| Dios se manifiesta pequeño y humilde |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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El domingo de Ramos hemos leído que Jesús ingresó en Jerusalén montado sobre un asno: “Al encontrar un asno, Jesús montó sobre él, conforme a lo que está escrito: No temas, hija de Sión; ya viene tu rey, montado sobre la cría de un asna,” (Jn. 1214-15). El asno era el medio de transporte de los pobres, de los humildes. Dios viene en un asno, pobre y humilde. Esto desconcertó y representó un problema para los judíos, quienes esperaban un Mesías lleno de poder y majestad terrenal al estilo de David, quien enfrentaría a los invasores y liberaría al pueblo de la opresión. No aceptaron a Jesús, porque no reconocieron al Mesías en ese hombre humilde, pobre, pacifico, misericordioso, que comía y bebía con los pecadores, perdonó a la prostituta, tocaba a los enfermos y los sanaba. No esperaban un Mesías así. No entraba en sus categorías del Mesías esperado: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel.”; (L 24:21). Nos sorprende y no comprendemos esta actitud de los judíos, sin embargo también nosotros caemos en esta trampa. Tenemos falsas expectativas e ilusiones sobre Dios y no lo reconocemos en las pequeñas cosas, en las personas que nos rodean, en los acontecimientos cotidianos, en los fracasos y enfermedades. Ponemos condiciones: cómo y dónde debe manifestarse, le ponemos límites, tenemos nuestros preconceptos de cómo debe comportarse y qué debe hacer, sin que salga de este esquema. Buscamos grandes acontecimientos, grandes predicadores y sanadores. Las Misas de los grandes predicadores-sanadores son multitudinarias y sin embargo las mismas Misas al día siguiente o Divinas Liturgias cotidianas en las mismas iglesias están vacías – como si Jesús no tuviera más el poder para sanar que tenia el día de la gran manifestación. Buscamos el sensacionalismo y el show y despreciamos lo pequeño y lo humilde, lo cotidiano, lo simple y sencillo – viene en un asno, pobre y humilde de corazón. Buscamos soluciones mágicas a nuestros problemas, anhelamos que un servidor sacerdote o laico nos imponga las manos, solucione nuestro problema sin que tengamos que cambiar de vida ni comprometernos con Dios en su Iglesia. No queremos que Dios interfiera en nuestra vida, simplemente pretendemos que haga lo que queremos que haga, sane o solucione nuestro problema y se retire. Sin embargo Dios es un Dios de sorpresas, se manifiesta y obra donde y cuando quiere. Habla en la Iglesia, a través de un amigo, de una abuelita, del almacenero de la esquina, de los servidores, etc. Habla y se manifiesta a través de personas menos pensadas. Viene y habla en lo cotidiano de la familia, de papá, mamá o parientes. La familia es el lugar privilegiado, es la Iglesia domestica, es la parroquia domestica y allí vive Dios. Los esposos son constituidos reyes, por eso se los corona, son constituidos sacerdotes reales por el sacramento del matrimonio. Y si la iglesia domestica, la parroquia domestica funciona bien, también la Iglesia comunitaria funcionará bien. Mama y papá son los primeros catequistas, los primeros evangelizadores. De mi madre he aprendido las primeras historias bíblicas y a rezar y allí nació la vocación al sacerdocio. Allí, en la familia, en lo cotidiano de la vida, hemos aprendido a amar a Dios y a su Iglesia, o a rechazar a Dios y a su Iglesia. Los niños aprenden los principios de una buena vida cristiana en casa, en la familia. Imitan y siguen el ejemplo de los padres. Se dice que una familia había invitado a muchos comensales de la alta alcurnia a cenar. Cuando la mesa estaba elegantemente servida, la mamá, para jactarse, le pide a su pequeña hijita que haga la bendición, a lo que la niña se resiste, argumentando que no sabía qué decir. La mamá con la intención de ayudarla, le dice: “di lo que escuchaste decir a mami”. Entonces la niña cierra los ojitos y plegando las manitos, dice: “oh Dios, como diablos se me ocurrió invitar a toda esta gentuza a cenar”. Los niños no mienten, dicen y repiten lo que vieron y oyeron en casa y nos pueden hacer pasar malos momentos. Como fue el caso de una familia que un domingo temprano se había preparado para salir de picnic, cuando el papá mira por la ventana y viendo venir a su suegra, dice: “Oh nooo, el diablo trae a la vieja”. En eso la abuela toca timbre, le abren y la reciben con besos y abrazos con falsas y amplias sonrisas, mientras la pequeña Marusia no se animaba saludar a su abuela. Ésta la buscó, la levantó en sus brazos, pero Marusia miraba alrededor de la abuela temblando de miedo. La abuela pregunta: “¿qué sucede Marusia? Y la niña tímidamente le pregunta: ¿“abuela, donde quedó el diablo? Pero Marusia, ¿porqué decís esto? “Porque cuando vos venías, papi dijo que el diablo traía a la vieja”. Cuando yo era pequeño, a nuestra capilla había venido un predicador de Canadá para predicar la misión cuaresmal durante toda una semana. El padre Schudlo no tenía pelos en la lengua y fue bastante duro en su prédica con los vicios de los fieles. Algunos de los mayores se ofendieron y decidieron enfrentar al predicador al día siguiente. Yo había escuchado sus reproches y su decisión de enfrentarlo para que se fuera, y sin entender cuál era el motivo de fondo, también yo estaba enojado con el misionero. El niño aprende y absorbe lo que oye decir y ve vivir a los mayores. Graves son las consecuencias si en el hogar se blasfema contra Dios, se critica y se ataca a la Iglesia y a los consagrados frente a los niños. La familia es la base de la sociedad; es la iglesia, la parroquia doméstica, tan atacada en nuestros tiempos por los antivalores. Dios se manifiesta y obra en la familia, donde se reza y se ama en la realidad cotidiana, en lo escondido y sencillo del hogar. En Apocalipsis leemos: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”, (Ap. 3:20). Vamos a recibirlo, dejémoslo entrar y obrar, al Dios de las sorpresas. El viene humilde y sencillo, sin belleza, maltratado, flagelado, escupido, sucio y manchado de sangre. Manso como un cordero llevado al matadero. No se defiende ni se venga: “sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada. Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. “, (Is. 53:2-5). No lo busquemos en los grandes acontecimientos y manifestaciones, tratemos de verlo y reconocerlo en lo pequeño y cotidiano – viene montado en un asno - y hagamos todo lo posible para que nuestro hogar sea la iglesia, la parroquia doméstica, donde Jesús sea el Señor y Rey.
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