¿Por qué hay que confesarse?

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Queridos hermanos en Cristo nuestra Iglesia católica ha recibido las llaves del Reino de los cielos, a fin de que se realice en ella la remisión de los pecados por la preciosa sangre de nuestro Señor Jesucristo y la acción amorosa del Espíritu Santo dador de vida. En esta Iglesia es donde revive el hombre, que estaba muerto por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado por el inmenso amor de Dios Padre, que nos ama con una ternura inmensurable, incondicional, eterna, (Jn 3,16).

A la mayoría de las personas (hombres y mujeres) en este tiempo donde los obispos nos dicen que es un cambio de época, nos cuesta confesarnos, pero a algunos generalmente nos cuesta mucho más por una dificultad especial o experiencia traumática que ha tenido en su historia, con heridas todavía no sanadas completamente. A continuación veremos algunas de las tantas dificultades, o las más comunes que impiden que los hombres y mujeres cristianos de este siglo XXI hallen bien este sacramento y lo aprovechen para la curación, y para ser personas felices.
Si reconocemos que tenemos algunas de estas dificultades, eso podría ayudarnos a examinar que la complicación no es el sacramento que la Iglesia nos ofrece, sino algo que no está bien en nuestra propia vida, por ejemplo, cuando hay un ruidito en el motor de un auto no es que no sirve el auto, hay que revisarlo, llevar al mecánico y luego funciona normalmente, eso es fundamental saber. Entonces, no nos dejaremos dominar por nuestras ñañas, ruidos interiores, heridas, rencores, odios, debilidades y fragilidades personales, que todos tenemos; por lo contrario seguiremos intentando vivir mejor nuestras confesiones, y así crecer espiritualmente, para vivir armoniosamente reconciliados con uno mismo, con Dios y por consiguiente con los hermanos que nos rodean. Si llegamos a descubrir el valor de la verdadera reconciliación ya viviremos el cielo acá en la tierra, vale la pena intentarlo.

Muy factible que a veces se cae en un infantilismo religioso

Hay personas que se quejan de este sacramento porque no ven la necesidad de reconocer sus pecados que tienen, no sienten arrepentirse, y de confesar los pecados a un sacerdote, argumentan, no maté, no robé, etc. Dicen que la vida ya es demasiado dura como para hacerla todavía más pesada con las prácticas religiosas. Para estas personas, las prácticas religiosas sólo tienen sentido si no requieren esfuerzo, pero no sirven si les complican la vida. Pretenden vivir sin tensiones ni exigencias, viven pacatos. Rechazan esa aventura permanente de superarse a sí mismos, de entregarse más, de dar un paso más, dicen eso es para `chupavelas´ o personas irracionales que dependen de otras siempre.
Hoy en nuestra cultura posmoderna es muy común este horizonte de comprensión cómoda. Evidentemente, con esta mentalidad, será difícil que una persona quiera pasar por el dolor del arrepentimiento de sus pecados y por el esfuerzo humilde de dedicar un tiempo a confesarlos , queda claro que la cruz se hace insoportable de vivir, o simplemente se dotan con una cruz liviana, a su medida.

Delectación o deleite por lo efímero

Algunas personas que tienen una confusión interior, que están disociadas; creen que todas las cosas que tienen valor son agradables, y que si no producen satisfacción no valen la pena, por lo contrario se deprimen, se angustian, viven con mal humor, critican todo.
Es cierto que pedirle a un ser humano en el siglo XXI que se confiese no es algo que despierte agrado, porque es pedirle que se cuestione a sí mismo, que declare que se equivocó, que contradiga sus decisiones, que critique sus propias acciones y dicotomías, que se ponga en manos del Creador. No se puede pretender que esto resulte gustoso o encantador, de que sea apetitoso. Por lo tanto, cuando a alguien no le guste confesarse, podríamos decirle que en realidad es normal que así sea, es parte de la naturaleza del mismo hombre de este tiempo, que hace lo que siente, vive en la superficialidad, en lo momentáneo.

Lo que verdaderamente no captan o no descubren es que las cosas pueden ser muy importantes aunque no nos gusten, no siempre en la vida es todo color de rosas, también hay espinas, si no miremos claramente la cruz de Cristo.
Que algo sea poco seductor no significa que no valga la pena hacerlo. Para algunos tampoco le encanta poner la mano en el bolsillo para ayudar a otros, o visitar a los enfermos, o no siempre le da placer dedicar tiempo a sus hijos, visitar un preso, convivir con alguien desagradable, dar un plato de comida al hambriento, realizarse una cirugía, etc. Pero eso no significa que no sea necesario hacerlo. Del mismo modo, que no sea placentero confesarse no significa que no haya que hacerlo con entrega y humildad, cuando la conciencia lo requiera.

Pedantería y la soberbia u orgullo es muy común para no acercarse al sacramento

Si la persona es tímida o introvertida, le resultará pesado tener que expresar ante otro su intimidad, es decir confesar ante el sacerdote sus pecados. Pero no hay que negar que muchas veces lo que más ataje reconocer nuestros pecados por ejemplo, son, el orgullo, la soberbia, la autosuficiencia, y por lo tanto habrá que evitar que nos dominen. Para ello es necesario motivar la humildad y pedírsela a Dios. También es útil preguntarse: ¿Acaso yo soy tan primordial y tan perfecto como para no cometer errores? ¿Acaso soy tan magnánimo que nadie tiene derecho a pedirme que reconozca mis pecados?

Falta de autoestima personal o iniciativa propia

También está la dificultad de reconocerme limitado, taxativo, imperfecto, dicotomado y sobre todo pecador, pero no ante el sacerdote, sino ante uno mismo. ¿Por qué? Porque nunca me he sentido reconocido, amado, valorado, tenido en cuenta. Por ejemplo escondiendo a los demás un pecado, de alguna manera me lo escondo a mí mismo para no sentirme tan indigno de ser amado. En el fondo, la dificultad es no quererme a mí mismo, es estar lleno de sentimientos de inferioridad, no aceptarme a mí mismo con ese pasado con esa historia que todavía no la digiero bien o con esos errores que todavía no me perdoné. No niego que Dios me perdone, pero no puedo gozarlo y agradecerlo porque yo no logro perdonarme a mí mismo, falta ese paso importante. Entonces creo que la fiesta del perdón no es para mí. La felicidad, la misericordia y el perdón son para los demás, pero no para mí. Siento que estoy de más, parece que Dios no me ama, en realidad yo no me amo, y por lo tanto no amo a nadie, me transformo en un insoportable.
Por eso me vuelvo incapaz de ir a buscar el perdón, ya que no me siento digno de la fiesta de la vida y del amor. Cuando esto sucede, uno se llena de remordimientos, rencores que no le sirven para volver a Dios y cambiar de vida, sino para quedarse encerrado en uno mismo (ensimismado) rumiando su dolor, su odio, su rabia, por consiguiente la ternura de Dios queda distante.
Esto no se resuelve sólo con el sacramento, aunque en él recibamos la gracia de Dios que nos ayuda a liberarnos. Es necesario hacer todo un camino en la oración para reconocerse amado por Dios, para perdonarse a uno mismo profundamente y dejarse amar. En algunos casos también puede ser necesaria una terapia psicológica para que la curación sea perfecta, hay que aprovechar las ciencias humanas para ponerlas al servicio del Reino de Dios.

Rebeldía interior típica de este tiempo posmoderno

También puede haber una vieja rebeldía contra Dios que no nos deje volver a él con el corazón abierto y sincero. En este caso, es muy importante conversarlo con él, decirle exactamente lo que sentimos y pedirle la gracia de sanar nuestro corazón herido por el pecado.
Él mismo nos invita a que le presentemos nuestras quejas: "¡Aquí me tienes para discutir contigo!" (Jer 2, 35). Señor me pongo en tus manos.
También podemos preguntarnos en oración con sinceridad.
¿Qué hay en mi imagen de Dios que no puedo disfrutar en cada reconciliación, que no puedo quedarme en sus brazos, o que me resisto a cambiar de vida? ¿Qué problema tengo con Dios, qué reproche, qué rebeldía profunda? Presentándole a él mismo este problema, que puede estar ligado a malos recuerdos, puedo pedirle insistentemente a Dios que me sane por dentro para que logre volver a él con confianza, para experimentar el gran amor que él me tiene.

También es posible que la rebeldía sea contra la Iglesia, porque algún cristiano (sacerdote, monja, laico, etc.) me ha ofendido o me ha hecho daño. Entonces, es necesario hacer un camino de salvación interior, y cuando resolvamos ese problema, se nos hará más fácil la confesión de nuestros pecados que nos enferman, nos angustian.
Si hemos tenido malas experiencias dentro de la misma confesión (con algún confesor), podemos mencionárselo al sacerdote para que comprenda nuestra situación y evite lo que pueda volver a dañarnos, la sinceridad es fundamental a la hora de contar algo desagradable como es el pecado.
De todos modos, también podemos preguntarnos si nuestra reacción negativa no ha sido desproporcionada, si no hemos exagerado las cosas. Y aunque tengamos razones valederas, es útil tomar conciencia de lo que sentimos y descubrir que no vale la pena alimentar esos sentimientos de rebeldía. De este modo podremos superar lo que sentimos, y reconoceremos el inmenso valor del sacramento más allá de nuestra emotividad herida. Dios es amor y estoy seguro que actúa en este sacramento para regalarnos la vida en el Espíritu Santo, pidámosle a él esa gracia para que este sacramento de curación se haga fructífero en nuestra realidad espiritual, y sirva para sanar todas nuestras heridas que ha producido el pecado, Dios de la Misericordia nos regale el perdón de nuestros pecados para encontrar la paz interior que tanto anhelamos en un mundo dicotómico y disociado interiormente por las tormentas e la existencia misma, no olvidemos nunca que la iniciativa siempre es de Dios, que nos ama infinitamente a cada uno en particular, con un amor incondicional. Hoy más que ayer el recurso a la conciencia es muy fuerte, pero también muy débil por cuanto el sentir subjetivo tiene lugar en un contexto sociocultural en el que los valores objetivos están en crisis. El mundo actual es complejo y sujeto a pluralismo de interpretaciones, por lo cual el juicio moral se remite fácilmente a la conciencia del sujeto. Pero lo más importante siempre es la misericordia de Dios sobre todas las cuestiones.