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jueves, 28 de agosto de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna
1.- El don del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo es el don del Padre y de Cristo. Quizás no se ha advertido la insistencia divina en ofrecer ese necesario Don. Es inútil recibir la noticia de la Resurrección sin recibir el Don del Resucitado. En cada encuentro con Cristo se produce eficazmente el don del Espíritu que hace nuevo el corazón y cambia la historia. Es en el ámbito de la fe donde es otorgado. Más allá de lo superficialmente tangible, del espectáculo que satisface la visión y adquiere el lenguaje donde las personas se relacionan a diario. En el día de Pentecostés - que se recuerda hoy - se produce la increíble condescendencia de Dios que - por el fenómeno externo - envía el Espíritu Santo que, en lo sucesivo, será percibido únicamente por la fe. El Espíritu Santo, como Don del Padre y del Resucitado, se hará cargo del cumplimiento del Misterio Pascual en el corazón del mundo. Lo reciben los discípulos fieles y quienes con honestidad no opongan su pretendida ciencia a la misteriosa acción de la gracia. El Espíritu Santo está alojado en la Iglesia y entre los hombres que no “lo entristezcan” con sus mentiras y traiciones. Es ésta la mayor responsabilidad para una sociedad que debe despertar, por fin, de la inconciencia y del aturdimiento que la abruman. Para ello - en quienes corresponda - debe salvaguardarse de la erosión moral que, en algunas de sus manifestaciones, ha cobrado una escandalosa actualidad. No ceso de repetir que la hora invita al examen y a la reflexión. La entrada del Espíritu en la historia hace posible el encuentro con Cristo Resucitado y la obtención de ese imprescindible Don. ¿Cómo hacer perceptible el aliento del Señor que otorga el Espíritu? “sopló sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo”. (Juan 20, 22)

2.- Agnosticismo práctico. Únicamente por la fe. Es preciso suplicarla con humildad. Por su medio se produce una visión nueva de las realidades que percibimos. Nos permite ver más allá y comprobar que la realidad invisible es definitiva y superior a todo lo que declaran los sentidos. Lo enseña San Pablo con absoluta claridad. La falta de perspectiva trascendente atenta contra la vida social y encierra a los ciudadanos entre horizontes de corto alcance incapacitándolos para superar las dificultades del momento. Existe un prurito de aparente seriedad intelectual que incrementa el agnosticismo práctico, mucho más nocivo que el teórico. Se da un comportamiento generalizado que prescinde de lo que escapa a la experiencia de los sentidos. Coincide, a veces, con la profesión formal de una religión. Muchos cristianos viven como si Dios no existiera, o no se ocupara de los hombres. Por ello, observan como normal que la idea de Dios sea excluida de las escuelas donde sus hijos asisten. No se les ocurre criticar, desde la fe, algunos espectáculos vacíos de lo trascendente y de los valores morales que se derivan del mismo. La acción corrosiva de dichos espectáculos no encuentra, en muchos hogares, la réplica de un estilo de vida y de pensamiento capaz de neutralizar el daño que les causa. Cuando la destrucción es total, y se producen ciertos hechos delictivos, sobreviene el lamento y el desamparo. El paso siguiente al desastre es una profusa discusión sobre las causas que originan el vandalismo y la tragedia. Es el momento de prevenir sabiendo que el efecto - a largo o corto plazo - de lo que se ve y se oye es el desorden y la delincuencia.

3.- La fe: don del Espíritu. El Espíritu Santo es el que otorga el don de la fe. Con el acontecimiento de Pentecostés - que hoy celebramos vigente - se inicia universalmente la era definitiva de la fe. Vivimos de su impulso, nos saciamos de su constante suministro de Vida y confiamos en el poder redentor y santificador de su acción. Para ello, como lo indica el Apóstol San Pablo, es preciso “vivir de la fe”. Equivale distanciarse de la incredulidad, monopolizadora de las expresiones de esta sociedad y causante de su deterioro moral. Se requiere un esfuerzo común para desprender del cuerpo social las adherencias que lo perjudican gravemente. Es tedioso identificarlas por su nombre. Basta afirmar los valores - quizás muy olvidados o descuidados - que necesitan ser reafirmados. En diversas y recientes ocasiones hemos recordado los valores que constituyen los rasgos identificatorios de este amado pueblo de Corrientes. La fe católica es el resguardo de los mismos. La misión evangelizadora de la Iglesia tiene su origen en Pentecostés y se activa constantemente por la misteriosa e invisible asistencia del Espíritu Santo. Es preciso que los católicos estén atentos a su inspiración y acojan el mandato de testimoniar a Jesucristo. El acercamiento existencial a la santidad del Señor les otorgará la capacidad de renovarse y de ser exponentes siempre iguales del Evangelio. Cuando la religión aparece avejentada, por el manoseo de la inconstancia y cobardía de quienes la profesan, el mundo la desestima hasta despreciarla. ¿No ocurre así en la actualidad?

4.- Iglesia de Corrientes hoy. En nuestra Iglesia arquidiocesana de Corrientes se ha iniciado el trienio de preparación para celebrar su primer centenario de vida institucional. Se ha adoptado el lema de la Vª Conferencia Episcopal Latinoamericana: “Testigos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos tengan vida en Él”. Un programa de vida bautismal y eclesial capaz de abarcar el pasado, el presente y el futuro. Nada más oportuno para nuestra celebración. La Vida de la Iglesia, en su centenaria expresión de Corrientes, exige que cada uno de sus miembros sea testigo y misionero. Que lo sea ahora. El pueblo de Corrientes necesita que se le predique a Jesucristo. Es inútil intentar vivir de una acción evangelizadora situada en el pasado. El Espíritu de Pentecostés mantiene el primer impulso y le otorga actualidad. La problemática social actual no es la de hace cinco siglos. El mundo ha andado un camino que hoy enfrenta desafíos nuevos y reclama respuestas inéditas. Es imperioso comprobarlo y acomodar los tradicionales medios a los planteos modernos. Esta actitud no responde al ánimo adolescente de cambiarlo todo - por cambiarlo - sino a la situación en la que se encuentra hoy la humanidad. El hombre es lo más importante para Dios, también lo es para la Iglesia de Cristo. Lo que daña al hombre, en su integridad física, psíquica y espiritual, ofende a Dios y es denunciado y condenado por la Iglesia. La fuerza para mantener esa actitud le viene del Espíritu Santo. El propósito expresado siempre - por pastores y fieles - en la Iglesia, es mantener una inclaudicable fidelidad al Espíritu de Pentecostés, desalojando de los corazones el miedo y la mediocridad. Como en los Apóstoles no debe asustarlos la aparatosidad de los modernos Sanedrines.
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