Hoy leemos el Ev. Jn. 10, 22- 30 que nos habla de Jesús paseándose por el Pórtico de Salomón en el día de la Celebración de la fiesta de la Dedicación.

Pareciera, al leer el texto, que Jesús estaba “desocupado”.

La Fiesta de la Dedicación es la rememoración de la liberación del pueblo judío de la dominación sirohelenica.

Y en ese contexto la gente le pide que si es el Cristo, les hable abiertamente y allí Él les manifiesta que a través de sus obras lo ha dicho pero a causa de su ceguera espiritual no han creído.

Cuántas veces nos sucede que por distintas circunstancias de la vida y por nuestra necedad, no vemos su obra.

Y que bueno abrirnos a vivir su promesa de los versículos siguientes cuando dice “mis ovejas escuchan mi voz y me siguen y no perecerán  porque les doy la vida Eterna.”

Pero para escuchar esa voz, reconocernos sus ovejas y saber que es nuestro Pastor, necesitamos del Espíritu Santo.

Y esa debe ser nuestra tarea en este tiempo, hacer un camino a Pentecostés, prepararnos para recibir el Espíritu Santo que es quien nos revela la vida divina, nos recrea, nos transforma. Es la fuerza que nos viene de Dios para ser sus mensajeros no solo con palabras sino con nuestra vida, gestos, acciones, que seamos capaces de crear en los demás nuevas vidas anunciadoras  del Amor y la obra de Dios.

Viene a mi mente una historia. Habia una vez un granjero que tenía en su campo granos de gran calidad, entonces  comenzó a repartir de  sus semillas entre sus vecinos y un amigo le reclamó por tener esa actitud con quienes eran sus competidores y este le dijo, el viento y las aves reparten las semillas de todas las plantas del lugar, si estas son todas de gran calidad, siempre tendremos mejoras en la cosecha. Si la mia es buena y la de los demas es mala mi cosecha será similar a la de ellos. 

Si aplicamos esta enseñanza en nuestra vida podemos todos ser mejores al dar  lo mejor que tenemos.

Esto también sucede en la vida de la Iglesia. Nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles en el Capítulo 11, que luego del martirio de Esteban los apóstoles se dispersaron por Fenicia, Chipre y Antioquia y fueron anunciando a Jesús y haciendo crecer la Iglesia. Y dice la Palabra que todos se llenaban de Gracia y se convertían al Señor.

Y esa es la obra del Espíritu Santo, la fuerza que recibimos para ser mejores, para anunciar a Jesús y llevarlo por todo el mundo.

Es así que multiplicando mensajeros podemos preparar una cosecha de gran calidad porque todos podemos ser nuevos.

Por eso que lindo que vayamos abriendo nuestro corazón para recibir, en Pentecostés, una nueva efusión del Espíritu Santo que nos permita vivir con los ojos del amor  este tiempo tan difícil para la humanidad, pero que puede dar muchos frutos porque nos permitió encontrarnos con nosotros mismos,  con nuestras familias y con Dios desde la capacidad de vivir todas nuestras relaciones de otra manera.

¡Cuántas cosas hemos aprendido! y que importante que desde el encuentro con Jesús hemos tenido la oportunidad de cambiar las miradas y eso ha permitido dejarlo entrar en nuestras vidas para que nos haga semillas de gran calidad que con la fuerza de una nueva efusión del Espíritu Santo vayamos por todos los “pueblos”, evangelizando con el poder del Espíritu Santo, anunciando su Amor y contagiando su estilo de vida. 

Por eso con toda humildad le digamos: “Ven Espíritu Santo, entra a mi corazón sediento y necesitado de tu presencia para que me infundas tu ser y me conviertas en un instrumento de tu amor para anunciar en todo momento que Jesús Vive y desde allí instaurar en  todas partes el Reino de los Cielos. Amén”

Si te gustó el artículo, te invito a compartirlo

Dejá una respuesta