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domingo, 20 de julio de 2008
 
 
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La Voz de Nuestros Pastores - Mñor. Juan Rubén Martínez

Esta noche celebraremos la noche buena. El gozo del nacimiento de Jesús, el Dios con nosotros. En este domingo finalizamos el adviento, la espera y la expectativa de los contemporáneos de Jesús en la llegada del Mesías. El texto del Evangelio (Lc. 1,39-45) nos propone la visitación en el que Isabel se llena de gozo por la visita de María embarazada: “Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno…”.

Sabemos que vamos transitando caminos exigentes. En nuestra vida cotidiana nos encontramos con muchas circunstancias complejas, inquietudes que no nos dejan discernir aquello que es “importante”. La Navidad, el nacimiento de Jesús en el pesebre, del Dios hecho hombre, nos permite comprender “el lenguaje de Dios” y ubicarnos en aquello que es “central”, para responder mejor a tantas urgencias que nos agobian.

En reflexiones anteriores subrayábamos la necesidad de evaluarnos, o bien de realizar un examen de conciencia, hecho con humildad desde “la verdad” de nuestras vidas, también desde el respeto a la verdad de los otros, y como base para construir sólidamente en nuestra sociedad. Este camino de evaluación en este adviento que hoy termina y en el fin de año, si bien puede tener el efecto de corregir nuestra manera de vivir en el futuro, tiene como fundamental el que nos permite “volver a Dios” y ponerlo a “Jesucristo” en el centro de nuestras vidas. De alguna manera nos puede ayudar a que no seamos cristianos que vivimos con un pesebre sin “el Niño Jesús”.

Al celebrar los 2000 años del nacimiento de Jesús, los obispos argentinos publicamos un documento denominado “Jesucristo Señor de la Historia”. En el mismo señalábamos: “Todo nos lleva a confesar lo que creemos, y los que creen también las otras iglesias y comunidades eclesiales hermanas: ¡Jesucristo es el Señor del tiempo y de la historia! Jesús es el Señor de la historia por su nacimiento. Siendo la plenitud de la vida ha sido enviado a poner “su carpa” en medio de nuestras vidas pequeñas para hacerlas grandes y luminosas. Vivió como uno de nosotros y no tuvo vergüenza de llamarse hermano nuestro. El tiempo humano del nacimiento, del crecimiento, del trabajo humilde, de vida familiar, ha sido visitado por la eternidad” (9).

Es cierto que hay quienes no creen en nada y algunos no son cristianos. También hay muchos no practicantes de su fe. Pero aún así debemos señalar que nuestra gente tiene una gran religiosidad, y la mayoría somos cristianos-católicos. La Navidad es un tiempo oportuno para colocar a “Jesucristo, el Señor” en el centro de nuestras vidas y madurar la fe. En las capillas se multiplican los pesebres y las Misas navideñas. La fe necesita ser compartida, y requiere nuestro compromiso y búsqueda de comunión con otros hermanos que están en el mismo camino. El pesebre nos ayuda a convertirnos. Nos permite comprender aquello que necesitamos para ser amigos de Dios. Ante el pesebre descubrimos que para ingresar al camino que nos conduce a Dios debemos hacernos pequeños, y que la humildad es generadora de esperanza, en una sociedad excesivamente cargada de soberbia.

Una de las dificultades para “recuperar la centralidad de Jesucristo”, es el creciente subjetivismo e individualismo de la fe. Cuando nos pasa esto es porque fuimos acomodando la fe a nuestro parecer, afectos y criterios. Es una tendencia muy fuerte el adecuar la propuesta de Jesucristo a lo que nos parece, porque su propuesta es exigente, pero siempre es el camino que nos lleva a la verdadera felicidad.

Al finalizar esta reflexión navideña no quiero dejar de tener presente a aquellos que padecen alguna forma de sufrimiento, a los que están presos, a los que padecen alguna enfermedad, o en la noche buena estarán en alguna sala de un hospital , a los que están solos, o los que tienen poco para comer. El Señor los considera sus privilegiados y a ellos especialmente los invita a su mesa. Nosotros como cristianos también los queremos tener presentes en nuestro corazón y oración.

¡Feliz Navidad y hasta el próximo domingo!
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Oh Dios, que por amor a nosotros nos ha enviado a tu Divino Hijo como nuestro Salvador y Redentor, te pedimos que por mediación de los méritos de tu infancia, se acreciente nuestra fe y abundemos en buenas obras. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
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