¿Qué es una Encíclica? Una Encíclica es una carta circular escrita por el Obispo de Roma, a quien reconocemos como el sucesor del apóstol Pedro, y dirigida a los Obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos. Es una carta mediante la cual el Papa procura comunicarse con cada bautizado, dado que ha recibido de Jesús la misión de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22,35).
Esta es la segunda carta que Benedicto XVI escribe a los cristianos. La primera, dedicada al amor de caridad («Deus charitas est»), del 25 de diciembre de 2005, fue hecha pública el 25 de enero de 2006. La de hoy lleva como título “En esperanza estamos salvados” y lo ha tomado de la Carta a los Romanos («Spe salvi facti sumus» Rm 8,24). Esta nueva carta tiene como tema central la esperanza cristiana. En la anterior nos señala que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Ahora, nos recuerda “que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva”. ¿Qué decir para presentarla? Afloran tres adjetivos: vigoroso, audaz y vital. Es una carta de vigoroso pensamiento. Contrasta con el pensamiento débil y la información fugaz. No ha de extrañarnos que, por ello, necesitemos ejercer la paciencia de sucesivas, reiteradas lecturas, hasta alcanzar la sintonía profunda, fina, de alta fidelidad. Audaz porque aborda realidades fundamentales de las que no se habla, que habitualmente silenciamos. Sea por las urgencias cotidianas que atolondran, la natural elusión al escozor que suscitan o el espontáneo temor ante lo todavía no conocido. Vital porque la escribe un hombre que busca. Un no instalado en sus ocho décadas ya vividas. Con la sobriedad del que procura no auto exhibirse y la autenticidad de quien se cuestiona e interroga, incluso frontalmente. Nos encontramos con que la persona que nos escribe es un Benedicto, mayor y vital, que formula no menos de 45 preguntas en el transcurso de esta carta. Sin partes, ni capítulos A diferencia de otras cartas, la SPE SALVI (tal es su nombre, tomado de las dos primeras palabras en latín) no está articulada en partes, ni estructurada por capítulos. Constituye un texto corrido, aligerado por no más de una docena de subtítulos. Podemos, en cambio, reconocer varios núcleos temáticos. Comienza con la escucha de la Palabra de Dios, reconociendo la esperanza en la Biblia. Recorre luego la experiencia de la Iglesia primitiva y aborda los primeros siglos de la mano de san Ambrosio y principalmente de san Agustín, sin omitir citar a san Benito, Máximo el Confesor, Bernardo de Claraval y santo Tomás de Aquino. Se detiene, con particular atención, en una lectura de la historia de la época moderna en el pensamiento occidental. Es allí donde encontramos citados a Bacon, Kant, Engels, Marx, Lenin y Dostoiewski. Ya en el siglo pasado, presta atención a los grandes pensadores de la escuela de Francfort, Marx Horkheimer y Theodor W. Adorno. Rescata de Henri De Lubac la dimensión comunitaria de la salvación, tan vigente en los textos de los Padres de la Iglesia. Sin omitir una autocrítica del cristianismo moderno, en la medida que se haya centrado solamente en el individuo y su salvación. Junto a ellos emergen testigos, uno de África y dos del Asia. Desde Sudán recoge lo que fue la existencia esclava y la experiencia liberadora de Josefina Bakhita. Desde el Vietnam, una carta de Pablo Le-Bao-Thin en la que describe su humana experiencia infernal. Cita también al “inolvidable Cardenal Nguyen Van Thuan” y sus trece años de cárcel, “en una situación de desesperación aparentemente total”. Más cerca de nosotros Reconoce que el descubrimiento de América y las nuevas conquistas de la técnica, han dado origen a un cambio epocal. Más cerca de nosotros, esta nueva carta constituye una explicitación y amplificación, a la vez, del tema más recurrente en el Documento Conclusivo de Aparecida: vida, vida plena, vida abundante para todos. Se pregunta y procura explicar qué es y en qué consiste esa vida plena, feliz, eterna, que sustenta la esperanza. Descarta que la eternidad sea como un “continuo sucederse de días del calendario”. La vislumbra más bien “como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento de sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después– ya no existe”. La vida plena es un “sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”. Horizonte ecuménico En coherencia con su primera carta acerca del amor de caridad, esta nueva carta sobre la esperanza cristiana revela la amplitud del horizonte ecuménico. En dos oportunidades hace referencia al diálogo inicial en la celebración del Bautismo, común a todos los cristianos: ¿qué nombre pusieron a vuestro hijo? y los padres indican el nombre; ¿qué piden a la Iglesia? y los padres y padrinos responden: el Bautismo; ¿qué les da el Bautismo? padres y padrinos responden: la vida eterna. La caridad, la esperanza y la fe, no surgen del hombre. Son un don de Dios. Un don que recibimos gratuitamente en el Bautismo. Lo recibimos como un germen, es decir como una semilla, que ya contiene en sí toda la potencialidad, toda la substancia que habrá luego de desarrollarse, mediante el trabajo de la libertad responsable y la ayuda de la gracia. En esta perspectiva es una carta ecuménica, apta para ser leída por todos los cristianos. Incluso por aquellos bautizados que ahora se confiesan agnósticos, es decir. «no sabe, no contesta»; también por quienes se consideran escépticos, esto es: «estoy en otra, no me interesa». Vale la pena arriesgarse a la aventura de adentrar pacientemente en ella. Existencialmente impactante Sin desatender las consideraciones teológicas, resulta existencialmente impactante toda la parte final de la carta, que lleva como subtítulo “«Lugares» de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza”. Allí afloran y se iluminan realidades bien diversas como: el deseo, la oración, la acción, el trabajo, el sufrimiento, la muerte, la libertad, el juicio, la gracia, el ofrecimiento, la purificación, el sufragio, la condenación y la salvación definitiva, entre otras. La carta culmina, casi poéticamente, con un párrafo de radiante tono bíblico dedicado a “María, estrella de la esperanza”, reconociendo de un modo explícito que “el «reino» de Jesús era distinto de cómo lo habían podido imaginar los hombres”. “Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”. + Guillermo Rodríguez-Melgarejo 30 de noviembre de 2007
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