| Eucaristía es la presencia viva del Misterio Pascual |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna | |||||
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1.- Presencia viva de Cristo. Hace tres años Corrientes se constituyó en sede del Xº Congreso Eucarístico Nacional. Aún se percibe el clima espiritual creado entonces. Toda la Nación, particularmente Corrientes, ha experimentado la importancia de la centralidad de Cristo en la vida ciudadana que, en su mayoría, profesa la fe católica.
Sin Él la vida pierde su sentido y trascendencia. La Eucaristía es la presencia viva del Misterio Pascual en la actualidad abrumada de necesidades. El Cuerpo y Sangre del Señor "que pasó de la muerte a la Vida" y está resucitado haciendo suya nuestra historia e incorporándonos a su tránsito. Esta tradicional Fiesta de la Iglesia arquidiocesana nos congrega para profesar y celebrar la fe en esa admirable Presencia. Desde la Eucaristía, que celebramos, haremos un recorrido por las calles de nuestra ciudad. Nuestro propósito es recordarnos, y recordar a nuestros vecinos y conciudadanos, que Cristo es nuestra vida y resurrección. Se constituye en respuesta de Dios a nuestros anhelos más profundos y auxilio eficaz en los conflictos que constantemente nos afligen. La adoración que le tributamos es un gesto muy humano que sabe reconocerlo e identificarlo como presente en el Sacramento. Si lo hacemos habitualmente todo adquiere la fragancia de su presencia. Es sorprendente lo que logra en nuestra vida. Me refiero a las circunstancias triviales: sensación de ser marginados, injustamente maltratados u olvidados, trabados en el ascenso al legítimo bienestar. La presencia de Cristo no soluciona asuntos que los hombres deben solucionar. Es de por sí "la Luz que ilumina" y "el pan bajado del Cielo" que otorga la fuerza y el ánimo para construir la historia. 2.- Contemplarlo en la fe. La Eucaristía es el sacramento peculiar de la presencia de Cristo. Es preciso contemplarlo en la fe. Saberlo presente por el testimonio de quienes comprobaron su presencia en el tiempo inmediato a su Resurrección. La visión de aquellos quedará reemplazada por nuestra fe. En lo sucesivo se sabrá por la fe que está presente hasta el fin de los tiempos. Será el mismo saber. Los Apóstoles son los testigos principales y garantes autorizados de la presencia viva de Cristo. Su testimonio es transmitido a sus sucesores y - en ellos - a toda la Iglesia. Al celebrarse la Eucaristía es Cristo resucitado quien se hace realmente presente por las palabras del sacerdote, partícipe del ministerio apostólico que han recibido los Apóstoles y los Obispos. La fe nos hace entender la Verdad que celebramos. Si por la vivencia de la catequesis hubiéramos asimilado esta verdad ¡qué grande sería nuestro amor a la Eucaristía y a Cristo presente en el Sagrario! Es más que un milagro. Es la acción ininterrumpida de Cristo presente \"hasta el fin del mundo\" en medio de los hombres. La fe en esa presencia no necesita prodigios espectaculares para convencer al mundo de su impresionante Verdad. El Espíritu Santo la infunde misteriosa y gratuitamente, sin necesidad de eximios pensadores y de avasalladores misioneros. Falta recibirla con corazón humilde y consentir en ella con la simplicidad de auténticos creyentes. 3.- El mundo necesita a Cristo. Nuestra sociedad necesita muchas cosas para recuperar su equilibrio y emprender el camino hacia su plena salud. Por sobre todas ellas, aún las más urgentes, necesita a Cristo. Me aflige caer en lugares comunes cuando se trata de señalar la presencia de Cristo, ofrecido a la salud de una población mundial aquejada por las enfermedades más graves. Los verdaderos creyentes muestran, sin ánimo de demostrar nada, la eficacia de la presencia innegable de Cristo. Ante ellos el mundo detiene su vertiginosa carrera y guarda un sorprendente silencio. ¡Queridos hermanos cristianos, necesitamos creer para que el mundo crea! Nuestro comportamiento debe traslucir el estilo nuevo de vida inaugurado por Jesús. Logra su perfección en la caridad, para que todos tengan la oportunidad de participar de la misma fe. La caridad de una Iglesia evangélicamente comprometida - desde Cristo - en construir los valores que hacen a la unidad. Me refiero a la verdad, a la justicia y a la reconciliación. En la meta de ese compromiso evangélico no está la destrucción de nadie, ni el predominio de una ideología, sino el reencuentro festivo de los hijos con el Padre y entre ellos. ¡Qué lejos está aún de la mente de nuestros conciudadanos este ideal evangélico! ¿Debemos, por ello, declararnos vencidos y bajar los brazos? Indicaría que hemos sido envueltos por la vorágine, intencionalmente incentivada, de las marchas y contramarchas de intereses que no traducen el ideal del bien de todos. El sendero que conduce al cambio no es la controversia autista que, con tanta frecuencia, es presentada en largas y fatigosas campañas electorales. El reclamo popular es que nuestros dirigentes - con graves responsabilidades en la sociedad - se entiendan y estrechen cordialmente sus manos. 4.- La justicia del amor. ¿Es ingenuo e inútil pensar de esta manera? Estimo que no. La fe en Cristo asegura la factibilidad de la obra intentada. La principal lección que el Evangelio nos dicta se refiere al restablecimiento de la amistad fraterna. Para ello ofrece el ejemplo "del primero en una multitud de hermanos", que decide aceptar la muerte injusta para restaurar la justicia del amor. No es una ilusión, de hecho Jesucristo logra - en causa - esa impensada restauración. Él ama hasta el extremo de morir por quienes ama (todos los hombres) y genera su misma ejemplar actitud en quienes responden a su llamado. Conocerlo, mediante un encuentro directo y personal, crea lazos de amistad que, necesariamente, identifica con Él a quienes lo conocen. Quizás deba rehacerse continuamente el proceso del encuentro y de la adhesión a su persona. Toda debilidad en la fe incluye un descuido - de incierta antigüedad - que empobrece la vivencia cristiana como misión. Cuando los cristianos pierden su calidad de testigos de la Pascua, el mundo los observa con indiferencia y los sumerge en un relativismo religioso lamentable. A veces se manifiestan con sentencias de un falso ecumenismo: "todas las religiones son iguales". 5.- Portadores de su presencia viva. La Eucaristía, supuesta la fe, crea el clima del Cenáculo donde Jesús está presente, compartiendo el Misterio con sus discípulos y ungiéndolos con un mandato que asegurará siempre la intimidad de aquel ámbito: "hagan esto en memoria mía". Esta Solemnidad prolonga el clima del Cenáculo y nos permite cumplir su mandato misionero. El tradicional Corpus tiene más de intimidad dolorosa y regeneradora que de algarabía festiva. No llevamos "triunfalmente" a Jesús Sacramentado, lo llevamos hacia la muchedumbre para que reconozca a su Señor y Salvador. Nos hacemos portadores de su Presencia viva para que, a su paso, el mundo se detenga y perciba el llamado a seguirlo. Lo exhibimos en la Hostia consagrada y en el cuerpo de nuestra Iglesia - que todos constituimos - peregrina y misionera. La Eucaristía es inseparable de la Iglesia: la funda y la corona.
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