| El que más se sabe perdonado ama más |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Juan Rubén Martínez | |||||
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El Evangelio de este domingo (Lc. 7,36-8,3), nos presenta el texto de “la pecadora perdonada”. El Señor va a comer a lo de un fariseo que lo invitó a su casa. El texto continúa señalando que: “Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en la casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con perfume” (37-38). El fariseo por este hecho dudó que el Señor fuera un profeta y Jesucristo realiza una catequesis diciendo “que el que más se sabe perdonado ama más” y le reclamó al fariseo el no haber tenido los gestos de humildad de la pecadora. El texto señala como el Señor define la situación diciendo: “A quien poco se le perdona, poco amor muestra” y le dijo a ella: “tus pecados quedan perdonados”. Los comensales empezaron a decirse para sí: “¿Quién es éste que hasta perdona los pecados? Pero él dijo a la mujer: tu fe te ha salvado. Vete en paz” (47-49).
La Iglesia, así como cada uno de nosotros que formamos parte de ella no quedamos ajenos a esta enseñanza y gesto tan elocuente del Señor, que se distancia a todas las propuestas religiosas que son solo, o fundamentalmente rituales, “puras” o rigoristas, que no se abren a la misericordia. Desde ya que la cercanía a “los publicanos y pecadores” de hoy, al mundo, que muchas veces somos nosotros mismos y nuestro hombre viejo, no implica relativizar los contenidos de la fe, ni una especie de relativismo moral. Creo conveniente retomar un tema que reflexioné hace algunos domingos en referencia a nuestra condición de discípulos y misioneros, y como tales a ser una Iglesia y cristianos abiertos, proféticos o sea exigentes testigos de las verdades de la fe y a la vez misericordiosos con los hermanos de nuestro tiempo. En “Navega mar adentro”, documento de la Conferencia Episcopal Argentina, nos dice: “Insistimos en la auténtica pedagogía de la santidad que la presenta como ideal atractivo, posible con la ayuda de la gracia, en cada momento de la existencia personal. Así se promoverá un itinerario de formación permanente para la maduración de la fe. Al promover este ideal, queremos estar atento a las situaciones y a los procesos de las personas y las comunidades. Los principios morales han de ser siempre propuestos y defendidos con claridad, sin olvidar que el crecimiento espiritual y el desarrollo de la conciencia moral son procesos graduales, generalmente lentos en los que la gracia de Dios trabaja con la libertad débil del hombre, sin violentarla” (79).
En esta misma línea de reflexión el mensaje final de la V Conferencia de Aparecida señala: “Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ellas las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa. Al reflexionar el compromiso por la formación de discípulos y misioneros, esta conferencia se ha propuesto atender con más cuidado las etapas del primer anuncio, la iniciación cristiana y la maduración en la fe. Desde el fortalecimiento de la identidad cristiana ayudemos a cada hermano y hermana a descubrir el servicio que el Señor le pide en la Iglesia y en la sociedad” (3).
Finalmente con especial alegría quiero agradecer a Dios el protagonismo y participación masiva de nuestro pueblo en acontecimientos de fe como han sido en la últimas semanas: Fátima, Santa Rita y el Corpus celebrado en la cancha Guaraní y en las calles de Posadas. Fueron momentos que expresaron claramente el fuerte arraigo del catolicismo popular en nuestra población. Es cierto que algunos se preguntan si esta religiosidad sirve, ya que muchos no tienen una práctica habitual de otros aspectos de la vida cristiana. Sobre esto seguiremos reflexionando, pero quiero finalizar esta carta dominical, señalando que ninguno debemos sentirnos excesivamente practicantes, porque corremos el riesgo de ser parecidos a los que condenaba Jesús por escandalizarse del Señor quien compartía con publicanos y pecadores. Lo importante es que nosotros trabajemos para alimentar nuestra disposición de conversión a Jesucristo, el Señor, como la pecadora perdonada que nos relata el Evangelio de este domingo. El que experimenta el amor de Dios y su gratuidad también amará a los demás y se dará generosamente.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
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