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miércoles, 19 de noviembre de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Carmelo Juan Giaquinta
I. Religión: ¿conocer o practicar?
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1. En el comentario al Evangelio de este domingo (cf Lc 10,25-37), comenzaré por un aspecto secundario, pero meduloso. La escena muestra un tipo de hombre interesado en la religión, incluso capacitado en ella, pero que no por ello es religioso. Le interesa discutir de religión, no vivirla: “Un doctor de la ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna’?” (Lc 10,25). No fue la única vez que le sucedió a Jesús. San Lucas cuenta más adelante que “otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo” (Lc 11,16). 2. Con quien se nos acerque a hablar así de religión, mejor no entrar en su juego. Confieso que hace mucho renuncié a demostrar nada. Mi consigna es: “Amigo, si te puedo mostrar algo de mi fe, bendito sea Dios. Pero no intento demostrarte nada. Si bien me encantan las cinco vías o caminos de Santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios, nunca he intentado hacerlo. Por lo demás, más que demostrarte que Dios existe, sería feliz si te pudiese mostrar que “Dios es amor” (1 Jn 4,8.16), “compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34,6). Soy un convencido que las cosas importantes se muestran, no se demuestran. Por ejemplo, el amor. Se demuestran, en cambio, las menos importantes. Por ejemplo, cuánto dura el cartucho de tinta con que imprimiré los apuntes de esta homilía.
Sin embargo, conviene no cerrarse a nadie. Siempre puede haber una pizca de búsqueda legítima, y dar pie a un planteo novedoso del Evangelio. Es lo que hizo Jesús con el doctor de la Ley. Gracias a que él recibió como prójimo al doctor malintencionado, tenemos la parábola del Buen Samaritano.

3. Todo lo que Jesús nos enseña es para que, aceptándolo en el corazón, lo vivamos y nos transformemos a su imagen. Nada nos enseñó sólo para que lo conozcamos con el cerebro. Para él es fundamental practicar su Palabra: “Todo aquel que viene a mi y escucha mis palabras y las practica, se parece a un hombre que, queriendo construir su casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca” (Lc 6,47-48). Si Jesús nos enseña que Dios es Padre, es para que nos comportemos como hijos suyos y hermanos de todos los hombres. De allí que, en el pasaje de este domingo, Jesús, por dos veces, induce al doctor a obrar conforme a la doctrina que él bien conoce: “Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida” (v.28); “Ve y procede tú de la misma manera” (v. 37).

4. Conforme a esto, ¿no tendríamos que replantearnos cómo realizamos la catequesis a nuestros hijos y la predicación a los fieles? Muchas veces hacemos malas clases de religión, y no verdadera catequesis o predicación cristiana. Es cierto que la Palabra de Dios produce fruto según se encuentre el corazón que la recibe. Pero si el catequista o el predicador no indujesen a abrirle el corazón mostrando cuán bella y saludable es, deberíamos preguntarnos si estamos ofreciendo una Palabra verdadera. Hay mucho ateo en el mundo contemporáneo. ¿Pero no hay también muchos incrédulos entre los que nos decimos creyentes y estamos en la Iglesia?

II. “¿Quién se portó como prójimo?”
5. A la pregunta del doctor de la Ley sobre “qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna”, (v. 25), Jesús le responde con otra: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” (v.26). A lo cual el doctor respondió perfectamente, pues conocía los dos grandes mandamientos: del amor a Dios y al prójimo (cf. v. 27; cf Deut 6,5; Lv 19,18). Porfiado como era, insistió con una nueva pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” (v. 29). La pregunta no era del todo caprichosa. Su noción de “prójimo” era restringida. Incluía al extranjero que residía en Israel (cf Lev 19,33-34), pero no al extranjero enemigo, al que había que exterminar (cf. Jos 6,17-21.26). Al doctor no le interesa conocer cuánto amar al prójimo, sino dónde poner el límite: “¿quién es mi prójimo?”. Jesús le responde no con una definición filosófica, sino con la preciosa parábola al Buen Samaritano, donde campea la actitud del que se siente prójimo de todo hombre, y apunta a que el amor al prójimo sea tan grande como el amor a Dios. Por ello al samaritano no le importa averiguar si el hombre asaltado y medio muerto sería de Samaría como él, o un judío a quien él debería odiar. Le basta comprobar que era un hombre. Eso le fue suficiente para tomarse a cargo a un desconocido.

III. Cáritas Parroquial y el prójimo caído
6. ¡Cuántas aplicaciones concretas podríamos hacer de esta enseñanza! Propongo sólo dos. Una, cultivar la confianza hacia todo ser humano. No hago un canto a la imprudencia. Pero, en estos tiempos de inseguridad, lo peor que podríamos hacer es volvernos desconfiados de todos.
Segunda, revisar el accionar de Caritas Parroquial. Hay situaciones de dolor cuya mitigación superan las posibilidades de la persona que las detecta. Pero lo que no puede un cristiano, lo puede la comunidad parroquial si actúa en forma orgánica.
Y aquí va una pregunta: ¿Es conciente Caritas Parroquial que su primer cometido es aliviar el dolor de los otros cristianos de la comunidad que no puede ser aliviado por una persona en particular? ¿O se contenta con acciones de asistencia o de promoción social, que bien podrían ser cumplidas por otros entes, privados o estatales?
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