| El sufrimiento |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Juan Rubén Martínez | |||||
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El texto del Evangelio de este domingo (Mt. 16,21-27), nos sitúa ante el primer anuncio de la pasión que realiza Jesús. Él era conciente que debía ir a Jerusalén, sufrir mucho y ser condenado a muerte para después resucitar. Es importante el texto porque nos ubica a los cristianos ante una clave para comprender el sentido del sufrimiento, las cruces propias de la vida humana y la necesidad de transformarlos en vida nueva, en compromisos y actitudes ligadas a la esperanza.
Por un lado notamos que en realidad se dan situaciones de sufrimientos y dolor, fruto de la inseguridad, corrupción, pobreza y tantas formas de injusticia que se originan en la ruptura del hombre con Dios y con sus hermanos, desdibujando la profunda dignidad de cada varón y mujer adquirida por ser imagen y semejanza del Creador. A esta realidad causada por los pecados de los hombres se agregan los sufrimientos, dolores y enfermedades que de hecho siempre se dan en la realidad humana. ¿Cuál es el sentido de estos sufrimientos y cómo debemos asumirlos y vivirlos desde las enseñanzas de Jesucristo, el Señor? Desde ya que los males causados por los pecados que se van estructurando socialmente, requieren como respuesta un compromiso activo del cristiano, llamado a transformar las realidades temporales. Esta comprensión que implica una esperanza activa y comprometida se distancia de muchas posturas de grupos religiosos o sectas, o bien tendencias dentro de la misma Iglesia, que tienen un planteo pasivo y conformista del mundo. Estos planteos religiosos decimos que son alienantes, porque generan una ruptura entre la fe y la vida, o bien entre la fe y los compromisos ciudadanos del cristiano. Sobre este tema del sufrimiento y el dolor el Evangelio de este domingo nos dice: “Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho…” (Mt.16,21). Desde ya que estas enseñanzas nos ponen en “el centro” del camino que nos propone el Señor. Lamentablemente hay anuncios erróneos de la propuesta de Jesucristo, que pretenden eludir el sentido pascual que la Palabra de Dios le da al sufrimiento. Es cierto que muchos se ven atrapados por anuncios extraordinarios, apariciones, sanaciones, propuestas que eliminan el sufrimiento con revelaciones especiales, superstición, sensacionalismo…, y cuanto nos cuesta entender el paso de Dios y la santidad en las cosas de todos los días, en el compromiso desde el Evangelio que debemos asumir concretamente en el perdonar “setenta veces siete, en poner la otra mejilla” o bien en hacer ayuno de lengua y “no sacar el cuero” y dañar a los demás. Desde ya que aún nos cuesta más ver el paso de Dios en el sufrimiento y “las cruces de cada día”. Aquí se juega la santidad en lo cotidiano, en general tan silenciosa a los ojos del mundo, pero tan fecunda para Dios y a la vez estas opciones pequeñas, cotidianas, son las que van realizando las transformaciones más profundas en la sociedad. Hace algún tiempo un sicólogo me comentaba que el nuevo “tabú” de la época ya no era el sexo, y esto es evidente. El tabú actual es la incapacidad de asumir los sufrimientos. La misma fe a veces es presentada por algunos cristianos mimetizada al estilo consumista de la época, una especie de humanismo que acentúa el disfrute y que elude la Pascua. Por supuesto que desde un Evangelio aguado y light, no podremos esperar compromisos profundos, ni un estilo de vida cristiano que mejore los valores de nuestra sociedad. Sin Pascua no es posible asumir responsablemente nada estable y duradero, ni en la vida en general, ni el matrimonio, ni en la vida sacerdotal y consagrada. Sin Pascua todo se hace superficial, fragmentado y pasajero. Pero es importante señalar que esta opción y estilo de vida “light” o apoyada en la superstición nunca nos deja satisfechos y poco a poco nos encontramos vacíos y encaminados a la frustración. En el Evangelio de este domingo el mismo Pedro tiene la tentación de eliminar el sufrimiento y la cruz: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá” (Mt. 16,22). El sufrimiento y la cruz de cada día, carecen de sentido, si no están ligados a la vida nueva de la Resurrección, al amor transformador de la Pascua, al compromiso y al ofrecimiento. “Él, sufriendo la muerte por nosotros pecadores nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz, que el mundo echa sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia” (GS. 38). Debemos revisar como es nuestro seguimiento de Jesús y si en nuestra fe incorporamos el misterio Pascual, el sentido del sufrimiento, la muerte y la Vida. ¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
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