www.mamboteam.com
EVANGELIZACION DOSMIL Advertisement
Inicio arrow La Voz de Nuestros Pastores arrow Mñor. Carmelo Juan Giaquinta arrow El compromiso ciudadano del cristiano
domingo, 12 de octubre de 2008
 
 
Menú principal
Inicio
Nuestra Identidad
Escuelas de Evangelización
Red de Oración
Centros Juveniles
Calendario de Escuelas
Galería de Fotos
Contactar
Servicios
Formación
Cómo Evangelizar
Reflexiones
Oraciones
El Papa y la Evangelización
Magisterio de la Iglesia
La Voz de Nuestros Pastores
La Voz de los Laicos
Noticias Católicas
Descargas
Videos
Wallpapers
Regalos para Evangelizar
Foros
Links de Interés
Podcast
Sitemap
Formulario de acceso
¿Quién está en línea?
Agregar a Favoritos
Hacer Página de Inicio
Sindicación
Add to Google
Estadísticas
Usuarios: 297
Noticias: 316
Enlaces: 24
Visitantes: 446991
Te puede interesar...
El compromiso ciudadano del cristiano PDF Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 0
MaloBueno 
La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Carmelo Juan Giaquinta

Introducción
1. Hace apenas 20 días, el episcopado realizó la primera Asamblea Plenaria de este año. Y, como es frecuente, emitió una exhortación pastoral. Esta vez, “sobre el compromiso ciudadano y las próximas elecciones”. La leí en la Parroquia San Antonio de Villa Devoto a los fieles que quisieron quedarse después de la Misa del Domingo del Buen Pastor. Y, a raíz de ello, el Párroco pensó en organizar esta reunión para comentarla. A lo que accedí gustoso.

Mi propósito, con esta charla, no es sólo instruirlos sobre lo que escribimos los Obispos, sino ayudarlos a ser testigos de Jesús en el mundo y a vivir allí su condición de ciudadanos acorde con la fe.

Destinatarios de la exhortación

2.         La Exhortación está dirigida primeramente “a los hijos de la Iglesia”, cualquiera sea el lugar que ocupen en la Iglesia y en la sociedad. Al hacerlo así los Obispos hablamos como en familia por derecho propio.

Dada la materia, “el compromiso ciudadano y las próximas elecciones”, nos dirigimos también “a todos los hombres y mujeres de buena voluntad[1]”. Es una costumbre que inició Juan XXIII con la encíclica Pacem in terris (1963). Y así también lo hacemos los Obispos cuando tratamos cuestiones que atañen al bien común, por cuya consecución el cristiano ha de esforzarse junto con los demás ciudadanos.

Por tanto, la exhortación no está dirigida a la opinión pública, que es un ente impersonal. Ni a un sector de la sociedad en particular: gobierno, partidos políticos, institución civil determinada, prensa. Ni siquiera a la sociedad argentina en cuanto tal. Está dirigida a los cristianos en su condición de ciudadanos, pues éstos han de vivir su fe no sólo en la Iglesia sino también en la sociedad terrena, y han de procurar que las instituciones de la sociedad civil y política, de las que forman parte, estén al servicio del bien común. Por extensión, se dirige también a cuantos comulguen de algún modo con la visión del hombre como ser social que propone la Iglesia.

Modo de transmisión

3.         Me parece oportuno que esta vez no se haya convocado a la prensa para dar a conocer la exhortación episcopal. Y espero que así se haga en el futuro. La prensa es llamada el cuarto poder y es un sector poderoso de la sociedad. Pero es sólo un sector. ¿Con qué razón la Iglesia, que es “católica”, de todos, convocaría sólo a un sector de la sociedad para dar a conocer su enseñanza, como lo ha hecho en los últimos tiempos? ¿Sólo para aprovechar la velocidad de los medios para trasmitir su mensaje? Es una razón pobre. Y el efecto bueno buscado no siempre se da. Con frecuencia se da el contrario: una transmisión confusa e incluso dañina.

Personalmente pienso que, si se quisiese simbolizar que el episcopado hace entrega de una exhortación o documento: se debería invitar a representantes de los diversos sectores del Pueblo de Dios, incluidos de la profesión periodística, pero ya no más exclusivamente a la prensa, pues ésta como tal no lo integra.

Lo mismo pienso de la publicidad de los documentos de la Santa Sede. La mala disposición de muchos fieles católicos creada por los medios con respecto a la última exhortación apostólica “Sacramentum caritatis”, de Benedicto XVI, debe hacer repensar la cosa. La Eucaristía no es una materia en la que la prensa tenga competencia. ¿Por qué, entonces, entregarle a ella un tesoro tan grande y no al Pueblo de Dios? Jesús no promovió una disciplina del arcano: “Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas” (Mt 10,27). Pero nos previno contra la entrega indebida del Evangelio (Mt 7,6).

 

El título: “El compromiso ciudadano”

4.         Este término, que está en la primera parte del título de la exhortación pastoral, indica uno de los temas de la exhortación. Está también en el título de esta charla. Se puso de moda en la Iglesia argentina hace cuatro años con la oración preparatoria del X° Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Corrientes (2004). En ella pedíamos a Dios Padre que “sea el acontecimiento de gracia que nos devuelva a Jesús como autor de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano”. Lo cual indica que el término ya se estaba usando y que vino a expresar una necesidad sentida[2]. Volvió a usarse en la oración para el III Congreso Nacional de Laicos (octubre 2005). Y ahora es patrimonio común. Pero ¿qué significa? Sin proponernos explicarlo expresamente, los Obispos lo hacemos en la primera parte de la exhortación: “La Pascua y la vocación del cristiano en el mundo”.

 

El título (bis): “Las próximas elecciones”

5.         Este término, que está en la segunda parte del título, se refiere también a uno de los temas de la exhortación: “sobre el compromiso ciudadano y las próximas elecciones”.

 

 

I.          La Pascua y la vocación del cristiano en el mundo

 

Referencia al tiempo litúrgico

6. La primera parte de la exhortación se intitula “La Pascua y la vocación del cristiano en el mundo”.

¿Por qué una referencia litúrgica en un documento de enseñanza social[3]? Alguno quizá piense que es para disimular bajo un ropaje piadoso una intromisión indebida de la Iglesia en un campo que no le compete. De ningún modo. La Iglesia proyecta la luz del Evangelio sobre lo social en virtud de su fe, la cual le enseña ver al hombre en su integridad. Éste es persona, y, por tanto, ser social. Todo él tiene derecho a la luz del Evangelio. Y todo él está llamado a caminar bajo esa luz. De allí, la Doctrina Social de la Iglesia, que no es un derivado menor del Evangelio, sino el Evangelio mismo aplicado a la vida del hombre sobre la tierra[4].

Además, hay una razón pedagógica. Cuando los pastores enseñamos el Evangelio y lo aplicamos a la realidad social, conviene que tengamos presente el tiempo litúrgico que estamos viviendo como un punto fundamental de referencia. Éste es fuente permanente inspiradora de los sentimientos, actitudes y conductas que los cristianos hemos de abrazar dondequiera que nos encontremos: en la Iglesia o en la sociedad. Esto ayuda a evitar actitudes esquizoides: por un lado, la liturgia, y, por otro, la vida concreta. Leamos el primer punto de la exhortación:

 

(1). “La fe en Jesús resucitado, que celebramos más intensamente en este tiempo de Pascua, nos impulsa a renovar nuestra vida, viviéndola con verdad, libertad, justicia y solidaridad[5] en la Iglesia y en la sociedad política de la que formamos parte. Somos miembros de las dos, y en las dos la fe nos llama a vivir nuestra vocación”.

 

Es un equívoco pensar que la Iglesia, cuando habla sobre cuestiones que tocan a lo social-político, tendría que hacerlo desde un punto de vista supuestamente neutral, para que todos puedan escucharla. Por ejemplo, desde principios filosóficos comunes. El relativismo contemporáneo niega tales supuestos comunes. La Iglesia habla de estos temas siempre desde la recta razón o sentido común, iluminados por la fe en Dios creador y en Cristo redentor del hombre. Y confía que muchos, incluso que la impugnan, querrán escucharla. El mismo Concilio Vaticano II, en la constitución pastoral Gaudium et Spes, a la vez que busca un lenguaje comprensible para el hombre de buena voluntad, no oculta que enseña iluminada por Jesucristo que nos revela el misterio del hombre [6].

 

Doble pertenencia del cristiano y una sola moral

7. La doble pertenencia del cristiano a la Iglesia y a la sociedad civil, que subrayamos en la exhortación, no es un tema que esté siempre claro en la conciencia de los fieles. Y ello, en gran medida, por deficiencias serias en la catequesis y en la predicación. Y porque son víctimas de la cultura ambiental, que admite la religión sólo como una convicción individual que no tiene derecho a reflejarse en la conducta social del creyente.

En cambio es un tema muy claro en la catequesis de los Apóstoles. Ambas pertenencias son iluminadas por un único imperativo de santidad, que proviene de Dios creador, el cual nos llama a la amistad con él: “Sean santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1,16; Lev 19,2). No hay dos morales: una para vivir en la Iglesia, otra, en el mundo; ni una para vivir en privado, y otra en público. Ejemplo de ello es la exhortación de San Pablo a los romanos, en los capítulos 12 y 13 de su carta. Les recuerda, primero, la enseñanza de los profetas: que Dios no quiere sacrificios de animales, sino que el hombre viva su existencia entera en la justicia y santidad: “Los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer” (Rom 12,1). Enseguida pasa a describir la vida del cristiano en la Iglesia: cf Rom 12,3-13. Y, a continuación, en la sociedad civil: cf Rom 12,14-21; 13,1-7. Lo mismo observamos en la 1ª carta del apóstol Pedro: a) el bautizado es llamado a la santidad en la Iglesia: 1 Pe 1,16-2,10; b) y es llamado a la santidad en la sociedad civil: 1 Pe 2,11-20. Vivir en santidad en estos dos niveles: en esto consiste la vida cristiana.

 

8. Un escrito del siglo II, llamado la carta a Diogneto, muestra con claridad cómo los antiguos cristianos concebían su existencia. No sufrían ningún tipo de esquizofrenia con respecto a su fe. Sabían que ésta había de impregnar toda su vida, en la Iglesia y en el mundo, en privado y en público. Y consistía en la misma fe vivida en la actividad de cada momento, cualquiera que ésta fuese: personal, familiar, mundanal, eclesial[7].

9. Todavía hoy es fácil encontrar equívocos sobre lo que significa que “el cristiano es llamado a la santidad en la sociedad”. Algunos piensan que consiste en realizar gestos religiosos fuera del templo, en el lugar de trabajo, en las oficinas públicas. Sin negar que ello podría justificarse en circunstancias excepcionales: vivir la santidad en la sociedad consiste en realizar el propio trabajo con honestidad y competencia, y en buscar el bien común junto con los demás ciudadanos, cualquiera sea el credo religioso que profesen, sin importar las adversidades que hubiere que afrontar.

 

¿Por qué el énfasis del Episcopado en lo social-político?

10. En el interior de la Iglesia existen situaciones que los Obispos debemos reflexionar y remediar pastoralmente a la luz del Evangelio. Desde algunas que parecen pequeñas, pero que son de fuerte impacto en el pueblo cristiano, hasta otras que, por su naturaleza, son muy importantes. Por ejemplo: casos de exclusión indebida de la catequesis de iniciación, poca preparación de muchos catequistas, deficiencias en la lectura litúrgica de la Palabra de Dios en muchos templos, ídem en la conducción pastoral de no pocos colegios católicos, ídem en la formación de los futuros pastores, ídem en el ministerio y vida de los mismos, ídem en el ejercicio de la predicación, ídem en el cumplimiento de las normas de comunión para la administración de los bienes materiales. Y la lista sigue.

¿Por qué, entonces, la insistencia del episcopado en tratar la conducta del cristiano en la sociedad? No, como alguien ha dicho, para no perder el protagonismo que tiene la Iglesia católica. Sino porque reconocemos una grave deficiencia en la catequesis y predicación sobre este tópico. Y esto es una cuestión interna de la Iglesia, que afecta a la madurez de los bautizados y a nuestra responsabilidad de pastores

Como dijimos en varias ocasiones, y sin pretender cargar con todas las culpas, la crisis argentina, que es eminentemente de orden moral, no se explica sin la corresponsabilidad de los fieles cristianos. Aunque no insistamos en esto en la presente exhortación, lo hemos reconocido en anteriores[8]. Pero igual hoy decimos:

 

(2). “En estas circunstancias históricas, la fe nos exige crecer aun más en nuestro compromiso ciudadano”.

 

Tener valor para reconocer la profundidad de la crisis argentina

11. Luego agregamos:

 

(2b) “Somos conscientes de los pasos dados para superar la crisis en la que habíamos caído. Sin embargo, no podemos dejar de atender a la profundidad de la misma. Ésta, si bien tuvo consecuencias económicas y sociales muy graves, viene de vieja data, y tiene sus profundas raíces en el individualismo y en el relativismo que distorsionan la concepción de la vida humana y de la convivencia”.

 

A todos nos gustan los fuegos artificiales. Son admirables, nos alegran y distraen. Pero aún los más hermosos se diluyen al instante. No se nos ocurre contemplarlos al despertar. Por eso, con la alegría de la noche anterior, reiniciamos la jornada de trabajo con renovado vigor. No acontece siempre así con un boom económico. Cuando éste sucede a una crisis de la profundidad sufrida en la Argentina, puede sobrevenir la tentación de pensar que aquella era sólo económica. Sin negar el valor del esfuerzo hecho, no se tiene conciencia de que el boom se debe en buena medida a circunstancias externas favorables, y no a un supuesto nuevo modelo de sociedad, que nunca fue discutido democráticamente. Entonces, la embriaguez que produce el relativo bienestar de algunos sectores, hace olvidar las penurias económicas de los sectores más postergados, y, sobre todo, anestesia otros síntomas dolorosos que denuncian que la sociedad civil y la política siguen profundamente enfermas. Y así se deja pasar la oportunidad para cultivar en el pueblo una sana conciencia ciudadana, y no se ponen en marcha las reformas necesarias para sanear las instituciones de la República. La crisis sigue latente, chisporrotea cada tanto, y amenaza volver a estallar.

Los Obispos no somos aguafiestas, pero no podemos dejar de señalar que la crisis es de orden moral. Sin el tono dramático con que hablamos el 8 de enero de 2002, volvemos a repetir que la crisis es profunda. Les recomiendo comparar lo que dijimos en el punto álgido de la crisis y lo que decimos ahora[9].

 

A cinco años de la explosión de la crisis

12. A cinco años de la explosión de la crisis argentina, ¿cuál es la situación? Económicamente estamos mejor. Los obispos lo hemos reconocido antes[10], y también en esta exhortación. Ustedes pueden opinar con mayor competencia.

Pero ¿cómo estamos políticamente? Es decir, como comunidad organizada en un sistema republicano, federal y democrático, al servicio de todos los miembros y sectores de la sociedad civil sin exclusión alguna.

La economía, por su naturaleza, está subordinada a la política. A ésta la concebimos aquí como el arte de procurar el bien común de la “pólis”, de la ciudad, de la República. Si la economía marcha bien, y se aprovecha la coyuntura, puede redundar positivamente en la política, o gobierno de la “pólis”, y facilitar la restauración del entramado social herido. Pero si la política anduviese mal, tarde o temprano volverá a afectar la salud de la economía.

Sin ser alarmista, algunos hechos políticos ocurridos en el quinquenio 2002-2007, son preocupantes. Recordemos sólo tres más recientes: los incidentes del último 17 de octubre, la campaña electoral de Misiones en 2006 para la reelección indefinida del gobernador y el desgobierno de la Provincia de Santa Cruz manifestada en la renuncia de dos gobernadores en poco más de un año. Sin contar otras situaciones, como los continuos conflictos, muchos de los cuales derivan en cortes de rutas y puentes, e impiden el libre tránsito. No son simples anécdotas policiales, sino síntomas de una República que sigue enferma de gravedad.

 

Redescubrir la vocación por el bien común

13. Toda crisis social hace sufrir. También a los cristianos. Pero no podemos quedarnos lamentando. Sabemos que no es posible el cielo en la tierra. Sin embargo, nuestra fe nos impulsa a esforzarnos permanentemente para que la patria terrena sea camino hacia la celestial. Por ello, en la exhortación decimos:

 

(3). De allí la necesidad urgente que todos los argentinos, y especialmente los cristianos, descubramos mejor nuestra vocación por el bien común, y así nos convirtamos “de habitantes en ciudadanos”[11], corresponsables de la vida social y política, a lo que nos ayuda el conocimiento y la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia”.

 

Podríamos haber intitulado esta primera parte de la exhortación: “La Pascua y la vocación del cristiano por el bien común”.

 

El Bien común en la Doctrina Social de la Iglesia

14. Si bien en la exhortación se lo trata sucintamente, el bien común, a cuyo servicio está llamado todo ciudadano, es el concepto clave de la presente exhortación. Además de enunciarlo en la Introducción, le dedicamos un breve párrafo luego en la Parte III:

 

“ (El bien común) es el bien de todos los hombres y de todo el hombre. Debemos ponerlo por sobre los bienes particulares y sectoriales. Su primacía sustenta y fortalece los tres poderes del Estado, cuya autonomía, real y auténtica, se hace imprescindible para el ejercicio de la democracia. Dicho bien común se afianza cuando la autoridad sanciona leyes justas y vela por su acatamiento. También el ciudadano está obligado en conciencia a cumplirlas, salvo que se opongan a la ley natural (n. 7c).

 

El bien común es un principio basilar de la Doctrina Social de la Iglesia. Conviene que los cristianos lo tengamos presente, junto con el de la dignidad humana, y los demás principios: el destino universal de los bienes, la subsidiaridad, la participación y la solidaridad.

 

El Bien común, el sentido de lo público y la conciencia de ser República

15. Los Obispos nos hemos referido al bien común en numerosas declaraciones, sobre todo en la carta pastoral de noviembre de 2005. Puede ser útil volver a releer lo que allí dijimos[12]. Pero sobre todo, les recomiendo hacer un ejercicio para aplicar la doctrina del bien común a las actuales circunstancias de la Argentina. Escuchen el párrafo correspondiente a la reflexión sobre la realidad argentina que hicimos entonces:

 

“(8) ¿Cómo medir nuestra voluntad de reconstruir la Nación desde la perspectiva del bien común? Proponemos a la reflexión sólo dos cuestiones. Primera, la defensa de los derechos adquiridos y el reclamo de los nuevos. Si al defenderlos o reclamarlos lo hacemos dentro del respeto de los derechos esenciales de los demás, estaremos construyendo la Nación. De lo contrario la estaríamos dañando, porque estaríamos actuando en contra del bien común. Segunda, el comportamiento con los bienes públicos. Aun cuando “bien público” y “bien común” no son sinónimos, el primero está referido al segundo, porque es obtenido con el aporte de todos y para el servicio de todos. Es de lamentar que, para algunos, “público” adquiera un sentido totalmente contrario. No sería ya lo de todos, para el servicio de todos, adquirido con el aporte de todos, que por todos debe ser custodiado y defendido, sino lo de nadie, puesto allí para apropiarnos de él, dañarlo, destruirlo, o distribuirlo discrecionalmente entre amigos y clientes. Educar en el respeto de los bienes públicos es uno de los grandes desafíos que han de enfrentar la familia, la escuela, la catequesis y los medios de comunicación social. Sin este respeto sería muy arduo convivir armónicamente y muy difícil construir una república”.

 

Vocación por el bien común y Vocación política universal

16. Si bien en la exhortación hablamos de “nuestra vocación por el bien común”, ésta no es privativa del cristiano. La búsqueda del bien común es propia de todo ser humano, pues todos están llamados a vivir en sociedad, incluso los ermitaños.

Si despojásemos a la palabra “política” de toda connotación negativa, y la entendiésemos en su profundo y bello significado, como la responsabilidad de todo ciudadano en participar de la construcción de la “pólis”, (es decir de la ciudad o convivencia social), bien podríamos hablar indistintamente de “vocación por el bien común” y de “vocación política universal”. Son sinónimos.

 

17. Es importante que los cristianos nos esforcemos por rescatar el significado de la palabra “política”. En el inconsciente colectivo está demasiado identificada con la imagen negativa con que muchos políticos ejercen la vocación particular que han abrazado. “Todo es política”, se dice con disgusto para significar “todo es chanchullo”, “negociado”. Y por ello muchos se desinteresan de todo lo atinente a la convivencia social, dejándola en manos de los malos políticos, con lo que se traicionan a sí mismos y a sus hijos.

 

18. Los cristianos hemos de descubrir la vocación política universal, que tiene todo ser humano, y hablar de ella con aprecio. A ella nos hemos referido los Obispos en la carta pastoral de noviembre de 2005, al señalar “la grandeza sublime de la vida terrena”. Recordemos:

 

“Esta dignidad es la clave y el centro del misterio del hombre y de todo lo que lo atañe. Esta dignidad nos ilumina también para apreciar la grandeza sublime de la vida terrena y de los esfuerzos con que el hombre procura hacerla más plenamente humana. No por ser peregrino del cielo, el cristiano descuida la construcción de la patria terrena” (n. 2).

 

E, incluso, decimos que es la tarea terrenal del hombre más querida por Dios:

“Los cristianos debemos hacernos aquí un grave cuestionamiento: si tomamos en serio el mandamiento del amor que nos dejó Jesús. Si lo hacemos, descubriremos cada vez con mayor claridad que, después del acto de adoración a Dios, la construcción de la convivencia social, en verdad, libertad y justicia, es la obra máxima del hombre sobre la tierra. Y que Dios Padre providente en nada se complace más que en ver a sus hijos esforzándose por construirla” (n. 38).

 

Dignidad de la vocación política particular

19. Los cristianos hemos de rescatar, también, la dignidad de la vocación política particular. Ésta, entendida como la opción que hacen algunos ciudadanos de dedicarse a procurar el bien común mediante el ejercicio de la autoridad obtenida democráticamente, es la más noble de las vocaciones terrenas. Cuando se la ejercita conforme a la verdad y a la justicia, facilita el desarrollo de la sociedad civil y la realización de todas las demás vocaciones particulares: la familia, el trabajo manual, las profesiones liberales, la vocación científica, artística, filosófica, incluso la religiosa. Con el sano ejercicio de la vocación política florece la justicia y la paz. Su mal ejercicio, en cambio, degrada al pueblo y fomenta la discordia social.

 

Respetar a la autoridad y resistir sus injusticias

20. La autoridad merece el respeto de los ciudadanos. Y ello, tanto por su finalidad, que es promover el bien común, cuanto por su origen, pues viene de Dios, mediante el pueblo que designa la forma en que es constituida. Por tanto, hemos de cumplir las leyes que aquella dicta. Obediencia que, sin embargo, no es “debida”, sino conforme a la razón y a la justicia. El mismo Dios, que nos manda obedecer a la autoridad, nos manda desobedecerla pacífica y firmemente cuando ésta pretende suplantarlo ordenando algo contra la ley divina inscrita por él en nuestros corazones. Esta enseñanza pertenece al patrimonio judeo-cristiano, y es la raíz más profunda de la democracia. A esto nos referimos brevemente en el n. 7 c.

Los cristianos debemos examinarnos si a veces no hemos nutrido una visión parcial de la autoridad: que hay que respetarla, cualquiera que sea; pero olvidando enseñar también que hay que resistirla cuando obra injustamente. Y así contribuimos a fomentar el autoritarismo.

Igualmente, si a veces no somos pocos críticos e indulgentes con los que realizan protestas sociales por el hecho de pertenecer a sectores populares, y no les aportamos nuestro testimonio ni elementos de juicio para discernir que, con relativa frecuencia, son manejados por ideólogos, y adoptan criterios y medios que atentan contra el bien común. Y que, por tanto, son contrarios al espíritu cristiano. Y así contribuimos a fomentar la degradación del pueblo y la anarquía.

 

Ideal y realidad de la política

21. No podemos olvidar la debilidad de la naturaleza humana. Si bien las metas de la política son altas, su ejercicio concreto es vulnerado por las pasiones que oscurecen la mente de los ciudadanos, de los diversos sectores sociales, e incluso de las autoridades. Y así, en vez de procurar el bien común, algunos pretenden apoderarse del poder en provecho propio o de un sector, sin miramiento de los demás, o imponer a todos una concepción ideológica de la sociedad.

Ante este hecho, atestiguado por una experiencia harto dolorosa, el ciudadano cristiano está llamado a mantener la fe y continuar trabajando por el ennoblecimiento de la política. No importa cuantas veces se fracase. Él sabe que no es posible el paraíso en la tierra. Y está contra todo mesianismo político. Pero también sabe que ningún mal ejercicio de la vocación política particular (demagogia, dictadura, tiranía) justifica que se pueda prescindir de la autoridad democráticamente constituida. Ésta siempre es necesaria. También es necesario abrir caminos conformes al bien común para establecerla, ejercerla, controlarla y removerla. Para ello se precisa la participación responsable de los ciudadanos, una de cuyas expresiones es el voto.

 

 

II. Las próximas elecciones

 

22. Desde 1889, cuando el Episcopado comenzó a sesionar periódicamente, emite documentos colectivos. Para consultarlos se puede recurrir a la colección de Documentos del Episcopado Argentino, y al volumen “Iglesia y Democracia en la Argentina. Selección de documentos del Episcopado argentino”. En ellos el tema “elecciones” y “voto” recurren con relativa frecuencia[13]. Este no agota la responsabilidad del ciudadano, pero ciertamente es un momento importante.

Un momento de la vida del ciudadano

23. En la presente exhortación, y en dos anteriores, los Obispos subrayamos que las elecciones son una “ocasión para crecer como ciudadano”. Importa el hecho de las elecciones, pero importa más insertarlo en la vida del ciudadano, antes y después de las mismas. Sin una conducta ciudadana permanente, las elecciones se convertirían en un acto mágico. Les pediríamos a ellas lo que somos negligentes en labrar día a día. Leamos lo que decimos en la presente exhortación y relacionémoslo con los últimos documentos:

 (2007) “(4) Este año, marcado de manera particular por las elecciones, es una ocasión propicia para que hagamos un examen serio de nuestro comportamiento social, y analicemos cómo es el cumplimiento de nuestros deberes y la exigencia de nuestros derechos, sea como simples ciudadanos, sea como autoridades llamadas a ejercer la función para la que son elegidas”.

(14-03-2003) “Las elecciones: ocasión para crecer como ciudadano: (6) Por débil que sea nuestra democracia, por inútiles que a algunos pudieran parecerles estas elecciones, conviene sin embargo que éstas se realicen de la mejor manera posible. Si bien no se puede depositar una confianza excesiva en ellas, pueden ser un instrumento para seguir cultivando la esperanza de que somos capaces de construir una Argentina más allá de la magia y del desatino…. (7) “Los candidatos deben fundar sus aspiraciones en la probidad moral demostrada a lo largo de sus propias vidas, en el valor de sus proyectos, en el compromiso por el bien común, y no en suscitar emociones engañosas. Quienes acudamos a las urnas el 27 de abril, hemos de aspirar a ser ciudadanos responsables de cumplir los propios deberes antes de reclamar los propios derechos. Respetuosos del vecino, capaces de realizar bien el propio trabajo, contribuyentes honestos de tributos y servicios, exigentes de la buena administración de los mismos, incrédulos ante las vanas promesas de los políticos, críticos de nosotros mismos y de las autoridades que elijamos. Debemos ser ciudadanos que nos rebelemos ante la mentalidad mágica que ha paralizado por decenios al pueblo argentino, y nos resistamos a caer bajo la tentación del desánimo” (Recrear la voluntad de ser Nación, nn. 6-7).

(11-11-2005) Procurando aplicar el principio de la participación[14] a la situación argentina, decimos: “(20) ¿Cuál es el grado de participación del argentino en la vida social, y, particularmente, en la defensa y el progreso de la sociedad política? Hay muchos signos positivos. En general, parece satisfactorio el índice de los votantes y aumenta la participación en la sociedad civil: centros vecinales, clubes, ONG de todo tipo, colegios profesionales, etc.

Pero también hay señales negativas. Se exigen derechos, pero no siempre se conocen ni cumplen los deberes. Que el pueblo no interviene en el gobierno sino por sus representantes: es un principio que muchas veces se interpreta mal. Se piensa que los deberes del ciudadano se agotan en el acto eleccionario. Cumplido éste, muchos se despiden de su ciudadanía hasta la próxima elección. No son conscientes que a la salida del cuarto oscuro los aguarda la vida cotidiana con una multitud de otros deberes ciudadanos, de diverso grado, pero todos necesarios para actuar como ciudadano y construir la República: desde no cruzar el semáforo en rojo, no hacer ruidos molestos, cuidar la limpieza de los espacios públicos, realizar bien el trabajo, pagar los servicios e impuestos, exigir cuentas de su recta administración, hacer con responsabilidad la propia opción partidaria, respetar la ajena, entablar un diálogo democrático con ella. Y así, hasta el cumplimiento de deberes más graves, como postularse para un cargo público, y, si fuere el caso, hacer juicio político a la autoridad constituida, etc. Olvidan que el cumplimiento de estos deberes es la respuesta necesaria a la sociedad, la cual defiende y promueve los derechos de los cuales gozan. No sin razón se ha dicho que los argentinos somos 37 millones de habitantes, pero no logramos ser 37 millones de ciudadanos. El habitante usufructúa la Nación y sólo exige derechos. El ciudadano la construye porque, además de exigir sus derechos, cumple sus deberes.

(21). Entre las muchas cuestiones que surgen, planteamos las siguientes: ¿Cómo luchar para transformar la pasividad de muchos en una auténtica participación democrática en la sociedad política? ¿Cómo poner en marcha las iniciativas referidas a la reforma política que se acordaron en la Mesa del Diálogo Argentino? ¿Cómo garantizar que las promesas o proyectos electorales se concreten en leyes justas y oportunas? ¿Cómo garantizar jurídicamente el gran aporte de los voluntarios sin perjudicarlos a ellos ni a las instituciones a las cuales sirven con generosidad?”. (Doctrina social de la Iglesia: Una luz para reconstruir la Nación, nn. 20-21).

 

Madurez y responsabilidad de los electores

24. En la última exhortación sigue un párrafo que es clásico en todo documento episcopal que trate o mencione las elecciones, sobre las obligaciones que corresponden a los candidatos y a los electores:

 

“(5) El acto eleccionario requiere el conocimiento de las propuestas y el pleno ejercicio de la libertad del ciudadano. Esto compromete al que se postula, quien debe definir claramente su programa de acción política, y al que debe votar, a informarse debidamente de la probidad de los candidatos y de la dimensión ética de sus propuestas”.

 

Aunque en la exhortación lo hacemos brevemente, merece ser notado que los Obispos, a la vez que marcamos las cualidades que han de revestir los candidatos, insistimos cada vez más en la madurez de los electores. Dada la complejidad que ha adquirido la vida política moderna, a la Iglesia le importa que el elector crezca cada día más como ciudadano responsable. Es decir: que sepa ponderar todos los elementos a tener en cuenta, y que, en base al juicio que se forme, apoye con su voto la opción política concreta que le parezca más conducente al bien común. O, como sucede muchas veces, apoye la menos dañina.

 

Complejidad del voto del ciudadano

25. Por ello, es muy importante relacionar el acto de votar, que el ciudadano realiza en un día determinado, y la responsabilidad con que vive todos los días su responsabilidad de servir al bien común. Igualmente, es muy importante relacionar la propuesta que hace un candidato o un partido, y su trayectoria a lo largo de la historia.

Entre una elección y otra, son muchos los elementos que el ciudadano ha de evaluar. Es importante conocer los principios que sustenta el partido político o el candidato por quien se quiere votar, y ver si defienden o contradicen los principios del humanismo cristiano. Pero esto que, en teoría, es muy claro y simple, en la práctica es harto insuficiente y difícil. Bien podría darse el caso de un partido que sustentase nominalmente algunos o muchos principios cristianos, pero que su historia desmintiese su aplicación. ¿Habría que votar por él? O que un candidato sustentase el principio de la dignidad de la vida humana desde la concepción, pero sustentase también el principio de la guerra preventiva. Tal pareciera ser el caso del presidente Busch.

¿Cómo votar entonces? Tal vez sea una presunción lo que diré. Pero quizá sirva para apreciar la complejidad en medio de la cual ha de discernir hoy el elector cristiano. De haber tenido que votar en Estados Unidos, (admito que es una presunción), obligado tal vez a hacerlo entre Busch y Kerry, posiblemente yo habría votado contra Busch, (sic! “votado en contra”). Habría votado contra la guerra preventiva, teórica y práctica de Busch, porque aprecio que es un principio y un medio nefasto que deshace la relación entre las naciones, y abre las puertas a todo tipo de arbitrariedad. Desde la caída de los totalitarismos (fascismo, nazismo, comunismo), opino que nada peor pudo haberle ocurrido a la democracia occidental. Por votar así, nadie tendría derecho a tacharme de abortista. Ya vería después cómo luchar contra el aborto que defendía el candidato Kerry.

 

26. Votar en contra. ¡Curiosa manera de votar! Les confidencio que ya otras veces no pude votar “a favor de”, y no he tenido más remedio que “votar en contra de”. No viendo bien cuál candidato o partido aportaría más y mejor al bien común, me decidí por el candidato que con más fuerza nos apartaría de un mal grave que nos asediaba. Por ejemplo, cuando se trató de salir de la noche oscura de la dictadura militar, precedida por el crepúsculo de la guerrilla revolucionaria conducida por los Montoneros y el ERP. Entiendo que “votar en contra de” no es la mejor manera de votar. Pero, dada la decadencia de los partidos políticos, muchas veces es la única posibilidad.

Por eso, si bien a la Iglesia le importan las elecciones, aunque “no se puede depositar una confianza excesiva en ellas”, le importa mucho más que el ciudadano se vuelva cada día más responsable. Y que, de esa manera, en la medida de sus posibilidades pueda luchar siempre a favor de la convivencia social en justicia y paz, incluso en el peor de los regímenes, donde no existiesen elecciones libres, o donde éstas fuesen sólo una fantochada de los que detentan el poder.

 

La Iglesia “católica” no tiene “partido propio”

27. La Iglesia no tiene partido político propio. “Católica” y “partido” son términos antagónicos. No podría ser “católica”, “para todos”, y, a la vez, “partido”, sólo para una parte. Salvo que un partido atente directamente contra la libertad religiosa, la Iglesia no anatematiza a ningún partido político, sin dejar de criticar por ello los principios anticristianos que puedan sostener. Tampoco hace un guiño para votar a favor de tal o cual partido o candidato. No se confía ciegamente a quienes digan sustentar principios cristianos. A ningún partido político, y tampoco a ningún sindicato, la Iglesia le reconoce ser el intérprete auténtico de su doctrina social. Todos la pueden invocar. Pero nadie se puede apoderar de ella. Mencionarla mucho no es una carta de triunfo para quien lo hace. Incluso, puede causar prevención. Y cuando alguien la cita en forma unilateral, se hace merecedor de una desautorización pública.

 

Situaciones que atentan contra la libertad del elector

28. La exhortación episcopal continúa mirando la situación en que se realizan las elecciones argentinas:

 

“(6). La trascendencia del acto eleccionario exige una gran transparencia, que lo aleje de prácticas demagógicas y presiones indebidas, como el clientelismo y la dádiva, que desvirtúan su profundo significado y degradan la cultura cívica. Por otra parte, es obligación del ciudadano controlar la gestión del gobernante”.

 

En la Argentina hubo y hay situaciones que hicieron y hacen de las elecciones una trampa: “prácticas demagógicas y presiones indebidas, como el clientelismo y la dádiva”. El cuadro que pinta la exhortación es muy benigno. En la Argentina ha habido y hay trampas de todo tipo: proscripciones, negociados, demagogia, clientelismo y mucho matonismo. Pareciera el reino del matonismo. Lo cual es la negación de la democracia. Desde hace décadas es así. Tal vez siempre lo fue.

¿Qué hacer? ¿Resucitar el espíritu golpista? Fue la tentación permanente del viejo nacionalismo. Hoy sería imposible. Además, enfrentar el matonismo de muchos dirigentes políticos con el matonismo de las botas fue una estupidez. Los gobiernos militares superaron en corrupción a los civiles. Baste recordar el terror de Estado.

 

El cristiano en la política partidaria

29. El desafío que enfrenta el ciudadano cristiano que se siente llamado a militar en la política partidaria, es grande. Ha de entrar en ella, aunque parezca una trampa, (no caer en ella), y comenzar a desarmar la trampa desde adentro, pacientemente, con la sana ilusión de que la política partidaria sirva cada día un poco más a la libertad y dignidad de los ciudadanos. Para ello hace falta mucha fe, entereza moral y constancia. El primer arzobispo de Resistencia, Mons. Juan José Iriarte, que promovió al laicado como pocos, me decía: “Yo aliento a los laicos a meterse en la política. Pero no sabés cómo vuelven maltratados. La política argentina es muy cochina”. Sin embargo, el cristiano sabe que ninguna cochinada es capaz de quitarle a la vocación política la dignidad que tiene, así como millones de sacrilegios no le quitan a la Eucaristía su santidad[15]. En la política partidaria hay muchas nobles intenciones, que deben ser rescatadas. Y muchas experiencias positivas que no deben caer en el olvido.

 

 

III. Algunos desafíos a tener presentes

 

30. En la tercera parte de la exhortación, los Obispos planteamos algunos desafíos, a tener presentes, estemos o no en tiempos de elecciones, por los cuales los cristianos en cuanto ciudadanos hemos de trabajar para servir al bien común. Son como un memorando, una hoja de ruta para no errar el camino. Son siete en total. Seis se encuentran en el n. 7, y el séptimo lo destacamos en un párrafo aparte, en el n. 8. Veamos:

 

(7). Son muchos los desafíos que debemos enfrentar. Señalamos algunos que nos parecen más significativos y nos comprometen como ciudadanos:

 

a) la vida: es un don de Dios y el primero de los derechos humanos que debemos respetar. Corresponde que la preservemos desde el momento de la concepción y cuidemos su existencia y dignidad hasta su fin natural;

b) la familia: fundada en el matrimonio entre varón y mujer, es la célula básica de la sociedad y la primera responsable de la educación de los hijos. Debemos fortalecer sus derechos y promover la educación de los jóvenes en el verdadero sentido del amor y en el compromiso social;

c) el bien común: es el bien de todos los hombres y de todo el hombre. Debemos ponerlo por sobre los bienes particulares y sectoriales. Su primacía sustenta y fortalece los tres poderes del Estado, cuya autonomía, real y auténtica, se hace imprescindible para el ejercicio de la democracia. Dicho bien común se afianza cuando la autoridad sanciona leyes justas y vela por su acatamiento. También el ciudadano está obligado en conciencia a cumplirlas, salvo que se opongan a la ley natural;

d) la inclusión: debemos priorizar medidas que garanticen y aceleren la inclusión de todos los ciudadanos. La pobreza y la inequidad, no obstante el crecimiento económico y los esfuerzos realizados, siguen siendo problemas fundamentales. Toda gestión social, política y económica debe estar orientada al logro de una mayor equidad, que permita a todos la participación en los bienes espirituales, culturales y materiales;

e) el federalismo: tenemos que promover el verdadero federalismo, que supone el fortalecimiento institucional de las Provincias, con su necesaria y justa autonomía respecto del poder central. Los poderes del Estado se ennoblecen cuando consolidan la estructura federal y republicana del País;

f) políticas de Estado: la experiencia nos ha enseñado que una sociedad no crece necesariamente cuando lo hace su economía, sino sobre todo cuando madura en su capacidad de diálogo y en su habilidad para gestar consensos que se traduzcan en políticas de Estado, que orienten hacia un proyecto común de Nación. Este sigue siendo un fuerte desafío para nuestra democracia”.

 

31. En el párrafo 7, los Obispos hemos enumerado seis puntos. Y no porque no haya otros que recordar. Por ejemplo: la educación, la seguridad. No siendo la exhortación un tratado de política, y habiendo hablado de esos temas en otras circunstancias, nos pareció suficiente recordar sólo estos.

Los dos primeros, la vida y la familia (a y b): porque son los dos bienes fundamentales, para cuya protección se organiza toda la vida social y política. Sin estos bienes ésta no tendría razón de ser. Sin embargo, hoy están gravemente amenazados por una campaña insidiosa a través de los medios y por proyectos de leyes que tienden a debilitar en el pueblo la conciencia sobre la dignidad de estos dones fundamentales.

El tercer punto, el bien común (c): porque, como ya vimos, es un criterio fundamental que nos ofrece la DSI, y que conviene tener presente para discernir la conducta a tener como ciudadanos.

El cuarto, la inclusión (d): porque está referido a las secuelas laborales y económicas del desastre del 2001, que sufren especialmente los más desprotegidos.

El quinto, el federalismo (e): porque si bien es un principio fundamental de la constitución nacional, que se nos enseña a declamar desde la escuela primaria, no se corresponde con la realidad de la República, que es cada vez más centralista.

El sexto, políticas de Estado (f): porque sugiere que los argentinos hemos de acordar políticas a largo plazo, y no sólo para la coyuntura.

 

La deuda de la reconciliación y el bicentenario

32. Hay un séptimo punto del memorando, que preferimos destacarlo en párrafo aparte: La deuda de la reconciliación y el bicentenario (2010-2016):

 

“8. Nuestro país sufre todavía fragmentación y enfrentamientos, que se manifiestan tanto en la impunidad, como en desencuentros y resentimientos. Nos queda pendiente la deuda de la reconciliación. En este sentido, el Papa nos recuerda que “las condiciones para establecer una paz verdadera son la restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón”.

Nuestro más vivo deseo es que el período de conmemoración del bicentenario, que celebraremos entre el 2010 y el 2016, nos encuentre fortalecidos en un espíritu común, donde la reconciliación de los argentinos genere finalmente un ambiente de verdadera paz y amistad social”.

Sobre la reconciliación los Obispos nos hemos expresado muchas veces, antes y después de Iglesia y Comunidad Nacional[16]. Éste es un tema específicamente cristiano. Por lo mismo, su significado puede ser mal entendido, deformado, impugnado [17]. Los cristianos podemos comprenderlo y practicarlo, incluso en el plano de la política, sólo si oramos con fe pidiendo luz a Dios, “que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2 Co 5,18-20; cf Rom 5,10-11; Ef 2,16; Col 1,20.22).

A los argentinos nos queda saldar esta deuda. A los cristianos nos cabe ayudar a dar los pasos necesarios para que la reconciliación realizada por Cristo tenga su reflejo también en la vida social de nuestra Patria.

 

33. Y concluimos así:

 

“(9). Al concluir nuestra 93ª Asamblea Plenaria, compartimos con ustedes estas reflexiones, que son nuestra preocupación y, a la vez, nuestra esperanza para el futuro de la Patria.

Que María Santísima, nuestra Madre de Luján, nos acompañe con su intercesión, en este camino del pueblo argentino”.

 

Y aquí también concluyo yo, con la ilusión de haberles aportado algo de luz al testimonio que ustedes, como cristianos y ciudadanos, están llamados a dar en medio de la sociedad en la que viven.

 

En el Seminario Metropolitano Inmaculada Concepción, 15 mayo 2007: Aniversario de de las encíclicas Rerum Novarum (15-05-1891), Quadragesimo anno (15-05-1931), Mater et Magistra (15-05-1961), y de la carta apostólica Octogesima adveniens (14-05-1971).

 


 

[1]  La palabra “hombres” es abarcativa de varones y mujeres. Corresponde al “Homo” latino, que abarca al “vir” y a la “mulier”; y al “Ánthroopos” griego, que abarca al “anéer” y a la “gynée”. Por ello, opino que agregar “mujeres” es innecesario, e introduce en nuestra cultura un problema ajeno, propio de la anglosajona, cuya lengua no tiene en este punto la riqueza de las lenguas latinas. En todo caso habría que decir: “a todos los varones y mujeres de buena voluntad”. Pero ello rompería el texto bíblico inspirador de la fórmula: “Eirénee en antróopois eydokías” (Lc 2,14).

 

[2] Cf. CEA, Necesitamos ser Nación, 15 mayo 2004, nn.5-7.

 

[3] Muchos de los recientes documentos del Episcopado sobre enseñanza social comienzan con una alusión al tiempo litúrgico o a un fundamento de la fe cristiana. P. e. Recrear la voluntad de ser  Nación (11-11-2000), n. 1; Hoy la Patria requiere algo inédito (12-05-2001), n. 1; Reconstruir la Patria , 8-01-2002), n. 1; Para que renazca el País (21-03-2002), n. 1; La Nación que queremos (28-09-2002), n. 1; Recrear la voluntad de ser Nación (14-03-2003),n. 1; La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación (11-11-2005), n. 1.

 

[4] Cf. Carta pastoral del Episcopado Argentino sobre La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación (11-11-2005): (3). “De la contemplación del misterio de la encarnación y nacimiento de Jesucristo, surge espontáneamente el anuncio del Evangelio aplicado a la vida social considerada en todos los planos: familiar, cultural, económico, ecológico, político, internacional. Esto es lo que se llama Doctrina Social de la Iglesia. Dimana del Evangelio, pero no es un derivado menor del mismo. Es el Evangelio de Jesucristo aplicado a la vida social del hombre. Es su resonancia temporal. Y así como la Iglesia no puede callar el Evangelio, tampoco puede silenciar su Doctrina Social. Nadie ha de temerle a ella. La Iglesia la anuncia a favor del hombre y de la paz social, para el servicio de todos. Si bien la Doctrina Social se viene desarrollando en forma sistemática desde el Papa León XIII, y se la difunde con frecuencia por medio de encíclicas pontificias, su origen remonta al mismo Jesús y a la enseñanza de los Apóstoles. Incluso, hunde sus raíces en las Escrituras antiguas citadas por Jesús, especialmente la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos. Y se fue desarrollando a lo largo de los siglos gracias a la enseñanza de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia y con el concurso del Pueblo de Dios”; en IyD, p.246.

 

[5] Son los cuatro principios que Juan XXIII enuncia en Mater et Magistra para regular las relaciones humanas: cf. 86,91, 98, 120.

 

[6] Por ejemplo: nn. 10, 22, 32,39.

 

[7] “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. Esta doctrina no ha sido inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen a los que nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio” (V).

 

[8] En vísperas de la hecatombe del 2001, escribimos: “Siendo tan numerosos (los católicos), debemos concluir que no estamos exentos de responsabilidades en esta crisis. Por lo mismo debemos cotejar nuestra conducta social con el Evangelio, asumir nuestro puesto en la superación de la misma, aun a precio de grandes sacrificios, y crecer en nuestra conciencia como ciudadanos. No podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena”: cf. Queremos ser Nación (12-05-2001). n. 8, a.. Y poco después, aludimos a las responsabilidades que nos cabrían a los pastores: “En un país que se profesa mayoritariamente cristiano no es fácil explicar la presente crisis sin una grave falla en la coherencia entre la fe y la vida, y en la catequesis y predicación de la moral social”; cf: “Reconstruir la Patria” (08-01 2002), n. 5.