| Discípulos y Misioneros 2º Parte |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Juan Rubén Martínez | |||||
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En este domingo de Pentecostés que celebramos el nacimiento de la Iglesia, seguiremos profundizando aquello que comenzamos el domingo pasado sobre nuestra condición de discípulos y misioneros de Jesucristo, el Señor. En definitiva el Señor quiso que la razón fundamental de la Iglesia sea evangelizar. En esta reflexión queremos subrayar el ministerio y servicio de nuestros catequistas que al ser miles en nuestra Diócesis, tienen una misión fundamental en nuestras comunidades. En realidad esta reflexión sobre la espiritualidad de los catequistas, nos permite comprender que el llamado a Evangelizar es a todos los cristianos. Evangelizar en definitiva es comunicar y la comunicación, nace de la comunión y debe estar al servicio de ella. Desde ya el inicio de toda comunicación y transmisión se da en la Trinidad. En el misterio del Amor-Comunión de las tres Personas Trinitarias, ese Amor tiende a comunicarse y crea al hombre y la mujer. Por eso el hombre y la mujer encuentran su plenitud en el Amor y están hechos para “Dios que es Amor”. Por el pecado generamos la división y desordenamos el mundo y la cultura. Jesucristo, el Verbo encarnado, restablece la comunión con el Padre con su sí en la muerte y la resurrección, con su sí Pascual. Por su sí o como decimos en la liturgia “Por Cristo nuestro Señor” nosotros sabemos cual es el Camino y la Verdad que nos llevan a la Vida de la Salvación. La Iglesia anuncia y catequiza, comunica “la comunión”. Así nos prepara para la plena “comunión” con el Padre en la Jerusalén Celestial. Podemos decir, esquematizando, que la catequesis como comunicación necesita estar causada por la comunión y su finalidad es “la comunión”. Teniendo en cuenta el envío que el mismo Señor realiza a Evangelizar, a transmitir la fe y enseñar, para comunicar la comunión, quiero desarrollar cuatro aspectos necesarios en la espiritualidad de la catequesis. En este domingo desarrollaremos las dos primeras. a) La espiritualidad que brota del sacramento del bautismo y confirmación: Todo discípulo y misionero y los catequistas concientes del significado en su vida del sacramento del bautismo y la confirmación, están llamados a intensificar el seguimiento de Jesucristo. Como cristianos necesitan tener una fuerte experiencia de Dios. Es el momento de la conversión. Por la oración personal, sacramental y litúrgica, celebramos la comunión y esto es indispensable para vivir el discipulado. Sobre todo poner en práctica aquello que creemos nos permitirá profundizar la comprensión de las enseñanzas del Señor. Por eso en el bautismo somos ungidos para participar en el “Sacerdocio común de los fieles” o sea celebrar a Jesucristo, llamados a “ser profetas”, a orar la Palabra y sobre todo vivirla y ser “reyes”, no como los de este mundo sino a testimoniar el reino de Dios. La confirmación nos da la plenitud del Espíritu Santo y nos potencia para ser los testigos de Cristo.
b) Los laicos y los catequistas deben enriquecer su condición de discípulos y misioneros desde su condición secular: En esto nos puede ayudar un punto que está bien desarrollado en el Directorio Catequístico. El ministerio del catequista laico se enriquece por su condición secular o sea por lo más específico del laico que es transformar las realidades temporales: “En efecto, al vivir la misma forma de vida que aquellos a quienes catequizan, los catequistas laicos tienen una especial sensibilidad para encarar el Evangelio en la vida concreta de los seres humanos. Los propios catecúmenos y catequizandos pueden encontrar en ellos un modelo cristiano cercano en el que proyectar su futuro como creyente” (D.C.G. 230).
La vida cotidiana, familiar, el trabajo, el barrio lejos de ser un obstáculo, son espacios indispensables donde vivimos la fe. La verdadera espiritualidad, es la de la cotidianidad. Muchas veces podemos tener la tentación de identificar la espiritualidad con una especie de “mística de lo extraordinario”, milagros, sanaciones o creer que la espiritualidad es solo el momento de oración. En realidad la espiritualidad del discípulo y misionero, de todo cristiano, pasa por vivir la voluntad de Dios en lo cotidiano y “practicar la fe” en las pequeñas cosas de cada día. Especialmente el catequista aquí tiene un espacio fundamental para alimentar el ejercicio de su ministerio.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez
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