| Vengo a compartir la belleza que tiene nuestra vocación de discípulos y misioneros |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Andrés Stanovnik | |||||
Homilía de Monseñor Andrés Stanovnik, Arzobispo de Corrientes en la Misa de Toma de Posesión, Catedral de Corrientes el 15 de diciembre de 2007.
Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, Monseñor Adriano Bernardini.Muy querido Mons. Domingo Salvador Castagna, a quien hoy sucedo en esta sede apostólica. Queridos hermanos obispos, presbíteros, diáconos, seminaristas, religiosas y religiosos. Autoridades civiles, judiciales, académicas, militares y de seguridad. Queridísimos hermanos y hermanas en el Señor Jesús: Las primeras palabras que deseo dirigirles, al iniciar mi ministerio episcopal en esta Iglesia particular de Corrientes, quieren expresar la inmensa alegría y la honda gratitud que siento y comparto con ustedes de conocer a Jesucristo y a María su madre y madre nuestra. “Conocerlo a él por la fe es nuestro gozo; –decíamos en Aparecida– seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado”. Vengo a compartir con ustedes la belleza que tiene nuestra vocación de “discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en él tengan vida”. Vengo a peregrinar en esperanza, junto con todos ustedes, hacia la “Tierra sin Mal”, cuya realidad ya vemos anticipada en María Santísima, Madre nuestra de Itatí. Con la ayuda de Dios, vengo a ponerme al servicio de ustedes, para continuar construyendo con ustedes esta hermosa Iglesia, que tiene en la Cruz de los Milagros trazado el mensaje fundamental de su fe y la clave para su programa de vida. Con la ayuda de ustedes, sostenidos por la gracia del Amor de Dios, continuaremos peregrinando hacia la “espesura de la Cruz”, camino estrecho, camino profundamente liberador y abierto a todos, camino que va congregando a la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, en el que nos vamos reconociendo verdaderos hermanos y hermanas. El Papa Benedicto XVI nos decía hace poco que “¡En la Iglesia Católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo! ¡Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida!” (Discurso al final del Rezo del Rosario, Aparecida, 12 de mayo de 2007). En Cristo se esclarece también la misión del obispo. Él, como sucesor de los apóstoles, junto con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, con fe y esperanza, acepta la vocación de servir al Pueblo de Dios, siendo testigo cercano y gozoso de Jesucristo Buen Pastor. Para eso, el obispo necesita “estar con él” y ahondar en su amistad. En ese “estar con él”, va aprendiendo la experiencia del “nosotros”, para poder animar, con el estilo de Jesús, la comunión de la Iglesia que se le confía. La principal tarea del obispo es ser maestro de la fe, moderador del ministerio de la Palabra y la administración de los sacramentos, padre y pastor de sus fieles, especialmente de los pobres, que camina junto con su pueblo, indicando con la palabra y con el testimonio, antes que con la autoridad recibida de Cristo, el camino por recorrer (cf. Directorio para los Obispos, 159). El obispo realiza esta misión con los presbíteros, sus colaboradores inmediatos, y con los diáconos. Este servicio tiene una radical forma comunitaria (cf. PDV, 17), porque se funda en la experiencia del encuentro con Jesucristo, origen y sentido de todos los encuentros. Para que podamos “estar con Él”, les pido que sigan rezando por el obispo, por los presbíteros y diáconos, para que crezcamos en comunión con Él, en el amor a su Iglesia, y en la donación generosa a todos los hermanos y hermanas que, a partir de hoy, presido en la caridad. En este santo tiempo del Adviento, el Señor Jesús viene y anhelamos vivamente encontrarnos con Él. La Palabra de Dios, que recién escuchamos, nos ilumina el camino para este feliz encuentro. El profeta Isaías anima la esperanza de su pueblo anunciándole que ya viene su Dios, y que cuando llegue, los corazones estallarán en gritos de libertad y de alegría, y ya no tendrán más pena ni tristeza. El apóstol Santiago nos invita a tener la paciencia del sembrador que, sabiendo esperar, cosecha preciosos frutos. Porque el Señor está cerca, nos dice el apóstol, no se peleen unos con otros, la división enceguece la mente y endurece el corazón para verlo. En el Evangelio se destacan dos figuras: Jesús y Juan el Bautista, el que preparó el camino del Señor y está en la cárcel por haber denunciado la mala vida de Herodes. Jesús le manda información consoladora y llena de esperanza sobre las señales de su venida: “los ciegos ven, los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”. Señales que, una vez más, hacen estallar el corazón de libertad, de alegría, de vida plena para todos. Pero con una condición, que Jesús añade inmediatamente: “Feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo”, es decir, feliz aquel que se abre para recibirlo, que no tiene vergüenza de su Cruz y vive en su amistad. Pero hay más. Jesús le habla a la gente de Juan, con un estilo cercano y un lenguaje comprensible, como lo hace siempre cuando se dirige a la gente. Juan era una referencia moral muy importante para la gente de su tiempo, tanto que lo seguían con mucho entusiasmo, oían sus consejos, recibían sus exhortaciones y se decidían en serio a convertir sus vidas a Dios y a los valores del Reino. Jesús, con sus preguntas y respuestas sobre la figura de Juan, traza los rasgos fundamentales que deben distinguir a toda persona, especialmente a aquellos que están al servicio de la comunidad. “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta” (Mt 11, 7-9). Para Jesús, toda persona, sobre todo si es dirigente, no debe ser “una caña agitada por el viento”, que se dobla para el lado que más convenga. San Juan Crisóstomo, al comentar ese texto de la Escritura, dice que esos hombres, “que se dejan llevar a una y otra parte y a veces afirman una cosa y a veces otra y en ninguna se afirman, son semejantes a las cañas”, sin consistencia ni grandeza, que se agitan a favor de cualquiera. Jesús va aún más hondo y a partir del entusiasmo que la gente tiene por Juan, la hace pensar con dos preguntas simples y directas: ¿Qué iban ustedes a ver? ¿Un hombre con ropas finas? Para Jesús, la consistencia y la grandeza de una persona debe ir acompañada de una vida austera. La persona licenciosa, entregada al lujo y a los placeres, es para Jesús una persona hueca e inconsistente como una caña, incapaz de conducir su propia vida y, en consecuencia, humanamente inepto para servir a la comunidad. La austeridad de vida es indispensable para templar la vocación de servicio en las personas. En este sentido, Juan Pablo II, nos recuerda que “la autoridad episcopal se ha de ejercer con una incansable generosidad y una inagotable gratuidad. Eso requiere por parte del Obispo una confianza plena en la providencia del Padre celestial, una comunión magnánima de bienes, un estilo de vida austero y una conversión personal permanente. Sólo de este modo podrá participar en las angustias y los sufrimientos del Pueblo de Dios, al que no sólo debe guiar y alentar, sino con el cual debe ser solidario, compartiendo sus problemas y alentando su esperanza” (Pastores Gregis, 20). Ahora nos disponemos a celebrar la mesa de la Eucaristía. El pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía piden que haya una mesa y en ella comensales en comunión. En esta mesa-altar aprendemos a compartir y nos fortalecemos para compartir, buscando incluir a todos, especialmente a los más pobres. El discípulo y la discípula de Jesús no son excluyentes ni se atribuyen derechos para hacerse una Iglesia o una Eucaristía a su manera. Los discípulos son necesariamente en comunidad, en Iglesia, y así, la comunión se vuelve misión. Solo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que experimentamos en la comunidad que celebra la Eucaristía (cf. DA, 549). Para concluir, hago mías las palabras con las que ustedes rezaron preparándose para la llegada del nuevo obispo: “Dios y Padre nuestro, que favoreces día a día a tus hijos con tus bendiciones; te pedimos, humildemente, por nuestra Iglesia Particular de Corrientes, derrama sobre cada uno de nosotros tu Espíritu de amor y de ternura, aumenta nuestra fe, fortalece nuestra esperanza y danos fidelidad y audacia en la misión. Por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor y Pastor. Tierna Madre de Itatí, ruega por nosotros. Amén”.
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Homilía de Monseñor Andrés Stanovnik, Arzobispo de Corrientes en la Misa de Toma de Posesión, Catedral de Corrientes el 15 de diciembre de 2007.
Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, Monseñor Adriano Bernardini.


