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domingo, 12 de octubre de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda
Jesús le dice a un joven: "Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme", (Mt. 19:21). Pero el joven rechazó esta propuesta por el apego a sus muchos bienes. Hoy Jesús sigue llamando a cada uno de nosotros: “Ven y Sígueme”. Te necesito en mi mies, necesito de tu trabajo.

Y son muchos los jóvenes y no tan jóvenes que se retiran tristes, porque no se animan a seguirlo en serio, porque algo los frena.

El principal obstáculo radica en las cosas que poseemos, cosas que llamamos bienes, pero si estos supuestos bienes nos alejan de Jesús u obstaculizan su seguimiento, son en realidad males. Nos dice la Palabra de Dios: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”, (Mt. 10:37).

Se dice que cuando llegaron los colonizadores españoles al Continente Americano, se percataron que los indios poseían mucho oro. Entonces les ofrecían espejitos, telas de colores y baratijas en general. Los indios engañados por las apariencias entregaban su oro a cambio. Nos sorprende semejante inocencia, pero en realidad algo similar nos sucede a nosotros, cuando entregamos nuestro tesoro que es Jesús a cambio de supuestos bienes, que por su apariencia nos parecen más importantes que Dios.

A veces nos parece que el trabajo es lo más importante en la vida y en realidad es una gran bendición, pero si a causa de él, dejamos de seguir a Jesús, de rezar, de adorar a nuestro Dios, por falta de tiempo, se convierte en una maldición.

Dios provee de todo lo necesario para nuestra subsistencia y mucho más, pero nos pide que lo sigamos, que trabajemos para Él. Que le entreguemos el 10% de nuestros bienes y de nuestro tiempo. El día tiene 24 horas, el 10% de 24 sería 2:40. Es decir deberíamos dedicar 2:40 hs. por día para orar, adorar y trabajar para la gloria de Dios.

En las parroquias vemos a personas muy comprometidas, que dedican mucho tiempo trabajando, ad honorem, para la gloria de Dios en las distintas comisiones de servicio, limpieza del templo o la casa parroquial, enseñando catequesis, grupos de oración, en los distintos ministerios, o realizando trabajos de albañilería, carpintería, electricidad, mecánica, etc. Otros optan por dar el 10% de sus entradas para las necesidades de la evangelización y para los pobres.

En nuestra Parroquia tenemos un parroquiano que decidió cerrar su negocio los sábados por la mañana y con su esposa dedican toda la mañana trabajando en la catequesis.

Otros optan por entregarlo todo siguiendo a Jesús como sacerdotes, religiosos o religiosas, pero también existe una gran masa de indiferentes, que no se comprometen con nada, solo viven para sí. Como me relataba un sacerdote amigo que en su Parroquia no lograba comprometer a un fiel en algún ministerio de servicio, porque argumentaba no tener tiempo, pero cuando llegó el TC a Posadas, el mencionado parroquiano se instaló ya el viernes en el autódromo… querer es poder. Cuando queremos realizar algo encontramos el tiempo.

Jesús sigue llamando hoy: “ven y sígueme”. Pero el egoísmo y la avaricia no nos permiten responder a esta invitación. La avaricia nos empuja a querer siempre más y más, desplazando a Dios a un segundo plano, conduciéndonos a la muerte espiritual.

En Alaska el esquimal mata al lobo de la siguiente manera: Primero cubre su cuchillo con la sangre de un animal y luego deja que se congele. Luego añade otra capa de sangre y deja que también se congele. Repite el proceso una y otra vez hasta que el cuchillo está totalmente cubierto con sangre congelada.

Entonces toma el cuchillo y lo coloca en la tierra con la hoja hacia arriba. Sin sospechar cosa alguna, el lobo huele la sangre y empieza a lamer la hoja congelada. Mientras más lame la sangre, más vigorosamente crece su apetito de sangre.

Sin saber lo que está haciendo, el lobo lentamente va cortando su propia lengua, y empieza a saciar su sed de sangre con su misma sangre. Su deseo no se satisface pero, sí, lo lleva a su propia muerte. La avaricia empuja a querer siempre más, hasta alejarnos completamente de Dios.

La avaricia, el deseo insaciable de bienes, está envuelta de manera atractiva, pero siempre esconde una hoja de cuchillo de destrucción mortal, que si no nos detenemos, nos conducirá a perder el tesoro que es Dios precipitándonos a la muerte espiritual.

Hoy Jesús te invita a seguirlo, no te retires triste, no le digas que no, porque solo en Él hay vida eterna.

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