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viernes, 10 de octubre de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna
1.-  Se dan las condiciones.  Existen situaciones que se producen  espontáneamente. No hay que preocuparse por ellas. No es posible modificar lo inmodificable. El carácter, la figura externa y algunos errores humanos se constituyen en manifestaciones de lo aparentemente irreparable. El hombre puede timonear la marcha de los acontecimientos pero no suprimirlos. Su responsabilidad es la fidelidad al proyecto de Dios debidamente revelado. Jesús viene a revelar ese proyecto. No hay excusa si se dan las condiciones de evangelización que la Iglesia, fiel a la herencia de los Apóstoles, procura llevar a cabo. Quienes, en nombre de ella, deben hacer el esfuerzo y poner el correspondiente testimonio, toman parte inexcusable en esa responsabilidad. También los receptores de esa acción evangelizadora se hallan en el grave deber de examinar honestamente el contenido del mensaje eclesial. Cerrarse sistemática y apriorísticamente a su oportuna interpelación acarrea trágicas consecuencias. Cuando la resistencia se manifiesta indoblegable son oportunas y saludables las expresiones severas empleadas por Jesús y San Juan Bautista. Los escribas y fariseos creen ser los mejores y se comportan con soberbia al relacionarse con el pueblo humilde y con Jesús. No parece existir argumento o razón para hacerles cambiar de actitud. Merecen una palabra dura, hasta inclemente, para que desistan de ella. Jesús y Juan la formulan: “¡Raza de víboras! ¡Sepulcros blanqueados!”.

2.-   Sentido del sufrimiento humano.  Es una medida de emergencia, un procedimiento que golpea y despierta el corazón cerrado a la Palabra de Dios. Si se produce la reacción de quien  vuelve a la superficie, después de haber consumido su oxigeno en el fondo del mar, ciertamente se recobra el ritmo vital puesto hasta entonces en grave peligro.  Para captar el sentido positivo del revés - en la fortuna, la salud y los sentimientos - se requiere una elemental actitud de sensatez y humildad. No sucumbir al desánimo - o a la desesperación - supone conservar el corazón humilde y franqueado a la esperanza.  El auxilio de Dios, que acude al clamor del ser humano que sufre, actúa de inmediato cuando se produce  el achique de los mezquinos intereses. Nos golpea aún el terremoto que, en Perú, ha superado varios centenares de muertos. No es para menos. Las escenas desgarradoras de padres llorando a sus hijos, y de hijos llorando a sus padres, sugieren la pregunta sin respuesta: ¿Por qué? El sufrimiento no selecciona víctimas, constituye el ingrediente universal de la vida humana. No hay exenciones por razones de edad, categoría social o importancia. Nos queda a todos, como misión humanitaria, acompañar silenciosamente a quienes sufren. Los recursos aportados en catástrofes como las que mencionábamos vienen a paliar los graves inconvenientes causados por la devastadora destrucción, pero, no el drama humano de la pérdida de los seres queridos.

3.-   Llorar con los que lloran.  Allí no caben anestésicas expresiones de consuelo. La solidaridad verdadera consiste en ponerse en lugar de quienes padecen la tragedia y, como lo indica San Pablo: “llorar con los que lloran”.  El único consuelo viene de Dios y se produce en quienes llegan a depositar en Él su esperanza. No es una ingenuidad disponerse a promover la esperanza desde el solidario gesto de estar junto al que sufre. Después que haya pasado el luto por los muertos, ese mismo pueblo manifestará su misteriosa disposición a la esperanza reconstruyendo sus casas y el orden de su sociedad. Más allá del acontecimiento luctuoso, como un sol mañanero, aparece la esperanza y Dios que la alienta. No son momentos diversos. Dios está siempre presente, también cuando se produce el sufrimiento. Como inherente a la vida el dolor humano recibe la asistencia paterna de Dios en  los gestos de solidaridad de los hermanos. La oración de unos por los otros posee la fuerza conscientizadora que da sentido al mínimo comentario de la noticia, de por sí triste.  

4.-  Curar las heridas.  Un pueblo compasivo es un pueblo rico en capacidades para hacer realidad el anhelo de orden y de paz que necesita. Para ello debe salir de sí, apartar la atención de sus quejas, fundadas o no, dedicarse a curar las heridas de los que sufren e idear la forma de aliviar la pobreza.  Un buen proyecto para quienes deben asumir responsabilidades políticas y sociales. Nuestro pueblo, sin guerras y sin terremotos, se encuentra necesitado de la compasión mutua de sus hijos. La Iglesia, de la que la mayoría de los argentinos se profesa parte, debe insistir en el mensaje divino que la anima. La responsabilidad desde la fe cobra un relieve particularmente destacado. ¡Cuántas veces se nos ha pedido - y exigido - coherencia y valor! La pobreza extrema que abruma a un porcentaje muy elevado de nuestros conciudadanos, se vuelve escandalosa cuando persiste en una nación cristiana. Es hora de verdades. Nadie puede soportar que la simulación se convierta en un estilo de vida ciudadana.

5.-  El cambio personalizado.  La mentira oscurece el panorama de la convivencia. Todos parecen desconfiar de todos por causa de los numerosos simuladores. Hasta los buenos ceden al clima moral generalizado y promocionado. El cambio, como la misma fe, es de carácter netamente personal. Cada uno debe hacer su propia opción y verificar, desde su conciencia, que es llamado a ser responsable de su cambio. La Iglesia evangeliza de persona a persona. Ya no admite conversiones masivas, terminan utilizando una metodología inapropiada para la actual edad histórica del hombre. La consecuencia del cambio personalizado es el logro del ideal de perfección: la santidad o la vida ciudadana virtuosa.
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