| Un error amargo |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna | |||||
1.- Error amargo. Si el hombre rico de la parábola es castigado se debe a que su proceder, despreocupado y placentero, ha causado un daño injusto en Lázaro, símbolo de los pobres y sufrientes. Me intriga que el hombre rico no tenga nombre y que sí lo tenga el pobre. ¿Quién es identificado con un nombre? El que ha merecido la plena personalización en el lugar eterno de los justos: el seno de Abraham. No se piensa lo suficiente en la vida trascendente atribuyendo a la actual un carácter definitivo. ¡Qué error amargo! El hombre contemporáneo, destinatario pacífico de la cultura moderna y posmoderna, se ocupa de lo inmediato y hace de su futuro un espacio sin identidad. Tarde o temprano padece la decepción de una vida breve y sin contornos. La fe, que es suscitada por la Palabra de Dios, abre un panorama trascendente. Es la esperanza garantizada por el Dios fiel. Para gozar de su luz es preciso aprender a caminar en la oscuridad. La confianza - en el Señor que se revela - posibilita el tránsito y lo hace llevadero entre los obstáculos interpuestos por la soberbia y su consecuencia inevitable: la incredulidad. La preferencia de Jesús por los humildes y pobres de corazón responde a su propósito de conducir a sus oyentes a la fe. La fe salva, produce el milagro de la salud y del perdón. Lo he afirmado en reiteradas oportunidades: el gran mal del mundo contemporáneo es la falta de fe; “Cuando vuelva el Señor ¿encontrará fe sobre la tierra?” 2.- La fe de los evangelizadores. El gran desafió que la evangelización enfrenta es la incredulidad - en todas su acepciones - y la apertura de caminos válidos para predisponer los corazones a la fe. La vida de fe de los evangelizadores es la aclimatadora necesaria para el logro de esa predisposición. Se ha comprobado en el transcurso de la historia que los santos son los verdaderos evangelizadores. Su calidad de testigos crea una transparencia inigualada del Misterio que viven y proponen. La evangelización no es una función sino una transmisión de vida. El padre no hace de padre, lo es. El secreto de su paternidad es transmitir su vida a los hijos que engendra. La santidad es una especie de paternidad, produce la generación de otros santos. No se da de otra manera. Por ello, la evangelización que no comprometa la vida del evangelizador termina siendo una campaña proselitista. La evolución de la primera comunidad apostólica muestra las etapas de un crecimiento y tiene como meta la perfección del Padre. El discurso evangelizador debe hacerse respuesta a la situación concreta del pueblo. Es un esfuerzo de cada día por parte de la Iglesia. Los obstáculos que surjan constituyen la inevitable oposición del hombre herido por el pecado a las exigencias del Evangelio. Aunque inoportunen y mortifiquen no debieran alarmar a los expertos en el tema. La doctrina evangélica siempre se ha enfrentado con la debilidad causada por el pecado.
3.- Secuelas del egoísmo. Es posible una saludable confrontación. Requiere la virtud de la humildad para sostener el examen en base al conocimiento de la verdad transmitida. No todos lo soportan. Las secuelas del egoísmo están en efervescencia en los corazones y en las actitudes. El Señor otorga su gracia para actuar bajo su influencia. Basta la humilde recepción del mensaje. La misma palabra es gracia y actúa en la voluntad promoviendo la respuesta libre y fiel. De allí la necesidad de que el servicio del Evangelio sea cuidadosamente desempeñado. Se deduce que la Iglesia debe cuidar que sus ministros sagrados y catequistas dediquen los mejores esfuerzos en la preparación de la predicación y de la catequesis. Se advierte un descuido solapado en la proliferación de lugares comunes y en la ausencia del entusiasmo iniciado en Pentecostés. La hondura de la experiencia espiritual de la fe garantiza la eficacia de la actividad ministerial y misionera. Los grandes maestros y pastores preparaban en la oración las diversas exposiciones y ministerios. Es insustituible el encuentro personal con el Señor para que los contemporáneos perciban la atracción irresistible del Dios-entre-nosotros. El mundo está enfermo de muerte y necesita una verdadera transfusión de vida. No la hallará en las albercas vacías ofrecidas en los lamentables contenidos de algunos programas de TV. Cristo es - por su Espíritu - la fuente de Vida verdadera.
Cuando deben hacer prevalecer los valores morales del Evangelio sobre los slogans inmorales y propagandísticos que se ofrecen a su consumo, ceden y prefieren la buena relación con el mal que el dictamen claro de la conciencia cristiana. Hace una semana escuchábamos la palabra de Jesús: “no se puede servir a dos señores…..a Dios y al dinero” A Dios y a la iniquidad. Al Dios de la vida y a la cultura de la muerte.
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1.- Error amargo. Si el hombre rico de la parábola es castigado se debe a que su proceder, despreocupado y placentero, ha causado un daño injusto en Lázaro, símbolo de los pobres y sufrientes. Me intriga que el hombre rico no tenga nombre y que sí lo tenga el pobre. ¿Quién es identificado con un nombre? El que ha merecido la plena personalización en el lugar eterno de los justos: el seno de Abraham. 


