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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Dr. Jose Hazuda
Cristo es el Señor de los vivos y de los muertos
Cristo es el Señor de los vivos y de los muertos
Durante una procesión fúnebre en la cual llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, Cristo toca el féretro y resucita al joven, (Lc. 7:11-16).

En este relato bíblico vemos la actitud de Cristo ante la muerte, El se presenta como el Señor, el Soberano de los vivos y de los muertos. Así creemos y así rezamos en el credo: “y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos” y en el responso por los difuntos: “Oh Cristo Dios nuestro, que reinas sobre los vivos y los muertos”. Jesús dice de si mismo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;  y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”, (Jn. 11:25).

Jesús es el Señor sobre la muerte. El la destruyó, por eso en la Iglesia Bizantino-ucraniana en el periodo pascual cantamos durante cuarenta días: “Cristo resucito de los muertos, con su muerte la muerte  destruyó”.

Mucho esfuerzo dedicamos para proteger nuestra integridad física: rejas, muros, alarmas, seguros de vida, obras sociales, medicina, alimento, descanso y cuidados especiales; sin embargo casi no tomamos recaudos para proteger el alma. ¿Cómo se protege el alma? Con la oración, como nos dice la Biblia: “Oren sin cesar”, (1Tes.5:17); “Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil", (Mt. 26:41). Alimentándonos con la Eucaristía dominical: “El que coma de este pan vivirá eternamente, (…) "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”; (Jn 6:51-53). Nutriéndonos de la Palabra de Dios y de la buena lectura, evitando programas y lecturas nocivas; la robustecemos con cursos de formación cristiana permanente y albergando pensamientos buenos: “todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos”, (Fil. 4:8); evitando lo pernicioso y el pecado en todas sus formas.

Los cristianos no deberíamos temer la muerte física, por la cual pasamos a vivir eternamente con Cristo. Si deberíamos temer la muerte espiritual. La Palabra de Dios nos enseña a al respecto: “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena”, (Mt. 10:28).

¿Quién es el que mata el alma? El pecado grave o mortal. Al pecado grave debemos temer con todo nuestro ser.

Se dice que un turista que visitaba una ciudad quedó muy sorprendido al ver la suntuosidad de un entierro, que se realizaba con gran pompa, y suponiendo que se trataba de un alto personaje, pregunta a uno de los integrantes del cortejo: ¿Quién es el difunto? A lo que le responde: “Mire caballero, el difunto es ese que llevan dentro de ese lujoso ataúd”.

Si observamos un grupo de personas nunca sabremos cual es el muerto, a simple vista no se ve, pero el que permanece en pecado grave es el difunto, está muerto.

Santa Catalina de Siena tenía un don muy particular, ella sentía un olor nauseabundo, olor a muerto, cuando estaba en presencia de alguien en pecado grave.

La Biblia nos enseña que el pecado grave causa la muerte: “El que ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, que ore y le dará la Vida. Me refiero a los que cometen pecados que no conducen a la muerte, porque hay un pecado que lleva a la muerte; Aunque toda maldad es pecado, no todo pecado lleva a la muerte”, (1Jn. 5:16-17).

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) enseña sobre el pecado mortal y sus consecuencias: “La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno", (CIC1035).

Para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: "Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento", (CIC 1857).

Por ejemplo faltar a la Divina Liturgia dominical o de precepto es considerado pecado grave: “La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio. Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave”, (CIC 2181).

El pecado grave causa la muerte, pero en cada confesión bien hecha se produce una resurrección de los muertos, Cristo devuelve la vida. Jesús toca nuestro féretro y nos dice: “yo te lo ordeno, levántate”, porque él tiene poder sobre vivos y muertos; tiene poder de resucitarnos perdonando nuestros pecados.
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