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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Carmelo Juan Giaquinta
I. La hospitalidad es siempre posible
hospitalidad
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1. La lectura del Evangelio (Lc 10,38-42) puede tener varios enfoques. El primero, la hospitalidad. Así lo sugiere la primera frase: “Una mujer, que se llamaba Marta, lo recibió (a Jesús) en su casa” (v. 38). Así, también, la primera lectura del Génesis (18,1.10), cuando Abraham hospeda a tres forasteros, que resultaron ser tres ángeles de Dios, y le traen el regalo de que él ya anciano tendrá un hijo de su mujer también anciana. La hospitalidad es, por cierto, una actitud de amor al prójimo que nos inculca la Palabra de Dios. En el juicio final será uno de los puntos en los que seremos examinados: “Vengan, benditos de mi Padre,… porque estaba de paso, y me alojaron” (Mt 25,34-35).

2. ¿La hospitalidad es todavía posible? ¿O pertenece a las culturas del pasado? No me demoraré sobre esta virtud humana y cristiana. Aquí me contento con decir: si no siempre podemos hospedar a alguien en nuestra casa, siempre podemos tratar bien a nuestro prójimo. Es el grado mínimo de hospitalidad al que ningún cristiano puede renunciar. No hay excusa alguna. El que es bien tratado se siente recibido. Si nos propusiésemos tratar siempre bien al prójimo, cuánto cambiaría todo.

II. Cristo quiere ser el huésped del alma
3. Sin embargo, el Evangelio de hoy no nos lleva tanto a considerar el bien que podemos hacer al prójimo dándole hospedaje o tratándolo bien, cuanto el bien que Cristo, el huésped divino, nos trae a nosotros. Por ello lo que importa no es obsequiarlo con una buena comida, sino escuchar su palabra y gozar de su presencia. María lo entendió así: “sentada los pies del Señor, escuchaba su palabra” (v. 39). No, en cambio, Marta: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude” (v. 40).

4. Varios pasajes bíblicos se refieren al cambio profundo que produce Cristo en nosotros cuando lo hospedamos en nuestro corazón y escuchamos su palabra. Recordemos el caso de los discípulos de Emaús: “Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: ‘Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba’” (v.28-29). El cambio que produjo en ellos la palabra del huésped desconocido superó lo imaginable: “Y se decían: ‘¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’” (v. 32).

5. El Apocalipsis nos trae una hermosa imagen de Cristo bajo la figura de un peregrino, que golpea a la puerta de la Iglesia de Laodicea, una comunidad cuyo amor se ha entibiado, pero con quien él se obstina en seguir enamorado, y pide ser hospedado por ella: “¡Reanima tu fervor y arrepiéntete! Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3,20-21).

III. La Iglesia moderna llamada a ser como María de Betania
6. La reciente Conferencia del Episcopado latinoamericano se reunió en Aparecida, Brasil, con el lema “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. El año próximo, en octubre, se reunirá en Roma la 12ª Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, con el lema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. Ambos lemas coinciden profundamente. Y apuntan a que la Iglesia toda, con cada una de sus comunidades esparcidas por el mundo, crezca en la escucha amorosa de la Palabra de Dios. Como lo hizo María de Betania a los pies de Jesús.

7. Se equivocaría quien pensase que los católicos ya somos suficientemente discípulos. Y que lo que nos hace falta es ser más misioneros. Interpretaría mal el documento de Aparecida. Nunca seremos suficientemente discípulos. San Ignacio de Antioquia, mientras iba camino al martirio, escribía a los romanos suplicándoles que no intercediesen en favor suyo para evitarle el martirio, pues sentía que todavía no había llegado a ser discípulo: “Halaguen, más bien, a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo… Entonces seré de verdad discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo… Perdónenme lo que les digo; es que yo sé lo que me conviene. Ahora es cuando comienzo a ser discípulo”.

8. No es lo mismo ser buen alumno de teología que discípulo de Cristo. Como tampoco es lo mismo ser misionero que vivir afanado en miles de iniciativas del apostolado. La advertencia es de Jesús: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (vv.41-42). Vale para cada uno y la Iglesia toda.

9. Hoy nos dolemos que no poca gente se va de la Iglesia Católica. Incluso, se da el caso de pobres que distinguen entre “la Iglesia, donde me dan la leche”, y “el culto, donde me enseñan a leer la Palabra de Dios”. ¿Por qué no nos ponemos a revisar cuál es el eje principal de nuestras comunidades parroquiales y centros de formación? ¿Cuál el eje vital de los que tenemos una misión apostólica a cumplir: clérigos, religiosas, laicos? ¿Es la escucha amorosa de la Palabra de Jesús? ¿O los propios afanes apostólicos? Si fuese esto último, la gente seguiría desertando de la Iglesia. Si queremos frenar esta sangría, volvamos al eje de nuestra vida.
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