Jesucristo Sacerdote, su alma está llena de la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos, sobre la Evangelización (1974), cuyo fruto sería pronto la exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi” (1975). E, igualmente, está llena del espíritu del Año Santo Universal (1975), que es el de la reconciliación del hombre con Dios y de los hombres entre sí. 4. Las meditaciones de Pironio tienen la frescura de su persona. Más que escribir, le gustaba reflexionar en voz alta, sobre el libro abierto de la Palabra de Dios, quizá con un machete de lo que ya había rumiado y orado durante horas, y procurando iluminar el momento del oyente. De allí, un cierto desaliño en el texto, que no es desorden. Es, más bien, la espontaneidad de un alma que se abre a los amigos, y les deja ver cuánto cree, espera y ama. Y, por lo mismo, cuánto sufre y goza. Lo cual ayuda a captar su testimonio y lo hace siempre actual. Voy a subrayar sólo tres rasgos. El hombre de la Hora 5. La primera meditación es, sustancialmente, sobre la hora presente, que siempre es la hora de Dios (pp. 28-38). Ella, además de darle el título al libro, marca todo el retiro. Y marcó, seguramente, el alma de Pironio. Él contempla a Jesús ante la hora que le ha llegado. La hora de su pasión. La vive lleno de esperanza, porque unos griegos quieren verlo; y, a la vez, lleno de dolor, porque la crema del pueblo judío lo rechaza. Pero Jesús no se amilana, y se encomienda totalmente al Padre: “Ahora mi espíritu está agitado, ¿y qué voy a decir: ‘Padre, líbrame de esta hora? Si para esto he venido al mundo” (p. 21). La hora oscura de la cruz es, a la vez, el alba de la hora luminosa de la gloria: “Padre, glorifica tu Nombre”. 6. Siguiendo el ejemplo de Jesús, Pironio nos enseña a vivir la hora presente. Nos confiesa: “Esta hora es además, muy difícil, muy dura, una hora de mucho combate, de mucha lucha, diría de mucha soledad, de tristeza y angustia, un poco de lo absurdo… (p.32). “Cuando se cumplió la hora, ¡está María! Esto es para que no nos asustemos, para que cuando a nosotros nos llegue la hora estemos seguros que estará María. Y la hora tiene la presencia del Espíritu Santo… (p. 33). Yo quisiera (sigue hablando Pironio) que ustedes comprendieran también un poco su hora… Los que nos conocemos desde hace muchos años: ¿no es cierto que eran mucho más tranquilos y felices los tiempos en que nos dedicábamos a la A.C.A., allá por los años y tantos…, cuando uno vivía tranquilo en el Seminario Pío XII y abría la ventana y veía nada más que campo…, y una vez por semana iba a la ciudad y confesaba un poco? Después iban los seminaristas… No, no, no había tantas tensiones, no había tantos cuestionamientos, el mundo no estaba tan sacudido, no veíamos todos los días en los diarios secuestros, muertes, violencias, amenazas; tampoco llegaban con tanta frecuencia noticias de que tal sacerdote dejó, de que tal religiosa está presa, de que tal otro está embanderado en un grupo extremista. Todo esto no lo veíamos hace unos años. Y entonces ¿qué vamos a decir: Padre líbrame de esta hora? No, si para esta hora vine al mundo, o sea ésta es la hora que nosotros tenemos que vivir, esta hora del mundo y de la historia. No sirve hacer una abstracción y decirnos ‘vamos a vivir tantos años atrás’ o ‘vamos a desear que pase de una vez esta hora’. Eso será cuando el Señor lo disponga. Lo importante que ahora se nos pide es que tratemos verdaderamente de descubrir la intensidad, la responsabilidad de la exigencia de esta hora, que nosotros nos entreguemos a ella” (p. 34-35). 7. Si me permiten mechar algo personal, que coincide con lo de Pironio: yo suelo decir a los seminaristas y a los sacerdotes jóvenes: “tengan presente que la vida de ustedes, la hora de ustedes, será mucho más difícil que la mía. Pero no teman. Estoy seguro también que en esa hora habrá más presencia del Espíritu Santo. Y con él todo se hará más fácil, así sea el martirio cruento”. El hombre de la entrega 8. La segunda meditación es la homilía del día 9 de febrero, y comenta las palabras de Jesús en la última cena: “Esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes”. A partir de ellas, Pironio comenta: “El sacerdote es el hombre de Dios para los hombres… El sacerdote está hecho para darse, alguien que está hecho para dar… Da, pero sobre todo es alguien que se da… En el sacerdote no se concibe un momento para sí: todo ha sido entregado, todo ha sido derramado” (pp. 44-46). 9. Pironio refleja lo mejor de la espiritualidad sacerdotal de entonces sobre “Cristo sacerdote y víctima”. Si bien pudo escucharla de labios de su maestro el P. Garrigou Lagrange, en el Angelicum de Roma, cuando hacía la licenciatura en Teología a inicios de los cincuenta, esta espiritualidad tiene sus raíces en el apóstol San Pablo: “De buena gana entregaré lo que tengo y hasta me entregaré a mi mismo para el bien de ustedes” (2 Co 12,15). E incluso, más. Sus raíces brotan del mismo Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). 10. Los que tuvimos la dicha de conocer a Pironio, sabemos que esto de “la entrega” no era para él sólo una expresión hermosa. Creyó firmemente en ella y la hizo lema de su vida, como quien cree y se entrega a Jesús, el cual se entregó a la cruz por amor a los hombres. “Los sacerdotes no valemos por lo que nos movemos o por lo que hacemos, -dice Pironio, sino por lo que transparentamos. Es decir: valemos por el Cristo sacerdote que en nosotros está, habla, hace la Eucaristía y se entrega” (p.52). Por ello le dolía mucho la secularización del sacerdote. 11. A la luz de esto, estoy seguro que si Pironio hoy participase de Aparecida, ayudaría a sus hermanos Obispos y a los Presbíteros, a interrogarse sobre su entrega a imagen de Jesús. Hoy, en la Iglesia, se escucha mucho decir “lo que me causa satisfacción”, “mi realización”, “mis sueños”. Por momentos uno se pregunta si se trata del mismo Evangelio. No es cuestión de demonizar las palabras. Pero cuando se lo escucha mucho, y casi no se escucha lo del Evangelio de la cruz, se enciende una luz roja. Y es preciso dialogar sobre ello con sinceridad. Porque sin la cruz no se puede ser discípulo de Cristo, ni tampoco su misionero. El hombre de la oración 12. La cuarta meditación es sobre la oración (pp.99-116). Pironio habla de la necesidad de la oración personal, a solas, en el desierto. La contempla, primero, en Jesús, siguiéndolo especialmente en el Evangelio según San Lucas. Y nos enseña a imitarlo en esta actitud, según el mandato que el mismo Jesús nos dio: “que es preciso orar siempre sin desanimarse”. En un momento nos confidencia: “Yo animo y aliento mucho las largas vigilias de oración. Realmente que nos cansen, que nos fatiguen, no el encuentro con el Señor; pero que nos caigamos realmente cansados en los brazos del Señor” (p.105). 13. Además, Pironio habla de la oración a solas porque siente una necesidad enorme de ella. “Uno lo experimenta por necesidad personal y yo se los puedo decir como una necesidad imperiosa, porque me toca constantemente estar hablando, predicando, ir recorriendo de un lado para otro… Hoy estoy aquí, mañana estoy en Perú y pasado estoy en Roma. Precisamente por eso siento mucho más la necesidad de ir a La Trapa y de estar en absoluto silencio. De entrar en el desierto, y tratar de gustar la experiencia de Dios. Por eso: porque todos nos buscan, cuanto más nos buscan tanto más tenemos que ir a lugares solitarios. Su fama crecía pero él se iba a lugares solitarios y allí oraba” (p.111). 14. Es de admirar cuánto la Iglesia creció en el aprecio de la oración comunitaria con la reforma litúrgica conciliar. Pero preocupa observar cuánto decreció el apreció de la oración a solas. Sin ella también la oración comunitaria comienza a naufragar. De allí que nuestras liturgias sean muchas veces celebradas con el alma vacía. Y que cuando se intente hacerlas festivas, se haga de ellas un show, que nada tiene de oración comunitaria. Una misa dominical así celebrada no alimenta la fe de los fieles. Y es explicable que algunos huyan hambrientos hacia otras iglesias, e incluso hacia sectas, buscando el pan que le es negado en la Iglesia católica. ¿Tratará de esto Aparecida? 15. E imaginando a Pironio yendo a la V Conferencia: lo veo recordando a sus hermanos Obispos el reproche que hizo Jesús a sus discípulos en el Huerto de los Olivos: “¿Cómo? ¿No han podido vigilar una hora conmigo? Oren para no caer en la tentación”.* CJG, Seminario Mayor de Buenos Aires, 01 de mayo, fiesta de San José Obrero, patrono principal, junto con la Inmaculada Concepción de la Ssma. Virgen María, de la Arquidiócesis de Resistencia.
Powered by !JoomlaComment 3.1.0 Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved. |
|||||














