| Cristo nos comprende |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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En la plenitud de los tiempos Cristo se encarnó, es decir se hizo verdadero hombre, permaneciendo verdadero Dios. Y nosotros nos encargamos de desencarnarlo, deshumanizarlo, convirtiéndolo en un ser angelical, viéndolo sólo como Dios, distante e indiferente. Esta idea de Jesús hace mucho daño en nuestra relación espiritual con Él. Sin embargo Jesús experimentó todos los sufrimientos y sentimientos del ser humano y por eso nos comprende. Sabe cómo sentimos y cómo nos sentimos durante la vida. Jesús sintió alegría, gozo, (Lc. 10:21). Jesús supo los que es amar, lo que es la amistad, con su amigo Juan, (Jn. 21:20). Jesús lloró por su amigo Lázaro, (Jn. 11:35). Jesús experimentó la tristeza, tristeza de muerte, (Mt. 26:38). Jesús sintió angustia y ansiedad, hasta transpirar con sangre, (Lc.22:44) Jesús sintió miedo y pidió que se aleje el cáliz, (Mc. 14:36). Jesús experimentó el enojo, echando a todos del templo, (Jn. 2:15). Jesús sintió cansancio y se sentó a descansar, (Jn 4:6). ¡Cuántos sentimientos reprimidos y cuántos cansancios en nuestra vida! Con cuantos cansancios cargamos y no sabemos a quien recurrir: - Cansados de estar enfermos, de tomar medicamentos y de ambular de consultorio en consultorio. - Cansados de trabajar duro y no progresar. - Cansados de que nos mientan, del egoísmo y la falsedad de los dirigentes. Cansados de esperar que las cosas cambien. - Cansados de una vida sin sentido, sin esperanzas ni futuro. - Cansados de los fracasos en el amor, en el matrimonio, estudios, profesión o proyectos. - Cansados de mendigar cariño, afecto, reconocimiento. - Cansados de la soledad. - Cansados de la ingratitud de los hijos, o de la gente en general… Quizás son tantos los cansancios, sufrimientos y sentimientos reprimidos, que no tenemos fuerzas para seguir luchando, para seguir intentando. Cuando llega el mediodía de la vida, después de los cuarenta, los cansancios pesan mucho más. Entonces es tiempo de recurrir al dueño de la vida, a Cristo y presentarle nuestros cansancios, sentimientos, heridas y enfermedades, diciendo Jesús: tú lo sabes todo, sabes lo que estoy viviendo, sabes cuánto me pesan los cansancios, cuánto me cuesta sobrellevarlos. Pero yo creo en ti y te amo, sé que me comprendes, porque también tú los experimentaste. El cansancio nos puede convertir en personas muy pesimistas, a algunos puede inducir al suicidio y a otros a la apatía, tristeza, negatividad, depresión y frialdad – viviendo como muertos. La solución es recurrir a Jesús y pedir: ¡Jesús sálvame, Jesús ayúdame, Jesús sáname! Pero al tener una idea angelical de Jesús, desencarnado, deshumanizado, distante e indiferente, nos parece que no nos comprenderá, no nos aceptará, nos rechazará. Sin embargo lo contrario es la verdad, también él vivió las mismas experiencias, por eso nos comprende y no nos rechaza: “al que venga a mí yo no lo rechazaré”, (Jn. 6:37), El nos llama para sanarnos: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.”, (Mt. 11:28-29). Jesús experimentó los sentimientos característicos del ser humano, por eso nos comprende: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado. Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno,” (Heb. 4:15-16). Hay que recurrir a Él con fe, con total confianza, creyendo que El está vivo, que nos escucha y que nos concederá todo lo que le pidamos. “Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: 'Retírate de ahí y arrójate al mar', sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá.”, (Mc. 11:22-24). Si yo no confío que obtendré lo que pido, así será. Sin embargo debo pedir con fe, porque Jesús lo promete y cumple: “Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán, (…) Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá, (Jn. 15:7;16). Así, dependiendo de nuestra fe, la vida puede ser una procesión fúnebre o una gran fiesta, confiando en Jesús, que nos comprende y nos espera para sanarnos.
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