| Adviento, tiempo de espera del cumplimiento de la promesa de Dios |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Domingo S. Castagna | |||||
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¿Un nuevo diluvio? El mundo parece no esperar al Hijo del hombre. Se organiza y ordena como si no estuviera en vísperas de acontecimientos graves, aunque los esté generando irresponsablemente. El simple y responsable Noé de la Escritura, al que hace mención el texto evangélico de Mateo, se está preparando para salvar lo salvable en vista a la tempestad que se avecina. No es mi intención pintar con caracteres catastróficos la crónica de la historia contemporánea. Es preciso ser realistas y alejarse de la ingenua y peligrosa perspectiva - de lo que se viene - que intentan proyectar los diseñadores de un futuro de promesas incumplidas. Estamos iniciando el Adviento. Tiempo de espera del cumplimiento de la promesa de Dios. La Navidad es finalmente su logro. En aquel pequeño Niño todo es salvado. Es el Arca en el que el nuevo Noé alberga a quienes tendrán que poblar, con la Verdad descendida del Cielo, a la nueva generación. El panorama presentado por los hombres es preocupante pero no desesperante. Existe un resto, en cada corazón, que está destinado a prevalecer sobre el error y la muerte. Lo asiste Dios, lo transforma con su gracia, lo eleva a la santidad. De él se produce una capacidad impensada de “poblar la tierra” y de hacerla nueva. Está lejos de lo espectacular, más bien se expresa en lo pequeño y humanamente descartable. La Navidad que estamos por celebrar es el prototipo de eso bueno y santo que nace en la carne corrompida por el pecado de Adán. Es lo celestial que se ha introducido misteriosamente por la acción del Espíritu y nace como Salud para todos. Nuestra Navidad. María es cuidadosamente preparada. El pecado que afecta la carne, nuestra carne que es la suya, es desalojado de su persona “en previsión de la muerte saludable de su Hijo Dios”. En pocos días celebraremos la Fiesta de la Inmaculada Concepción que señala ese misterio de singular preservación del pecado de Adán. La Navidad que viene requiere que la sociedad haga un alto para ser pensada como acontecimiento actual. Estamos saturados de formalidades sin exigencias, como si todo hubiera sucumbido, hasta la esperanza. Necesitamos recobrar la alegría de la esperanza y comenzar a dar pasos firmes hacia su cumplimiento. El Adviento es tiempo de Dios en la fragilidad de nuestro tiempo. Hace que nuestro tiempo abandone su inconsistencia y se inscriba como un acontecer que conduce a la Vida y a la Verdad. Los grandes personajes bíblicos presentados durante las diversas liturgias nos ayudan a adoptar la actitud de fidelidad correspondiente. En primer lugar María, la Madre Inmaculada de Dios. Su actitud callada, profundamente inclinada ante el soberano designio del Padre, nos indica que no existe otro sendero a la grandeza que la humildad. Así lo expresa San Juan Bautista, el gigantesco precursor que elige desaparecer cuando aparece Quien viene después de él y es el Mesías. Un hecho abominable. En un mundo extraño a estas virtudes, quienes las practiquen serán tenidos en menos o simplemente despreciados. Lo comprobamos a diario, se hace tan común que se abandona el debate por la virtud plegándose sin examen a su contrario. ¿Es exagerada la humildad de María y de Juan ante las valoraciones de una cultura que la reduce a un peyorativo diagnóstico psicológico? El descarte que sufre, y que arrincona - a sus practicantes - en los ángulos más olvidados de nuestras modernas sociedades, es un comportamiento habitual. El humilde no es tenido en cuenta, se lo desplaza de la atención de la gente, se lo desprovee de los derechos elementales y de su dignidad de persona. A veces el discurso suena lindo pero no se producen los efectos deseados. En Corrientes lloramos a los muertos y descuidamos a los vivos. Examiné una información escalofriante sobre una secta satánica que opera también en nuestra amada tierra del taraguí. Rogamos que se devele este misterio mediante el ejercicio de la justicia y que se logre la paz en el corazón de un pueblo angustiado por causa de la demencia y del crimen no esclarecido. No me cabe más que alentar a quienes se han entregado a una investigación valiente y seria del acontecimiento macabro. Su denuncia debe ocupar los espacios más representativos y responsables de la sociedad. Es importante para el pueblo que, más allá de las ideas y creencias religiosas, se logre la luz sobre la verdad de lo que ha ocurrido y de sus responsables. Cultos no cristianos. Nuestro pueblo correntino exhibe una religiosidad sostenida por expresiones propias que, en la medida de la fe auténtica, favorecen un comportamiento valeroso y admirablemente constante. Pero, si esa fe - suscitada por la predicación evangélica de la Iglesia - ha perdido su fuerza inicial, fácilmente se la querrá suplantar por prácticas esotéricas y hasta diabólicas. Así está ocurriendo en algunas prácticas cultuales, totalmente opuestas a las diversas y legítimas liturgias cristianas (por ejemplo el culto a San la Muerte). Es deber de la predicación y de la catequesis, como lo he recordado en reiteradas ocasiones, conectar la fe popular a sus originales fuentes de alimentación. El descuido ha sido enorme y sus consecuencias recorren un radio de oscilación alarmante. El pueblo que es cristiano, por adopción de la fe y la administración del Bautismo, tiene derecho a ser constantemente evangelizado por su Iglesia. De otra manera queda desamparado y a merced de aberraciones sectarias o, simplemente, de un descenso irreparable a la incredulidad. El caso mencionado oculta ignorancia, por parte de las víctimas, y criminalidad, por parte de los victimarios. Fin de las alocuciones. Con esta alocución, dado que llega el término de mi mandato como Arzobispo de Corrientes, doy por cerrado el espacio radial iniciado hace once años. En él he procurado hacer llegar - a los fieles cristianos y a todas las personas de buena voluntad – el pensamiento de la Iglesia Católica sobre cuestiones diversas, que afectaron al pueblo, probado en el sufrimiento y desafiado a renovarse. He sido testigo de generosos y sorprendentes gestos populares de valerosa fidelidad. Doy gracias a Dios por este tiempo de conocimiento del pueblo correntino, de sus dolores y esperanzas, de su fervor patrio y religioso, de su solidaridad y humilde servicialidad. El Obispo, esté en el ejercicio del gobierno pastoral de una Diócesis o sea emérito, mantiene su carácter pleno de maestro, sacerdote y pastor. En virtud de esa inconfundible misión seguiré sirviendo - de otra manera - a la Santa Iglesia en estas bellísimas tierras del Taraguí. Los bendigo a todos.
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