Apuntes de + CJG para la Homilía, en el 10º Aniversario del Plan Compartir, durante el Taller del CELAM sobre Autosostenimiento de la Obra Evangelizadora de la Iglesia para el Cono Sur y 7º Encentro Nacional Compartir, en El Cenáculo, Pilar, 30 junio 2007.
En el 10º aniversario del Plan COMPARTIR I. Dar de corazón 1. La Palabra de Dios nos ofrece un marco adecuado para esta celebración eucarística. En ella queremos agradecer a Dios nuestro Padre por los diez años del Plan COMPARTIR. Y, también, porque su Palabra sobre la corresponsabilidad en la difusión del Evangelio crece a lo largo del continente. 2. La lectura del Génesis (18,1-15) nos trae la figura de Abraham que ofrece hospitalidad a tres hombres que pasan por su casa. Y lo hace de corazón. El Evangelio (Mt 8,5-17) también nos muestra a una persona que obra de corazón: un militar romano, supuestamente pagano, sufre por la enfermedad de su sirviente y tiene una fe enorme en Jesús. En ambos casos se pone en juego la fe viva, la fe que brota desde lo más hondo, desde el corazón. Por ello la fe de Abraham fue muy grande y obró lo imposible. Aunque ya era viejo, “llegó a ser padre de muchas naciones” (Rm 4,18). Lo mismo, la fe del centurión alabada por Jesús: “Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe” (Mt 8,10). Le creyó a Jesús desde el corazón, se confió totalmente a su palabra, y su sirviente se curó. 3. “Desde el corazón”, “con todo el corazón”: es la medida con que Dios mide nuestras acciones. No le importa que sean grandes o pequeñas según nuestro metro. Le importa que sean hechas a su medida: con todo el corazón. Así es el amor que él quiere: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón” (Lc 10,27; Deut 6,5) Con todo el corazón la viuda humilde dio sus dos moneditas. Jesús lo detectó y lo ponderó. No le importó que fuese poco. Le importó que fuese con todo el corazón: “Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir” (Lc 21,1-4). Con todo el corazón los primeros cristianos compartían sus bienes: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sin que todo era común entre ellos” (Hch 4,32). Los santos apóstoles Pedro y Pablo, cuya solemnidad celebramos ayer, enseñaban a dar de corazón. “Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9,7): así San Pablo exhortaba a los corintios a compartir con sus hermanos pobres de Jerusalén. San Pedro, por su parte, escribía: “Ámense profundamente los unos a los otros… Pongan al servicio de los demás los dones que han recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pe 4,10). II. La conversión del corazón: base de la economía eclesial 4. Es motivo de gran alegría ver que nuestros hermanos de otros países participantes de este Taller hayan puesto la conversión al Evangelio de Jesús como base indispensable de la economía que ha de servir a la obra del Evangelio. Así lo ha hecho el P. Ciappi, de Puerto Rico, en la magnífica charla inaugural sobre la espiritualidad de la corresponsabilidad (stewardship) o del compartir. Así, todas las iniciativas escuchadas que se están llevando a cabo para lograr el sostenimiento integral y permanente de la obra evangelizadora: en España, Chile, Perú (Callao), Ecuador, Honduras, Puerto Rico, Uruguay. Así también, la iniciativa aprobada en Aparecida de crear un fondo de solidaridad entre las Iglesias de América Latina y el Caribe. En todos los casos se trata de dar de corazón y de administrar lo donado con justicia como bienes de Dios. 5. Muchas son las exhortaciones que nos da el Evangelio sobre el uso del dinero. Con él podemos comprarnos el cielo (Lc 12,33-34), o encerrarnos en el infierno (Lc 16,25). San Lucas es especialmente rico al respecto. Nos explica por qué muchos contemporáneos de Jesús, a pesar de ser muy religiosos, no creyeron en él. Tenían el corazón apegado al dinero, y, por ello, incapacitado para abrirse a la fe viva: “Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban esto y se burlaban de Jesús” (Lc 16,14). 6. Lo que sucedió entonces puede suceder hoy. Tal vez esté aquí la respuesta a una de las preguntas cruciales de Aparecida: “¿Por qué mucha gente abandona la Iglesia Católica y se va a otras Iglesias o sectas? ¿Y allí aportan el diezmo con generosidad, como no lo hacían antes?”. Muchas veces los católicos, especialmente los pastores, subrayamos excesivamente el aspecto intelectual de la fe, como adhesión a enunciados dogmáticos, pero no la adhesión de corazón a la persona del Salvador. Consecuentemente, también en la acción pastoral nos aferramos a puntos de vista subjetivos, que rompen la comunión eclesial. Lo cual repercute en el plano de la posesión de los bienes para la evangelización. Los poseemos con espíritu individualista. Así, por muchos que pudieren ser, siempre resultan escasos. ¿Queremos que sean suficientes y abundantes? Creamos de corazón. Demos de corazón. Enseñemos a creer de corazón.
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