| La Fe y la política |
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| La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Juan Rubén Martínez | |||||
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El texto del Evangelio de este domingo (Mc. 10,17-30), nos presenta el diálogo de Jesús con “el joven rico”. En realidad este hombre era practicante: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. El Señor le planteó que para seguirlo debía dejarlo todo y vender todo lo que tenía. Al oír ese pedido el joven “se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes”. Es cierto que necesitamos ser dóciles a la gracia de Dios para “comprender” por donde pasa “el camino” que nos propone Jesucristo, el Señor. El texto es elocuente. Somos muchos los que podemos tener la denominación de cristianos o católicos, pero en realidad después en los hechos no ponemos la primacía de Dios en nuestras opciones concretas. Es fácil que como “el joven rico” nuestros bienes, el poder, un cargo, una promesa, “un plato de lentejas” … quizá todas cosas necesarias, nos hagan olvidar rápidamente que todo nuestro obrar debemos hacerlo compatible con la fe, con “el camino” que el Señor nos propone. ¿Como se explica que tanta gente se diga cristiana y tenga como código habitual, “el ojo por ojo y diente por diente”, o bien “que un fin, aunque bueno, justifique cualquier medio”? En el mismo capítulo 10 de San Marcos en donde leemos el texto del joven rico, que vive mediocremente el seguimiento y no llega a realizar una opción más profunda por Cristo, está el texto que dice que los jefes (sobre todo los que se denominan cristianos), deben “servir”. Jesús al ver las ambiciones de los Apóstoles les hace una catequesis social: “Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos” (Mc. 14,42-44). Estos textos bíblicos pueden iluminar desde la Palabra de Dios, nuestra realidad misionera. En la segunda lectura que leemos este domingo (Heb. 4,12-13), nos dice: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo”. Lamentablemente verificamos que “la fe y los consejos Evangélicos”, como los textos bíblicos sobre el “servicio”, que nos enseñan no usar a la gente como objeto de nuestras ambiciones, sino como servicio a personas, priorizando el bien común, no penetra el corazón de muchos de nuestros dirigentes y de nuestras formas de organización social. En estos días con cierta esperanza confiamos en que una catequesis social, ligando la fe más a la vida, al compromiso del cristiano en la sociedad, a un rol ciudadano y político, nos permitan ser más participativos, más críticos para construir, concientes y exigentes con un estilo democrático más maduro, fruto del diálogo, la justicia y respeto social. Es absurdo escuchar en estos días a gente con roles importantes en la sociedad, que se dicen católicos y sostienen que “la Iglesia no tiene que meterse en política”. ¿Sabrán que por su condición de cristianos o católicos, como afirman, son parte de la Iglesia y deben poner en práctica en su rol como funcionarios dicha condición?, ¿sabrán que por la fe no pueden utilizar cualquier medio para lograr un fin aunque parezca bueno?, ¿que la reconciliación y el diálogo no son una posibilidad, sino una exigencia evangélica?, ¿que deben obedecer a Dios antes que a los hombres, “jefes, estrategias, ambiciones…”?. Considero que en la Argentina y sobre todo en nuestra Misiones, abunda “la soberbia”, y hoy más que nunca necesitamos que la fe impregne nuestros corazones, la vida cotidiana y sobre todo “la política, y a nuestros dirigentes”. Los límites que implican la verdadera división de poderes, del judicial, legislativo y ejecutivo, la alternancia en dos períodos que estipula nuestra Constitución ponen límites a la soberbia que es la madre de todos los pecados. Es cierto que la soberbia es un pecado que aparece en cada uno de nosotros. “En todos”. Cada uno deberemos sentir el llamado de Jesús como el joven rico. Deponer la soberbia nos permitirá comprender nuestros límites con humildad y servir como Él que “siendo Dios no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc. 10,45). Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
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