“Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, que oísteis de mi: Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”. Cf. Hch. 1, 4-5.

Este es el punto de partida para entender Pentecostés y Jesús quiere que sus discípulos sean bautizados con el Espíritu Santo. Es tan importante para Él que luego les explica diciendo: “…recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch. 1, 8).

Aquí Jesús manifiesta la finalidad directa de la efusión del Espíritu Santo, que podemos analizar con dos elementos:
1)- Recibirán el Espíritu Santo como fuerza divina, fuerza de Dios. (D.A.362)
2)- Podrán ser testigos eficaces de Jesús en todas partes, hasta los confines de la tierra. De esta expresión surge el empuje misionero del cristianismo (Mt. 28, 19-20).

En Pentecostés Jesús cumple con la Promesa del Padre y bautiza a sus discípulos en el Espíritu Santo, derramando sobre ellos la fuerza de Dios que es capaz de transformar sus corazones, dándoles Nueva Vida y constituyéndolos en testigos eficaces para llevar su Nombre hasta los confines de la tierra.

Luego del gran acontecimiento de Pentecostés (Hch. 2, 1-4), la Palabra de Dios nos dice: “puesto de pie Pedro con los once, levantó la voz y al impulso del Espíritu Santo, dio la interpretación auténtica de los fenómenos de esa mañana” (Hch. 2, 14-21) y pronunció su primer testimonio sobre Jesús (Hch. 2, 22-36). Este testimonio comienza dándole a Jesús el título de “Jesús de Nazareth”, indicando con ello su condición humana y luego expresa los cuatro elementos básicos del kerygma primitivo (Hch. 2, 32-33):
1)- Jesús de Nazareth fue un hombre acreditado por Dios, mediante milagros, signos y prodigios.
2)- Ese Jesús fue entregado a la muerte de cruz, previo consentimiento de Dios Padre.
3)- A ese Jesús, Dios lo resucitó, liberándolo de la muerte.
4)- Jesús luego fue exaltado por el Poder soberano de Dios.

Terminando Pedro su testimonio, con esta solemne declaración de fe: “Conozca con certeza la Casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido SEÑOR y MESIAS” (Hch. 2, 36).

El título de SEÑOR, Dios se lo da por considerarlo su heredero regio y por ende Señor de toda la humanidad y del Universo entero, ya que todo es de Dios. Lo declara vencedor de todo poder del maligno que se oponga al establecimiento del Reino de Dios. Él se encuentra por encima de todos los seres creados y proclama su carácter divino.

Lo constituye MESÍAS o CRISTO en toda su perfección, dándole la plenitud del Espíritu, para llevar esa fuerza de Dios a todos los que en Él crean. Es el personaje anunciado en las escrituras, como: el hijo de David, el Restaurador del Pueblo, el Siervo de Yahvéh, el Hijo del hombre, el Rey ungido por el Espíritu Santo (ver: 2 Sam. 7, 12-13; Is. 9, 5-6; 11, 1-9; 42, 1; Salmo 16, 8-11; 72; 110, 1; 132, 11; Dt. 7, 13-14).

BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO

El bautismo en el Espíritu Santo consiste en:
1ª- La oración que una comunidad cristiana, eleva a Jesús Glorificado, para que derrame su Espíritu de una manera nueva, sobre la persona por quién se ora. De ordinario esta oración se hace mediante la imposición de manos.
2ª- El que bautiza en el Espíritu Santo, no es tal o cual hermano, sino el mismo Jesús Glorificado, pues solo Él puede hacerlo: Jn. 1, 33-34 “ Sobre quien vieres al Espíritu descender y posarse sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.
3ª- Esta nueva Efusión pone en actividad el rico potencial de Gracia que Dios ha dado a cada uno, según la propia vocación y según el carisma personal del estado de vida.
4ª- Desde el momento en que nos incorporamos a Cristo por el bautismo, el Espíritu Santo habita en nosotros como en su propio templo. Es una Gracia de Dios que rompe la dureza de nuestro corazón, remueve las trabas y obstáculos y nos dispone para que el Espíritu Santo actúe en nosotros con toda libertad. La consecuencia de esta libertad, permitirá manifestar a los demás los dones, convertidos en carismas, como frutos maduros de la acción del Espíritu.
5ª- Esta Nueva Efusión, obra en la persona que lo recibe, una conversión interior radical y una transformación profunda en su vida, dándole una luz poderosa para comprender mejor el misterio de Dios, e impulsándolo a un nuevo compromiso con Cristo y a una entrega sin restricciones a la acción del Espíritu Santo. Además le comunica los dones y carismas necesarios para el cumplimiento de la misión personal en la edificación del Cuerpo de Cristo y le confiere una fuerza divina para dar testimonio de Jesús Vivo, en todas partes.
6ª- El creyente recibe un gran beneficio en todo su ser (cuerpo, alma y espíritu). Es por esto que se experimenta la acción de Dios, no solo en sus frutos espirituales, sino en sus efectos sensibles, como puede ser la paz, la alegría, el gozo, la tranquilidad, o mediante la manifestación de algunos carismas, como efectos sensibles: ej. El don de lenguas, el don de profecía, etc., o alguna curación interior o física.

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