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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda
La mayor incoherencia e injusticia es recibir sin dar
La mayor incoherencia e injusticia es recibir sin dar
Todos conocemos y nos caen mal las personas que piden y piden sin dar nada de sí. También existen este tipo de personas en las parroquias, personas que sólo usan la Iglesia para bautismos, casamientos, funerales, atención a los enfermos, bendiciones, pero nunca se comprometen ni aportan nada de su parte. La mayor incoherencia e injusticia es recibir sin dar.  Todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Dios, como dice San Pablo: ¿con qué derecho te distingues de los demás? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?, (1Cor. 4:7). Todo lo hemos recibido, pero, no siempre lo reconocemos ni compartimos los dones recibidos. También recibimos el perdón de Dios y estamos llamados a compartir, a perdonar como Dios nos perdona.

En el Evangelio leemos el dramático relato del servidor que pidió misericordia al Rey pero no supo perdonar a su compañero, (Mt. 18:23-35).

Dios nos perdona, nos tiene paciencia, nos espera y nos comprende. Sin embargo nosotros hacemos todo lo contrario: recibimos el perdón pero no perdonamos; Dios nos tiene paciencia, pero nosotros no la tenemos con los hermanos; Dios nos espera como al hijo pródigo, nosotros queremos resultados inmediatos y somos incapaces de esperar al hermano hasta que alcance la madurez espiritual; Dios nos comprende y se compadece de nuestras debilidades, sin embargo nosotros somos incapaces de compadecernos y comprender al hermano que sufre sus debilidades.  

Hay tanto pecado y debilidades en nosotros a nivel personal y familiar. Lo sabemos pero tratamos por todos los medios de disimular y camuflar, nos auto justificamos con todo tipo de excusas pero somos sumamente duros y crueles en el momento de criticar y juzgar las debilidades y pecados del prójimo. Tenemos una vara para medir nuestras debilidades y otra para el prójimo, somos injustos. Pedimos perdón y misericordia a Dios para nosotros pero le negamos el perdón y la misericordia al prójimo – esto es una falaz incoherencia.

Lo lógico sería  que al tener consciencia de nuestras debilidades y luchas interiores fuéramos misericordiosos y comprensivos con los demás, pero en la realidad ocurre lo contrario.

Si se embaraza una hija soltera en la familia, se trata de ocultar, de fajar y esconder, en muchos casos se la induce a asesinar a su bebe en el vientre abortando para no ser expuestos a la vergüenza pública; pero cuando esto sucede con la hija de otra familia no dudamos en publicarlo, anunciarlo y difundirlo – ¡que incoherencia!

Cuando hay alguien en la familia que padece alcoholismo o es esposo golpeador, tratamos por todos los medios de ocultarlo, pero cuando sucede en otra familia, somos sumamente duros al criticar y difundir el problema - ¡Que incoherencia!

Cuando un padre adúltero, que tiene una conducta promiscua fuera de la casa; regresa a su hogar y maltrata a sus hijos y esposa exigiendo de ellos una conducta intachable – ¡que incoherencia!

Esta misma incoherencia la manifestamos cuando pedimos perdón y misericordia a Dios para nosotros y no sabemos perdonar y ser misericordiosos con el prójimo.

Cuando rezamos el “Padre Nuestro” pedimos a Dios que proceda con nosotros así como nosotros procedemos con los demás: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” – Esta oración es realmente comprometedora, porque nosotros mismos le pedimos a Dios que nos trate así como nosotros tratamos a los demás. ¿Qué debería hacer Dios cuando nosotros no perdonamos?

En el Evangelio leemos que Dios se indigna y le retira el perdón concedido al servidor que no supo perdonar a su compañero: Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda…e indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. (Mt. 18:32-34). Nos previene la Palabra de Dios que así hará Dios con nosotros, si no perdonamos de corazón a nuestros hermanos.

Cada uno, en la intimidad de su corazón, debería meditar sobre la coherencia en su relación con Dios y con el prójimo. Porque la mayor incoherencia e injusticia es recibir sin dar.
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