| La Santidad es para todos |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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En la Iglesia Bizantino-Ucraniana, la fiesta de todos los Santos se celebra el primer domingo después de Pentecostés, mientras que en la Iglesia Latina, el 1ro de noviembre. Esta fecha no es casual, se celebra en este período tan especial del calendario litúrgico, para subrayar que el principal fruto del Espíritu Santo es la santidad. No nos hacemos santos con nuestro propio esfuerzo, sino el Espíritu Santo que nos transforma con su poder, nos hace santos. Somos santos porque es Santo el que mora en nosotros.
El Espíritu Santo es el que genera la santidad en las personas. Transforma a los pecadores en santos. A Saulo en Paulo, a Agustín en San Agustín a la prostituta María en Santa María de Egipto. Cuando el Espíritu Santo posee a una persona, cuando se apodera, habla y obra a través de ella, produce un profundo deseo de rezar, de amar y dejarse amar por Dios, deseo de servirlo en la Iglesia y la necesidad de evitar el pecado para no dañar este amor, para no destruir algo tan maravilloso. Esto es santidad. El camino a la santidad es un proceso largo, es un tira y afloja entre Dios y el hombre, hasta que éste se entrega totalmente y permite que el Espíritu Santo haga su obra en él. El término santidad no es atractivo para el hombre actual, sería casi un sinónimo de una persona triste, aburrida, que no ríe ni disfruta de la vida, que no come ni duerme, aislada totalmente del mundo y desconectada de la realidad. Sin embargo esta es una idea distorsionada y equivocada, la santidad es algo sencillo, cotidiano. Es verdad que hay santos extraordinarios, pero la gran mayoría de ellos, es el cristiano común y corriente, que cree en Dios, que se deja conducir por Él, que vive día a día su fe, entregándose totalmente a la voluntad de Dios, entregando todo en la oración, cumpliendo los mandamientos y las directivas de la Iglesia, viviendo una vida honesta, fiel en el matrimonio y honesto en el trabajo. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad: “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo”, (1Ped.1:15-16). En los primeros siglos todos los cristianos, así como vemos en las sagradas Escrituras, eran llamados santos: “Ananías respondió: "Señor, oí decir a muchos que este hombre hizo un gran daño a tus santos en Jerusalén”, (Herch. 9:13); “Pedro, en una gira por todas las ciudades, visitó también a los santos que vivían en Lida”, (Hech. 9:32). “Pero ahora, voy a Jerusalén para llevar una ayuda a los santos de allí”, (Rom. 15:25). Aquí se hace referencia a los cristianos que vivían en Jerusalén y en Lida, no a personas muertas y beatificadas. Hoy hemos perdido esta noción y el término “santo” nos parece extraño y distante. Sin embargo sólo el santo se salva, entra al cielo. Nosotros tenemos sólo dos opciones, o nos salvamos yendo al cielo o nos condenamos yendo al infierno, no existe una vía alternativa intermedia. La salvación no es una cuestión trivial, sino una cuestión de vida o muerte. Jesús es muy categórico al decir que renegará de aquellos que renieguen de él en la tierra. “Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres”, (Mt. 10:33). ¡Que horrible seria que Cristo reniegue de nosotros, que nos rechace! Así dirá a los de su izquierda: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles”, ((Mt. 25:33). Si Cristo nos abandona, nos rechaza, reniega de nosotros, porque no hemos vivido coherentemente nuestra vida cristiana, no hemos sido santos sino hemos tenido vergüenza, hemos renegado de Él, ¿Qué nos quedará? Sólo la condenación eterna. Algunos creen que todos seremos salvados a pesar de permanecer en el pecado, ser incoherentes con la vocación del cristiano, sin embargo San Pedro nos advierte que no será tan sencillo: “¿cuál será la suerte de los que se niegan a creer en la Buena Noticia de Dios? Si el justo apenas se salva, ¿qué pasará con el impío y el pecador?”, (1Ped. 4:17-18). Debemos evitar la autocomplacencia, considerarnos perfectos, que ya no tenemos nada que cambiar ni mejorar, ni sanar ni crecer, que todo está bien. El Espíritu Santo ilumina el alma y cuánta más luz hay en nosotros, tanto más se ve el pecado y qué lejos estamos de la perfección cristiana. El Espíritu Santo nos conduce a la santidad, nos impulsa a reconocer a Cristo abiertamente. Nos impulsa a no tener vergüenza de Cristo en la calle, a no renegar de Él en el trabajo, en el colegio, universidad, club, boliche, en la política, en casa, o donde fuere; nos impulsa a ser testigos suyos en todos los ámbitos y en todas las circunstancias. Que el Espíritu santo, fuente de dones y dador de vida, nos conduzca a todos hacia la santidad.
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