| El Reino familiar de Dios |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna | |||||
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1.- El Reino familiar de Dios. 2.- Dios juzga a los hombres. El mal esgrime su capacidad de perseguir a los mejores. El bien personificado resulta ofensivo para quienes personifican el mal. Es considerado incómodo y peligroso. Existe un estado de calma mortal para quienes han aceptado el “orden” pergeñado sobre el desorden moral y su maléfica inspiración. Se produce una conformidad irresistida cuando se trata de las manifestaciones del error. Contrariamente a la formal profesión de fe - en los valores cristianos - se consideran normales, y legítimamente optables, las costumbres, principios y actitudes que se oponen a la fe. Dios juzga a los hombres, y la conciencia de cada uno juzga el grado de fidelidad a la misión que les corresponde. Jesús mantiene serenamente su orientación primera. Su enseñanza es clara y constante, hace ver las contradicciones y crea un estado de saludable y dolorosa confrontación en quienes advierten en ella un firme llamado a la conversión. No son sus mensajeros quienes la endurecen con sus exigencias; es ella misma, como Verdad, la que interpela y deja al descubierto el error y la corrupción. La Verdad duele y cura. Si quienes son interpelados por ella se predisponen a recibirla con humildad se produce la salud. En la mira de Dios está el hombre aquejado por el mal del pecado y su propósito es aplicar el remedio adecuado. Todo remedio produce una amargura que debe ser valientemente resistida por quienes lo ingieren. Lo que Jesús predica, y hace exponer a su Iglesia, no hallará la misma disposición humilde en todos. El empeño en el sostenimiento de los errores, y sus consecuencias, adquiere un estilo de particular violencia. El mismo Señor debió padecer la persecución hasta la muerte por mantener la integridad y coherencia de su doctrina. El profeta es un ser molesto para “lo que hay en nosotros de indigno y vergonzoso” (Paul Claudel). El profetismo que Cristo perfecciona e inaugura no deja de aparecer en el entramado de lo cotidiano. El estado de molestia persiste mientras el pecado siga influyendo en ! los criterios y comportamientos de las personas. 3.- La Cruz es victoriosa. El combate de la fe abarca la totalidad de la historia de los hombres y de las mujeres. No hay tregua en él. Pretender descansar es abandonar la lucha y someterse a sus consecuencias. Ser cristiano incluye sostener la fidelidad a Dios siempre, hasta que sea superada la inestabilidad del tiempo. Es preciso mantener la atención en el campo de batalla y no salirse de él, aunque el triunfo parezca lejano, o inalcanzable. La presencia del Señor es la garantía de la victoria. Jesús, por el extraño camino del fracaso humano, abre una nueva y novedosa perspectiva. La Cruz es victoriosa; a causa del derramamiento de Sangre no se sucumbe, al contrario se vence al enemigo. El amor, expresado en el Misterio de Cristo, es el único trofeo. Para alcanzarlo es preciso conformarse con el comportamiento heroico de Jesús: Hijo del Padre y Hermano de todos los hombres. La vida cristiana es el combate por lograr esa conformación. Cuando se escuchan las Bienaventuranzas - de los mismos labios de Cristo - la sorpresa, más que la confusión intelectual, se apodera de los oyentes. Constituyen las normas orientadoras del Evangelio, no compatibilizables con la estructura normativa del mundo. Felices quienes son considerados infelices por la sociedad. La aceptación del dolor como expresión inevitable de la lucha y de la fidelidad es el sendero que conduce a la Vida y a la verdadera dicha. Por ello “los pobres de espíritu poseerán el reino”, “los que lloran serán consolados”, “quienes tienen hambre y sed de justicia serán saciados”, “Los puros de corazón verán a Dios”. Quienes sean perseguidos por todo esto - por el Nombre de Cristo - serán eternamente recompensados. 4.- El amor une a las personas. La vida de los cristianos debe identificarse con estos valores y lograr desechar su antítesis. Es cuestión de valores, no de antagonismos personales. Las relaciones entre las personas, según el Evangelio, no se mejoran y perfeccionan por la uniformidad de ideas y de criterios sino por el amor. El mandamiento principal, formulado a modo de testamento por el mismo Jesús, no obliga a pensar de la misma manera sino a amarse mutuamente. Para comprobar su factibilidad se requiere mirar al mismo Señor y situarlo como referente principal de toda conducta: “Ámense mutuamente como yo los he amado”. El amor une a las personas y armoniza el comportamiento de los diversos. Para lograrlo se impondrá iniciar el camino verdadero - donde aún no está la perfección – y recorrerlo en la esperanza y en el compromiso cotidiano, humilde y esforzado. Cuando los ciudadanos decidan una relación cordial, encaminada a la constitución de una auténtica familia, la perspectiva de la paz social se presentará con mayor nitidez. ¿Estamos lejos? Lo importante es ponerse en camino con valor y generosidad.
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