| Sedientos de Dios |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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En la Iglesia Ucraniana, al ungir con óleo al catecúmeno durante el bautismo, el sacerdote reza la siguiente oración: “El servidor/a de Dios (N.N.) es ungido con el óleo de la alegría, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, para que se abra su inteligencia, comprenda y acepte los misterios de la fe en Cristo y conozca su verdad, (…)”.
Se pide a Dios la gracia que se abra su inteligencia, para que comprenda y acepte los misterios para poder creer en Cristo.
Es una gran gracia, poder comprender y creer que solo Dios basta. Que solo Dios puede darnos la plenitud que tanto buscamos, la alegría, la satisfacción y la felicidad genuina.
Todos anhelan ser felices, nadie dice “yo quiero ser infeliz”. A veces pregunto en el templo: “¿quien quiere ser infeliz”? Levante la mano, nadie levanta; pero cuando pregunto quien quiere ser feliz, se alzan todas las manos. Incluso las personas mas amargadas, agrias como solemos decir, desean con intensidad ser felices. Todos buscan la felicidad, pero por lo general la buscan en lugares equivocados. Todo el accionar humano, todos sus esfuerzos, están orientados en su fin último a este objetivo: encontrar la felicidad.
Muchos inescrupulosos aprovechan de esta ansiosa búsqueda de felicidad para lucrar, ofreciendo soluciones mágicas o productos que supuestamente conducirían a la felicidad.
El hombre busca la felicidad como la perla mas preciada, ¿de que sirve ser rico o famoso, si no se es feliz?
Este impulso profundo lo lleva a buscar la felicidad en lugares equivocados. El profeta Jeremías habla en nombre de Dios: “mi pueblo ha cometido dos maldades: me abandonaron a mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua”, (Jer. 2:13).
Lo que dice Dios a través de su profeta es: desean ser felices pero me abandonaron a mí que soy la fuente de la felicidad.
El hombre fue creado libre, por eso tiene en sus manos la decisión. Puede optar por beber una medicina que sana o un veneno que mata. Aunque sea difícil creer, muchos optan por beber el veneno que mata, cometiendo y permaneciendo en el pecado.
La mujer samaritana buscaba la felicidad, creía que la obtendría cambiando de maridos, viviendo en adulterio, (Jn. 4:5-42). Hasta que se encuentra con Cristo, la fuente de agua viva. Entonces corre a anunciar a sus hermanos que había hallado al Mesías.
Solo Dios sabe lo que es bueno para nosotros, porque Él nos creó, nos diseño, sabe de qué y como estamos hechos. Una vez iba un hombre en su automóvil por una larga y muy solitaria carretera cuando de pronto, su auto comenzó a detenerse hasta quedar estático. El hombre bajó, lo revisó, trató de averiguar que era lo que tenía. Pensaba que pronto podría encontrar la falla porque hacía muchos años que lo conducía, sin embargo después de un buen rato se dio cuenta de que no encontraba el desperfecto del motor. En ese momento apareció otro auto, del cual bajó un hombre a ofrecerle ayuda.
Los padres de un bebé que gatea o comienza a caminar y corretear, saben lo atentos que deben estar. El bebe se mete en el fuego, toma cuchillos y navajas, mete los dedos en los enchufes, se mete en la pileta – no conoce el peligro. Cuando los padres le prohíben, el bebé se enoja, no entiende, se rebela, patalea, llora, se pone azul, tildando de malos a los padres. Sin embargo los padres porque lo aman tanto lo quieren proteger. Saben donde está el peligro, saben qué lo puede dañar o enfermar.
Lo mismo sucede entre Dios y nosotros. Dios nos ama tanto que nos quiere proteger, desea más que nosotros mismos vernos felices, como dice San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”. Dios sabe que cosas nos pueden dañar o enfermar – por eso nos pide que evitemos el pecado, porque es algo que no nos traerá la felicidad, al contrario nos destruirá.
Lamentablemente, con frecuencia, a pesar de la edad la gracia bautismal no llega a dar frutos. El hombre crece pero no se abre su inteligencia, no comprende, no acepta a Cristo ni cree en El. No cree que Dios realmente lo ama incondicionalmente.
La Samaritana cuando encuentra a Cristo corre. Corre a evangelizar, a contar a todos en el pueblo que había encontrado a Cristo. Y todo el pueblo se convierte y acepta a Cristo gracias a ella.
¡Ese es el efecto!, cuando llegamos a comprender, cuando nos encontramos con Cristo vivo, es motivo para salir corriendo, llenos de felicidad, a anunciar que El Vive. Cristo esta realmente vivo hoy entre nosotros. No es un cuento, no es imaginación, es una realidad – ¡Cristo Vive! Y tiene en sus manos la historia, mi historia. El realmente me ama, se ocupa de mí, me perdona, me sana y me salva. No estamos solos, abandonados, librados a nuestra suerte – Dios esta con nosotros. Esta es la felicidad que no se marchita.
Mons. Dr. José Hazuda
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