| Nuestro destino final es el cielo |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda | |||||
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Vivimos en la tierra, de paso como turistas, nuestra meta final es la vida eterna. Salvación eterna o condenación eterna. No hay estado intermedio, el purgatorio es una etapa transitoria de purificación. Aunque nos cueste creer nuestro destino es ver a Dios o a Satanás cara a cara. Nos enseña el Apóstol: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí”, (1Cor. 13:12). A quién veremos, todo depende donde vayamos: al cielo o al infierno. Todo lo que puede frenar u obstaculizar nuestra salvación eterna es una maldición. El joven rico se retiró triste porque poseía muchos bienes y no estaba dispuesto a despojarse de ellos para seguir a Jesús que lo invitaba: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme". Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes”, (Mt. 21-22).
¿De qué sirve ser ricos o famosos si perdemos el alma? Alguien heredará nuestras riquezas y nosotros nos iremos con las manos vacías: “Dios le dijo: 'Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”, (Lc. 12:20). Alejandro Magno (356-323 A.C.) - rey de Macedonia (336-323 A.C.) conquistador del Imperio persa, y uno de los líderes militares más importantes del mundo antiguo encontrándose al borde de la muerte, - convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos: 1.- Que su ataúd fuese transportado por los más eminentes médicos de la época. 2.- Que fueran esparcidos por el camino hasta su tumba los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas, etc.) 3.- Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, a la vista de todos. Uno de sus generales, admirado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuales eran sus razones. Alejandro explicó: 1.- Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para mostrar que ni ellos tienen, ante la muerte, el poder de curar. 2.- Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen. 3.- Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos.
La riqueza puede ser escalera al cielo o al infierno; bendición o maldición. Todo depende si la usamos para la gloria de Dios o sólo bienestar personal.
Con la riqueza se puede hacer mucho bien, se puede apoyar la evangelización para que el Nombre de Cristo sea conocido en nuestro barrio y en todo el mundo. Conscientes de que todo don perfecto proviene de Dios, con un corazón agradecido podemos compartir las riquezas a manos llenas con los necesitados.
Por este motivo Dios nos pide el diezmo de nuestros bienes y de nuestro tiempo. Nos regala 90 y nos pide 10, para que podamos mostrar nuestra gratitud y desprendimiento.
La riqueza puede frenar mi salvación si no la usamos adecuadamente. Jesús dijo: "Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos", (Mt. 19:23-24). Jesús no se refería al ojo de la aguja de coser. Las grandes ciudades antiguas estaban rodeadas de muros elevados como protección, con un portón grande de ingreso a la ciudad. Este portón grande se cerraba por la noche. Con el término "ojo de aguja" se referían a una pequeña puerta que se encontraba al costado del portón principal, para que la gente común pudiera salir e ingresar a la ciudad sin tener que dejar la puerta principal abierta a toda hora. Para que un camello entre por esa pequeña puerta lateral, tendría que despojarse de la carga que llevaba en sus espaldas, arrodillarse y arrastrarse a través de la puerta. Así Jesús estaba comparando a las posesiones de los ricos como carga sobre ellos, que no les permitía ingresar al cielo, cuya puerta es estrecha: (Mt. 7:13). Porque no están dispuestos a cambiar, arrodillarse ante Dios con humildad y despojarse de sus bienes a los cuales están apegados. Meditemos ¿cuál es nuestra actitud ante las riquezas que poseemos?, ¿Son una bendición o maldición para nosotros? ¿Somos capaces de despojarnos, ponernos de rodilla delante de Dios, reconociéndolo como dueño y soberano de todo? ¿O como el joven rico, nos ponemos tristes ante la necesidad de despojarnos y compartir?
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