| Discípulos y Misioneros 3º Parte |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Juan Rubén Martínez | |||||
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En este domingo de la Santísima Trinidad estamos concluyendo la segunda sesión Sinodal, y en lo personal mi regreso de la participación de la V Conferencia de América Latina y el Caribe en Aparecida. Seguramente los frutos de todo lo vivido en este tiempo podremos compartirlo en distintos momentos. En este domingo concluiremos la reflexión que hemos iniciado sobre “los discípulos y misioneros de Jesucristo”, tema ligado a la espiritualidad de los catequistas. El domingo anterior he reflexionado sobre los dos primeros aspectos: a) Una espiritualidad que brota del sacramento del bautismo y confirmación y b) Los laicos y catequistas deben enriquecer su condición de discípulos y misioneros desde su condición secular. En este domingo desarrollaré los dos últimos aspectos de esta reflexión. c) Los discípulos y misioneros, así como los catequistas deben alimentarse de una espiritualidad fundamentada en la Eclesiología de comunión (ministerio eclesial). Este es un rasgo esencial que merece nuestra permanente reflexión. Jesucristo, el Señor fundó la Iglesia así, en la comunión del amor como condición de credibilidad para evangelizar. También en la comunión de la fe, en el Magisterio, los Sacramentos y en la organización apostólica. Esta comunión convive con la pluralidad de dones que suscita el Espíritu y la enriquece. Por lo tanto la comunión no uniforma. El Concilio Vaticano II, profundizó en la eclesiología de comunión (Lumen Gentium, documento del Vaticano II), nos permitió profundizar en la comprensión de lo que es la Iglesia Diocesana, la Parroquia y la necesidad que la Pastoral sea orgánica. De tal manera que ningún ministerio o misión se pueda entender como algo privado. No es una misión que Dios da directamente al catequista, o al discípulo, sino en plena relacionalidad con la Iglesia. Por ello es indispensable estar en relación al “equipo” de catequesis, o la Junta de Catequesis Parroquial y Diocesana, al camino pastoral de la Diócesis y a las organizaciones que ésta tiene. Esto garantiza que la misión o bien la tarea evangelizadora no es particular, “mi enseñanza o doctrina”, sino que es una enseñanza de la Iglesia y que somos instrumentos y no propietarios. Es bueno recordar las palabras del Papa Juan Pablo II en Catequesis Tradendae: “Qué contacto asiduo con la Palabra de Dios, transmitida por el Magisterio de la Iglesia, qué familiaridad profunda con Cristo y con el Padre, qué espíritu de oración, qué despego de sí mismo ha de tener el catequista para decir: “Mi doctrina no es mía”. Podemos tener una espiritualidad eclesial cuando amamos a la Iglesia. ¿Cómo? Como Cristo la amó, ¡como a su Esposa!. Dando su vida por ella. El Apóstol Pablo descubre este amor que es indispensable para el catequista y que es fundamental para que entendamos nuestra misión, en relación, en comunión con “el equipo”, la Parroquia y la Diócesis. En comunión con Cristo y su Iglesia, “los discípulos y misioneros” buscamos apasionadamente anunciar el Reino de Dios. d) Una misión en relación a Cristo-Maestro y Formador. Todos los cristianos tenemos que ser discípulos y misioneros de Jesucristo, el Señor y algunos ministerios como del catequista está ligado especialmente en su misión a Cristo Maestro. Por lo tanto a la enseñanza. De aquí se desprende la necesidad que el catequista comprenda que es fundamental la formación permanente. Siempre deberá concebirse como un catecúmeno y como un discípulo. A veces esto nos cuesta, lleva su tiempo, pero el formarse implica madurar la fe, lo humano, lo espiritual, lo doctrinal, captar los problemas nuevos e iluminarlos desde la fe. Aquí debemos aplicar esa reglita sencilla y fundamental que sólo aprende el que pregunta. Conviene repetir algo que sabemos, que la mejor enseñanza del Maestro es el propio testimonio. Jesucristo nos quiere sal y luz, nos pide, “así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt. 5,16). El evangelizador que anuncia a Cristo, el Señor, debe ser como un hermano mayor, el que entiende, el que espera, el que exige, el que busca, el que perdona setenta veces siete, en definitiva el que ama. Sólo cuando amamos podremos evangelizar. Así nuestros catequistas también deben amar a sus catecúmenos para abrirles el camino para que conozcan a Cristo que es la Verdad y la Vida. Seguramente hay muchos otros aspectos que están en esta búsqueda de ser discípulos y misioneros y en la espiritualidad de nuestros catequistas. Este es un camino en el cual siempre nos sabremos necesitados. Al finalizar estas reflexiones quiero señalar que no dudo que los aportes de la V Conferencia en Aparecida y nuestro Sínodo nos ayudarán a profundizar en nuestra condición de discípulos y misioneros. ¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez
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