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jueves, 28 de agosto de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna
samaritano
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1.-  El hombre samaritano.  Jesús no se contenta con la doctrina, muestra su realización. La verdadera caridad es la del Samaritano. Responde a la pregunta de quienes lo indagan: “¿Y quién es mi prójimo?”. La parábola desborda sentido y enseñanza. Los judíos y los  samaritanos no se llevan bien. El maltratado por los asaltantes es un judío, el que lo socorre es un samaritano. Un socorro que debe superar varios escollos graves: la vieja enemistad, el natural deseo de escapar del espectáculo desagradable del sufrimiento, la premura del tiempo y la resistencia a comprometer el propio peculio. Se dan negativos modelos en la escena desplegada por la parábola. Son, sin duda, la antitesis de la caridad. El samaritano pospone todos sus intereses para ofrecer su incondicional servicio humanitario al hombre herido y despojado. Estamos dolorosamente acostumbrados a esos ataques de la delincuencia que dejan un tendal de muertos y de heridos. Corremos el riesgo de comportarnos como el sacerdote y el levita del impactante relato. La actitud del samaritano se vuelve creativa y eficaz. Como sociedad - principalmente quienes han recibido la misión de prevenir y resolver los graves problemas de la inseguridad - debemos ser más samaritanos. Para ello será preciso oponerse a la indiferencia y a la cobardía. Hay muchos heridos en el camino de la historia: niños, trabajadores, ancianas y ancianos jubilados, familias completas. La irracional delincuencia no respeta a nadie y obra con total impunidad. Es la hora de ser samaritanos en la serena y firme ejecución de la ley, en el fortalecimiento de la seguridad pública y en la adecuada preparación de los agentes del orden y de la justicia. También se requiere excluir del público comportamiento la complicidad del silencio y del “no te metás”.

2.-  Irresponsable dilación.   Se debe promover la cultura de la solidaridad y del respeto al orden establecido. Nadie niega que existen causas profundas cuyo abordaje sufre una irresponsable dilación. Surgen tantos reclamos; se pide reforzar  económica y socialmente áreas cuya desatención repercute en la vida común.  Me refiero a la educación, al cuidado de los enfermos - escuchando los justos reclamos de quienes se dedican a esas áreas vitales - y a la recuperación de alcohólicos y drogadictos. La enfermedad psíquica, espiritual y física está socavando el depósito de los valores que distinguen a este nobilísimo pueblo. Es responsabilidad de todos llevar la salud a las personas, sobre todo a los niños y a los jóvenes. Es conveniente no distraerse de esta principal tarea. De su cumplimiento depende la supervivencia y el desarrollo de nuestro pueblo. La presencia  del Misterio cristiano parece diluirse a causa de fuertes agresiones internas y externas. No se toman en serio los Mandamientos de Dios y se descuidan, entre los mismos bautizados, los auxilios espirituales ofrecidos constantemente por la Iglesia. Es preciso aunar voluntades en pos de objetivos comunes y de ideales que reciban el consentimiento inteligente de la gente honesta. Se pierde el tiempo cuando se critica sin aportar o cuando se prejuzga la intención de los otros sin acercar el propio empeño. Un pueblo laborioso es como el padre de familia “que saca de sus reservas lo viejo y lo nuevo”.

3.-    La pasión por la libertad.  Hace una semana celebrábamos el día de la Independencia.  Los ciudadanos se enorgullecen al recordar las gestas patrióticas más importantes. Se advierte una dilución de los contenidos recordados - al modo de crónicas - sin imprimirles la trascendencia y actualidad que les corresponde. La pasión por la libertad y la debida autodeterminación del pueblo constituyen el objeto del discurso y del homenaje. Las generaciones actuales muestran - con cierta inconciencia - el debilitamiento de los valores que sostuvieron a los próceres de entonces. Las circunstancias sociales y morales influyen en la movilización de seres heroicos y clarividentes. Ciertamente las actuales necesitan ser mejoradas. El abaratamiento de la vida cultural, o de la encarnación de los grandes ideales, actúa de inhibidor de nuevos próceres. Existen toxinas de alta contaminación que impiden el desarrollo en salud de ciudadanos aptos para dar respuestas a los nuevos desafíos. No está todo perdido ya que sobre el tembladeral aún pueden conducir la embarcación buenos pilotos. El pueblo argentino se encuentra ante momentos de su historia de sumo riesgo, no obstante sabe alentar la esperanza en una recuperación que es reeditada siempre. Para ello requiere que las mejores personas no sucumban al cansancio y al desaliento. Es  dañino a la salud del pueblo que los mejores se oculten u opten por callar cuando la sociedad necesita escuchar a los sabios y a los virtuosos.

4.-   La Palabra y la Sabiduría.   La Palabra de Dios, que Jesús personifica a la perfección, es la Sabiduría de lo Alto en respuesta a la desorientación abismal que se adueña vertiginosamente del mundo contemporáneo. Es imperioso que resuene en todos los espacios de la vida pública. La Palabra no es tímida porque se ofrezca humildemente; siempre está, aunque exhiba un bajo perfil.  La sabiduría crea silencios creadores y momentos de intensa transformación; huye del espectáculo, avanza por caminos estrechos y se vale de lo socialmente insignificante. Para poseerla hay que buscar sus niveles y adentrarse en sus espesuras pedregosas. Es el método que Dios emplea, sobradamente confirmado en la historia. Jesús se goza y exulta ante el estilo revelador del Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños”. (Mateo 11, 25)  No son éstas las categorías habituales entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo. A medida que ellas rijan los comportamientos y relaciones personales gravitarán benéficamente en la cultura y en el orden adoptado por la sociedad contemporánea.
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